lunes, 15 de septiembre de 2014

¿Son de Fidel las tiendas de Miami?


Diversas organizaciones del exilio en esta ciudad van a protestar contra un concierto del dúo Buena Fe, bajo el poco original slogan de “las calles de Miami no son de Fidel”. Es cierto, no son de Fidel las calles. Pero, ¿y las tiendas donde se venden los uniformes que usan los escolares en la isla?
Por supuesto que tampoco. Uno entra en ellas y no que tiene preocuparse por si hay este u otro artículo. Para comprar el mencionado uniforme escolar no se requiere de esa absurda asignación que posibilita adquirir sólo uno al año —y en los grados de fin de un nivel de enseñanza, como 9no o 12mo, nadie se ve obligado a escoger entre comprar saya o pantalón nuevo, o decidir si le hace más falta una blusa o camisa—, así como tampoco a nadie le ha pasado por la cabeza exigir un documento de autorización emitido por la escuela.
Así que definitivamente las tiendas de Miami tampoco son de Fidel, aunque al mismo tiempo sus clientes sirven al gobierno cubano: le resuelven este y muchos otros problemas.
Vale añadir que nada se resolvería con implantar una medida represiva y prohibir este tipo de venta. Resultaría, en última instancia contraproductivo y antidemocrático. Así que la solución no está en un boicot, como tampoco resuelven mucho las protestas contra bongoceros, tocadores de guitarra o cantantes que llegan aquí a buscar dólares.
Tampoco es negar el saludable derecho a la protesta. Pero más allá de garantizar ese derecho, cabe preguntarse por la eficacia de una acción —si se quiere de una táctica— que a través de los años ha demostrado no sólo ser inútil sino además servir de pretexto para hablar de la intolerancia en esta ciudad.
La solución sería bien sencilla. Viene un artista o grupo que resulta desagradable o contrario a la forma de ser o el punto de vista predominante en el exilio y simplemente nadie va a verlo.
El problema con los músicos es igual al de los uniformes. Cada vez hay más cubanos residentes en esta ciudad para los cuales no importa lo que digan o como se comportan los artistas cuando regresan a la isla —los últimos en llegar ni siquiera se preocupan en negarse “a hablar de política” y nos dicen claramente lo que piensan—, y que ponen a un lado el hecho de que les están resolviendo un problema al gobierno cubano si, en primer lugar, ellos consideran que a quienes realmente están ayudando es a sus familias. Y tienen razón.
Sin embargo, a su vez reflejan una situación actual, y es que el exilio —en su caracterización ideológica— se está diluyendo, tiende a desaparecer aunque perduran tanto las causas que les dieron razón de ser como las que hacen que en la actualidad continúe.
Entre ese existir —y el aprovecharse de las leyes y medidas que lo facilitan aquí en Estados Unidos— y la desvirtualización de sus supuestos objetivos primarios se define su realidad presente. Más que criticarla —algo, por otra parte, también válido— lo que importa es analizarla.
Lo más socorrido es decir entonces que se ha producido una transformación, en la que más que hablar de un exilio activo hay que mencionar que se trata de una emigración. Añadir que esta emigración cada vez más se asemeja a la que por muchas décadas han realizado quienes llegan a este país en busca de una mejor vida, no importa si desde México, Centroamérica u otro país. No se debe condenar a nadie que intente mejorar su vida, sobre todo si uno hizo lo mismo antes.
Pero esta explicación adolece de un problema, y es que enmascara el hecho de que el éxodo cubano continúa respondiendo a razones políticas. Al igual que La Habana, Washington actúa de acuerdo a sus intereses: mantener una estabilidad social y política forzada a 90 millas de sus costas.
Aquí es donde todos, cubanos de aquí y allá, optan en común por la válvula de escape como solución a los problemas cotidianos. En la isla se prefiere pedir ayuda a los parientes antes que enfrentar la protesta simple —pero no exenta de consecuencias— de mandar a los hijos sin uniforme a la escuela. En el exilio se vuelve, pero no se regresa.
Si lo que actúa con mayor fuerza sobre el individuo, al marchar al exilio, es el sentimiento de incapacidad para regir su vida, puede afirmarse que los que se han ido de Cuba en los últimos años continúan siendo rehenes, sino de Castro de sus familias.
Al final todo se reduce a la esperanza del justo tiempo humano y pensar que ni “el Partido es inmortal” ni los Castro son eternos. Mientras tanto el futuro cubano se sigue definiendo en la espera, así en La Habana como en Miami.

Esta es mi columna semanal en El Nuevo Herald, que aparece en la edición del lunes 15 de septiembre de 2014. 

lunes, 8 de septiembre de 2014

Para conocer las ciudades del Caribe


Para comenzar, una advertencia. Ciudades en el Caribe, de Haroldo Dilla Alfonso, es un libro "apabullante" por la cantidad de información que ofrece. En mi caso, mucha de ella nueva por completo. Y no me refiero solo a Santo Domingo y San Juan, que nunca he visitado sino a La Habana donde viví. Pero lo anterior no pretende intimidar al posible lector sino todo lo contario. El libro se lee con gran facilidad, porque está muy bien escrito, con una redacción libre de altibajos. Así que educa a la vez que entretiene.
Parte de esa virtud se origina en el hecho de que el autor no solo habla de ciudades sobre las que ha leído —y mucho— sino también en las que ha vivido. “Vivir en una ciudad no te capacita especialmente para escribir un libro sobre ella”, nos aclara Dilla, aunque agrega que ese argumento sencillo y bastante confuso lo ha acompañado todo el tiempo y ayudado a seguir adelante.
Se puede añadir otro. Nacido y criado en La Habana, Dilla cuenta con una condición natural urbana, que al mismo tiempo no se ha limitado a un entorno o conjunto: nunca ha vivido fuera de una ciudad, pero ésta a veces no ha sido “la ciudad”, sino “esta ciudad”.
Tal condición debe haberlo ayudado a comprender las diferentes urbes no solo en su interior, sino como proyección externa. Ciudades surgidas de un enorme sistema imperial con derechos territoriales exclusivos, Santo Domingo, San Juan y La Habana son quienes más páginas ocupan en el texto. A ellas se une otra ciudad bien distinta, que no responde a los modelos de la Europa del sur —tanto que más de un viajero procedente de esos países se siente perdido en ella, sin un centro al que referirse, sin que aparezca la tradicional plaza  mayor— y es un ejemplo tardío de otro concepto colonizador, propio de la Europa del norte: el asentamiento creado para el comercio abierto y con puntos comerciales y productivos dispersos. Esta última ciudad es Miami.
Urbes que en un momento no se limitaron a formar parte de una nación, sino que fueron “países” en sí mismas, o lo que único que importaba del territorio nacional, las tres fundadas por España tuvieron algunas semejanzas en sus orígenes y grandes diferencias en su desarrollo.
Santo Domingo fue importante en el siglo XVI, pero la crisis posterior la sumió en la pobreza y el silencio. San Juan y La Habana vivieron condiciones más favorables, pero esta última entró en un proceso incesante de deterioro de cual ahora solo hay débiles señales de que comienza a recuperarse.
Las cifras indican lo que fueron y son, sobre todo en lo que respecta a La Habana. A comienzos del siglo XX, La Habana ya tenía más de 300.000 habitantes, mientras San Juan no alcanzaba los 50.000 y Santo Domingo rondaba los 15.000. Miami, por su parte, apenas contaba con unos 2.000 residentes.
En este siglo, ha continuado un proceso iniciado a finales del anterior, y esas ciudades vuelven a alejarse de sus espacios nacionales y “devienen partes del proceso de exclusión e inclusión selectivas del mercado mundial y producen una alta segregación a sus interiores”.
Si Santo Domingo tiene un pasado ilustre, luego sumido en siglos de silencio; San Juan se convirtió en la fortaleza militar por excelencia y La Habana supo aprovechar su posición comercial y localización geoestratégica, ahora la ciudad que marca el futuro es Miami, convertida en punto de referencia trasnacional y cuyas fronteras con La Habana tienen a diluirse en un imparable intercambio familiar al que ya no detiene las diferencias políticas.
Ese carácter fronterizo de la región —anticipado por Jorge Mañach— define en buena medida el marco teórico del libro.
“Esta condición fronteriza que ha caracterizado a la región es una variable de vital importancia para analizar la emergencia y desarrollo de las tres ciudades históricas del Caribe Hispánico que aquí analizamos —Santo Domingo, San Juan y La Habana— así como de Miami. En una situación u otra, las maneras como estas ciudades ejercieron sus intermediaciones en torno a esta condición fronteriza es vital para entender los derroteros seguidos por cada una”, especifica el autor.
Hasta aquí podría pensarse que el libro abunda en análisis teóricos cuando es todo lo contario. El mayor número de páginas está dedicado a la evolución específica de cada ciudad, y es precisamente entonces que muchos mitos, ideas preconcebidas y situaciones en blanco y negro ruedan por el suelo ante un panorama mucho más abarcador.
En el caso de capital cubana, Dilla describe como, en una sociedad urbana comercial como la habanera, con una población intramuros que se extendía por dos kilómetros cuadrados, era muy difícil mantener una estricta separación racial y clasista. No se trataba de una esclavitud patriarcal —como la que experimentó Santo Domingo en sus siglos de depresión— sino de una modalidad flexible en que muchos esclavos trabajaban todo el tiempo, o una parte de él, como trabajadores alquilados. En ocasiones ello ocurría por contrato directo del amo, pero en otros casos con una notable autonomía por parte del esclavo, que solo estaba obligado a entregar una cantidad acordada de dinero al amo, que actuaba como un típico rentista. Muchos esclavos formaban familias y vivían separados de sus amos, lo que generó varias prohibiciones municipales poco exitosas.
Ciudades en el Caribe es un aporte singular no solo al estudios de las ciudades citadas, sino también una obra valiosa tanto para historiadores como novelistas. En sus páginas se encuentra más de una anécdota, un dato o una descripción que merecen desarrollarse en un cuento o relato en general. Pero sobre todo, es un libro de lectura inmediata y referencia futura.

Ciudades en el Caribe se encuentra disponible en Amazon.com o a través de flacso, donde pueden comunicarse con fernanda.gonzalez@flacso.edu.mx y lo envían por correo.

domingo, 7 de septiembre de 2014

El chavismo y el culto a la pobreza


No es que se encuentre algo novedoso ni original en el comentario. Cuando el gobernador del estado Aragua, Tareck El Aissami, afirmó que los venezolanos, mientras “más pobres” son más leales al chavismo, estaba repitiendo al mismo tiempo una verdad, un mito y una mentira.
La verdad es que cualquier proyecto que proponga beneficios a los más pobres encontrará oídos receptivos entre ellos.
El mito es la exaltación a la pobreza, que está detrás de lo expresado por el gobernador, y que el propio presidente venezolano, Nicolás Maduro, hizo más evidente al agregar una frase del nicaragüense Augusto C. Sandino, quien dijo que “los humildes son los que siempre llegan al final”. Algo que por otra parte tampoco es cierto.
Al evocar a Sandino —es patético como la izquierda reaccionaria vuelve una y otra vez a las figuras de antaño, como tratando de sacar agua de un pozo agotado— Maduro no hace más que intentar apropiarse de un concepto que no es marxista, sino demagogo y manipulativo, y que precisamente la Iglesia Católica más tradicionalista explotó por siglos: los más pobres son los verdaderos elegidos para el Reino de los Cielos. También es otro ejemplo de que el ideario chavista —si es que así puede considerar algo que más allá de una mezcolanza es una aberración— carece incluso de “frases hechas” propias y toma de aquí y del otro sin importarle la coherencia, pero eso es algo que apenas vale la pena repetir.
A Maduro se le podría decir que, desde el punto de vista cristiano, el concepto de elección divina de los pobres quedó atrás con el protestantismo, e incluso el propio Vaticano lo esgrime poco hoy en día. Una cosa es la humildad —que entre paréntesis la Iglesia postula pero no practica en su sede— y otra bien distinta es elevar a santidad el ser pobre. No es que los católicos consideren, al igual que los protestantes, que Dios premia con riquezas en la tierra a los elegidos, sino que el sermón de resignación y Cielo eterno para los desposeídos ha sido sustituido en gran medida por una agenda social, aunque no política, al menos en apariencias.
Por supuesto que desde el punto de vista de compensación emocional constituía un consuelo pensar, mientras se padecía hambre y miseria, en una recompensa futura. Pero la utilización de esa satisfacción espiritual, convertida en instrumento de sumisión, siempre fue criticada, precisamente, por los revolucionarios.
No es que el chavismo no postule entre sus objetivos el vencer la pobreza en Venezuela. Simplemente se trata de que no enfrenta el proyecto de una forma adecuada. Todos los planes de “misiones socialistas” parten de un principio abyecto, y es mantener la dependencia del ciudadano con el Estado. Aquí radica la mentira.
El chavismo no se plantea reducir la pobreza, no lo ha logrado tampoco, sino dosificarla, administrarla, y en algunos casos incluso extenderla.
Actúa así porque sabe que, por lógica —y lo planteado por el gobernador del estado Aragua lo dice a las claras— al disminuir esa base de personas que viven en una dependencia perpetua con las limosnas del gobierno, disminuye también su apoyo. Eso ocurre incluso —o más aún— en los países donde se llevan a cabo planes eficientes de reducción de la miseria, que no es el caso precisamente de Venezuela.
Ha ocurrido en Estados Unidos, donde por ejemplo miles de ciudadanos negros han logrado no solo salir de la pobreza, sino convertirse en miembros de la clase media, e incluso millonarios, y en la actualidad pertenecen a organizaciones o expresan opiniones similares a los capitalistas blancos, asiáticos o de otro origen étnicos.
Estos ciudadanos que han logrado superar las limitaciones de origen social —y el mencionar a los negros responde solo a buscar un ejemplo fácil, porque ocurre con independencia de raza— apoyan y buscan leyes que les permitan obtener máximos ingresos y pocos impuestos, sin preocuparles el destino de otros tan pobres, como lo fueron sus padres o abuelos. Que dicha actitud resulta reprobable desde un punto de vista ético, y poco humanitaria, es cierto. Sin embargo, no por ello deja de reflejar un característica natural en el ser humano, donde el individualismo e incluso el egoísmo no es fácil de desterrar.
La solución, siempre difícil —y que no ha resuelto tampoco el capitalismo ni el neoliberalismo, aunque también se proclamen en abanderados contra la pobreza—, es buscar un equilibrio que combine las necesidades y ambiciones personales con el bienestar común.
Se puede argumentar que tal camino resulta casi siempre una simple hipótesis, pero mucho más válida que el estereotipo de buscar bondades en la pobreza. Porque más allá de una corriente dentro de la novelística realista y social de los siglos XIX y principios del XX —luego heredada por cierto en la telenovela, tan cultivada en Venezuela— hay poco mérito en la pobreza. Precisamente porque a quienes están en esa situación no se les permite, o les resulta difícil, alcanzar mérito alguno, en cuanto a comportamiento social y no en referencia a casos individuales.
Incluso el marxismo tradicional hablaba de trabajadores —que vivían miserablemente— pero no depositaba sus esperanzas en los más desposeídos, que ni siquiera contaban con el “privilegio’ de poder ser explotados. Quienes caían en la situación de sobrevivir de la limosna, gracias a la caridad, caían en la categoría amplia del ‘lumpen proletario’, fácil de manipular por cualquier poder, especialmente por el más reaccionario.
Ciudadanos pobres —muy pobres y sin esperanzas— apoyaron el nazismo en Alemania o el fascismo en Italia, y formaron parte de los escalones más bajos de los cuerpos represivos, donde se caracterizaron por su ferocidad, alimentada por una vida de frustraciones y maltratos.
Precisamente a este sector desposeído —más que a quien es pobre por recibir un bajo salario— es al que siempre mira al chavismo como base de apoyo. Sector que más que por la pobreza se define por la marginalidad. Son quienes han encatrado en el chavismo una razón de ser. Y si el gobierno de Chávez y ahora el de Maduro les brinda un sentido de integración política —para ser utilizados de acuerdo a sus fines—, no por ello los libra de la marginalidad social y económica.
Fue el marxismo soviético, con Lenin a la cabeza, el que glorificó a los pobres en novelas y películas. Los utilizó y por supuesto al mismo tiempo los explotó.
Si el chavismo retomó ese concepto desde el inicio —y con el gobierno de Maduro lo ha sobrecargado de fanatismo y fanfarronería—, no es solo por su carencia de un cuerpo ideológico moderno y apto, sino sobre todo por esa injusticia innata en su forma de proceder, que necesita de la escasez, las dificultades ciudadanas y la falta de artículos que cubran las necesidades más elementales, a fin de sobrevivir. Al fin y al cabo, ni Chávez ni Maduro se han preocupado por convertir al gobierno en el gran y único empleador —como hizo Fidel Castro en Cuba y ahora Raúl  está dando marcha atrás por incapacidad económica del Estado—, más allá de agrandar el aparato burocrático y servirse de la industria petrolera ya existente. Les ha bastado con transformar la asistencia estatal —a la que está obligado cualquier país en mayor o menor medida— en una forma de caridad política y un reparto de prebendas y migajas, donde los pobres reciben poco y muchísimo menos de lo que merecen por vivir en una nación con una gran riqueza petrolera, que a diario se despilfarra. 

sábado, 6 de septiembre de 2014

La pobre metrópoli venezolana


Mientras los analistas discuten los últimos  nombramientos ministeriales de Nicolás Maduro, hay un hecho que no se menciona, quizá por lo obvio: estos cambios fueron dictados por La Habana. Señalarlo encierra el peligro de la repetición, pero ésta nunca es poca si la advertencia es buena. Venezuela avanza hacia el abismo, y parte de la culpa es de Fidel Castro.
Si en Cuba la administración diaria de los asuntos de gobierno recae por completo en Raúl Castro, la relación con Caracas continúa en buena medida bajo la sombra del hermano mayor. Esta distribución de labores —en una alianza familiar que no admite fisuras hacia el exterior aunque se fundamente en personalidades disímiles—  obedece no sólo a factores biológicos y condicionamientos de edad, sino fundamentalmente a una razón práctica. Maduro necesita algo que Raúl obtuvo hace muchos años, durante su juventud guerrillera: legitimidad revolucionaria. Y para brindársela está Fidel Castro.
No por gusto el mandatario venezolano acudió a una breve visita a La Habana en agosto, y no fue simplemente a saludar a Castro por su cumpleaños y hablar de moringa. Fue una visita de consulta, y no hace falta información de inteligencia al respecto. A diferencia de una Cuba donde Raúl Castro trata de imponer cierto pragmatismo y tomar algunas decisiones económicas, la Venezuela actual es cada vez más prisionera de la arcadia ideológica. La manipulación ideológica es, tanto el hombre como la circunstancia en Fidel Castro.
Basta revisar lo que habla a diario Maduro, para comprobar que su discurso se pierde en tonterías y banalidades, a las que recurre como un mecanismo de distracción, pero también para politizar el acto más nimio. Esto lo (mal) aprendió de Fidel Castro. La clave aquí es vender la imagen de abarcarlo todo, cuando en realidad la pauta la dicta un objetivo único: conservar el poder.
El mandato de Maduro se ha caracterizado no solo por la inercia sino por el rumbo errático. Nombra a principios de año a Rafael Ramírez como una especie de zar económico y ahora lo designa canciller. Al mismo tiempo, quien ocupaba ese cargo, Elías Jaua, pasa del cielo a la tierra: de los frecuentes viajes en avión a la administración de comunas. Con ese mover de peones no se consolida una jugada, apenas se gana tiempo. Y puede hacerlo porque tiene petróleo con el cual engullir sus errores.
De administrar Maduro no sabe nada. Lo suyo es un trono heredado, que unas elecciones amañadas apenas consiguieron apuntalar. No es que las urnas legitimaran el dedazo de Chávez, sino que el Consejo Nacional Electoral lo impuso. Lo demás ha sido un reparto desordenado de la riqueza nacional, de prebendas a limosnas, con el gobierno de La Habana como uno de los principales beneficiados.
Trono heredado, pero también con la carga de una “familia real”, a la que hay que mantener contenta: Maduro sabe que si los parientes del fallecido presidente le retiran el apoyo, su poca “legitimidad chavista” se vería en peligro.
Por eso nuevos privilegios que añadir a los existentes: María Gabriela, hija de Chávez y favorita de Castro —envuelta en un escándalo de corrupción en Argentina— enviada a Nueva York de embajadora alterna ante la ONU, con poco que hacer y mucho que gastar; Asdrúbal Chávez, otro pariente, en este caso primo, al frente del ministerio de Petróleo y Minería.
En medio de esta trama de corrupción y favoritismo, Fidel Castro de gran padrino de la familia Chávez, como lo demostró la visita a Punto Cero de María Gabriela, a finales de abril de este año.
Hay una especie de mantra, repetida en el exilio y por la oposición cubana, que liga el fin del chavismo con el cambio en Cuba. También puede afirmarse lo inverso. Para los venezolanos, el gobierno de los hermanos Castro es un factor de estancamiento y retroceso, que alarga la permanencia del chavismo.
Todos los pasos que está dando Maduro, guiado por Fidel Castro, llevan al hundimiento económico del país, el deterioro y la ruina. Y el daño no se limita al presente. No se puede destruir sin empeñar el futuro. En primer lugar ese futuro al que supuestamente se aspiraba. Cuando el chavismo acabe, es posible que la nación se convierta en destino de los más rapaces intereses financieros internacionales y el capitalismo más despiadado. La culpa será de Chávez y Castro.
Maduro tampoco sabe de historia, y en última instancia poco le importa. Cuba tiene una larga tradición de arruinar metrópolis. Le ocurrió a España, empecinada en mantenerse en la isla “hasta el último hombre y la última peseta”. No se puede decir que destruyó a la URSS, pero sí que fue parte de ese proceso de deterioro, donde los fines políticos e ideológicos en el exterior valían más que el bienestar del ciudadano del país. Ahora Venezuela marcha por el mismo rumbo.

martes, 2 de septiembre de 2014

Escasez y palabrería en Cuba


No hay colonia, talco y máquinas de afeitar en las tiendas cubanas. Tampoco hubo desodorante y papel sanitario durante los primeros meses del año. Entre  pretextos y cifras de escasez transita la realidad cubana.
Los anaqueles sin estos productos no se encuentran en los establecimientos a los que acuden los cubanos a comprar con pesos. Son “tiendas recaudadoras de divisas”. Y quien brinda la información no es un periodista independiente, ni alguien que pueda resultar sospechoso a los ojos del régimen. La noticia aparece en Granma, el órgano oficial del Partido Comunista.
Hay también un enigma: cómo se sostiene un gobierno y un país donde faltan los más elementales productos de higiene personal.
Más allá de la represión imperante, la respuesta está en Miami, esa fuente imperecedera de artículos para quienes viven en Cuba.
Vale la pena detenerse en ese ejercicio que con cierta frecuencia ha comenzado a desarrollar la prensa oficial cubana: hablar a las claras de un problema y al mismo tiempo ofrecer explicaciones inverosímiles.
“Según Geanny Bello Campo, director general de la Unión Suchel, el año 2013 fue muy complejo para la industria ligera, por la poca disponibilidad de financiamiento para cumplir algunos renglones concebidos en el último trimestre”, señala Granma.
Aquí la palabra “complejo” tiene un uso encubridor. Lo que el funcionario no se atreve a decir es que la producción se vino al suelo porque no hay dinero (divisas) para comprar las materias primas necesarias; sin contar con la baja productividad y eficiencia de las fábricas, que ni se menciona pero se intuye.
“Teniendo en cuenta estos números, resulta difícil predecir alguna recuperación para este semestre. No obstante, el plan del 2015 contempla —a juicio de Bello Campo— incrementos significativos”, agrega Granma.
Es decir, que el funcionario afirma que no hay, pero “habrá”. Las razones para el entusiasmo panglossiano quedan fueran del razonamiento del diario cubano, pero es indudable que esa fe en el avance no tiene un origen metafísico. Es simplemente aferrarse a una tabla de salvación antes que le exijan la renuncia, para poner a otro que tampoco podrá resolver nada.
Puede parecer monótona esta repetición de que en Cuba no hay. Cosa sabida. Aunque es precisamente esa falta perenne la que justifica el nombrarla: sin talco no hay país. Ni colonia tampoco.
Porque a los ojos de Miami, la cuestión es muy simple: en tiendas conocidas como Flogar, el Bazar Inglés, La Época y otras similares uno no encuentra ni champú, ni crema de afeitar ni un protector solar, aunque se cuente con pesos convertibles (CUC) para cómpralos. Al cubano solo le queda pensar en ¡Ño, qué barato!, El Dollarazo y Valsan en Miami, y en el providencial pariente generoso que vive en el exilio.
Lo que evidencia el reportaje de Granma es que tanto el gobierno como quienes viven en la isla están presos en una especie de Catch-22, en que se da preferencia a la producción nacional porque no hay dinero para importaciones, pero donde al mismo tiempo esta producción queda muy por debajo de lo esencial, precisamente porque tampoco hay dinero para la compra de los materiales imprescindible para… producir.
Por lo tanto, en lugar de soluciones, lo más que pueden brindar los funcionarios es resignación y advertencia, porque las cosas podrían ser aun peor.
En la tienda “La Popular, del Cerro, saltó a la vista la escasez de productos de limpieza como desengrasantes, desincrustantes, salfumán y lejías de cloro. Estos últimos, dijo el administrador Raúl Santiesteban, no formaban parte de sus inventarios hacía alrededor de 3 meses. No obstante reconoció la ‘estabilidad’ del jabón de lavar y tocador, el detergente líquido, etc.”, señala Granma.
Así que si usted necesita salfumán o lejía y no los encuentra, piense que todavía puede bañarse y lavar la ropa.
Más allá de las justificaciones, hay un hecho que destaca Granma: el “desabastecimiento de ciertos productos de aseo y limpieza comercializados en la red de tiendas recaudadoras de divisas y los mercados artesanales industriales (MAI) se ha convertido en un fenómeno cíclico”.
Pero un momento, ¿no enseñaba el marxismo que las crisis cíclicas eran un fenómeno típico del capitalismo? Ahora resulta que el hecho de que un producto falte y vuelva a faltar es también típico del “socialismo a la cubana”. Y en cierto sentido esa declaración podría entenderse no como un mal sino como un alivio: no falta siempre, falta a veces.
Por supuesto que esta inestabilidad alimenta la especulación y el mercado negro, pero de eso no habla Granma. En cualquier caso habría que “agradecerle” al periódico que ya no se limite a mentir u omitir como antes. Sólo que esa verdad a medias encierra también lo que en la actualidad es la única esperanza del cubano. No importa si habrá o no en el 2015. El año que viene, en Miami. 

viernes, 29 de agosto de 2014

Vivir en Cuba y hacer mal el cuento


En su blog en BBC Mundo, el periodista cubano Yuris Nórido escribe un artículo sobre como Vivir con 20 dólares al mes (y poder hacer el cuento).
En realidad, eso de hacer el cuento es lo que intenta el militante del Partido Comunista y periodista oficialista. Es un ejercicio casi inútil, porque los convencidos y partidarios del gobierno cubano en todo el mundo conocen de sobra los argumentos sobre los “beneficios” que brinda ese régimen. También porque los detractores saben todas las mentiras que se siguen repitiendo sobre dichas “bondades”. Pero algo queda de utilidad en la argumentación. De lo contrario no se justificaría el tiempo invertido por el bloguero y el gastado por este comentarista.
Esta justificación temporal radica en que aún perdura el interés por leer y escribir sobre el tema. Por lo tanto, algo debe de tener de valor: un país que contiene más de un enigma de sobrevivencia y mucho atractivo mediático. Así que no todo está perdido.
“Cuando los medios internacionales dicen que en Cuba un profesional puede ganar el equivalente a 20 dólares al mes, dicen la verdad. Pero es una verdad relativa. Está claro que es difícil arreglárselas con esa cantidad, casi en los límites de una vida en la pobreza extrema”, afirma Nórido (de ahora en adelante, y para evitar repeticiones, todos los textos entrecomillados pertenecen a él).
“Cuba —y eso lo afirman instituciones internacionales para nada simpatizantes con el sistema imperante en la isla— es uno de los países en América Latina con menos incidencia de la extrema pobreza. De hecho, el índice de desarrollo humano es uno de los más altos de la región”.
Sobre la validez de esta afirmación y el verdadero significado de estas cifras remito a un artículo, no de un cubano sino de un venezolano: lmer José Aranda Leal. Lo que me interesa destacar aquí son dos hechos que la bloguera omite.
Uno es que resulta muy diferente lo que se considera ser pobre en Cuba y lo que resulta encontrarse dentro del índice de pobreza en Estados Unidos. Se puede argumentar que no es lo mismo comparar un país subdesarrollado con otro superdesarrollado, pero quien habla de las ventajas económicas del sistema cubano se arriesga a esa comparación: se suponía que la revolución cubana se hizo precisamente para lograr un país mejor que, incluso EEUU, o al menos era lo que afirmó el máximo líder nacional durante décadas. A esto se puede agregar que si la comparación con EEUU molesta, se puede sustituir simplemente por un país latinoamericano como Chile, similar a la isla en número de habitantes y con índices económicos parecidos hasta 1959. Chile, por otra parte, no ha sido un paraíso de nación durante las décadas transcurridas hasta hoy. No estamos hablando de Suiza o Dinamarca. Conoció un proceso de socialismo democrático y sufrió una sangrienta dictadura de extrema derecha. Pese a esas convulsiones políticas, hoy es una nación —bajo una presidenta socialista que ha vuelto al poder gracias al voto popular— con indicadores económicos muy superiores a los de Cuba.
El segundo punto es el más importante. El problema del sistema imperante en la isla no es que sus salarios sean posiblemente los más bajos de Latinoamérica, sino que un buen número de artículos —entre ellos productos alimenticios— se venden a precios comparables o superiores a los que éstos tienen, precisamente, en ciudades estadounidenses.
Un país en que el máximo empleador (el gobierno) paga en una moneda carente casi de valor, y cuyo máximo vendedor (ese mismo gobierno) vende a precios fijados por una divisa extranjera. Con ese criterio, no hace más que estafar a sus ciudadanos.
Que hay otros países muy pobres cercanos a la isla es cierto. Y el mejor ejemplo es Haití. La gran diferencia es que allí no hubo una revolución que dijera futuro.
Nórido no solo pasa por alto este hecho, sino que se dedica a convencer de que hay una serie de “subsidios”, paliativos que evitan que la supuesta pobreza sea tal. Para ello repite viejos argumentos, que al parecer mantienen cierta eficacia cuando se dedica el tiempo a repetirlos.
“¿Cómo explicar la aparente contradicción?” entre los bajos salarios y la supuesto bajo índice de “extrema pobreza”. Se pregunta el bloguero, y pasa a responderse:  “Sencillamente: la mayoría de la población depende (o al menos se sirve) de los subsidios. Nadie ha afirmado (sería una tontería hacerlo) que es la situación ideal.
Pero lo cierto es que gracias a esas exenciones se han podido matizar los graves costes sociales de la crisis económica que ha sufrido el país)”.
En el primer párrafo se habla de “subsidios“ y en el segundo de “exenciones”. Un subsidio es una prestación pública asistencial de carácter económico y de duración determinada. La exención implica el concepto de exceptuar, excluir a alguien del pago de algo, por ejemplo un impuesto. En ambos casos, lo que por lo general se implica es la acción del gobierno, que beneficia a un grupo social o a determinada categoría, ya sea por edad, nivel de ingresos o condiciones física y/o mentales.
En última instancia, lo que el bloguero hace es repetir la misma cantinela del gobierno cubano, que quiere que ciertos beneficios que otorga a la población sean considerados parte de los salarios y pensiones que paga o no a la ciudadanía.
El problema con esta aspiración es que Cuba no es el único país que otorga beneficios a sus ciudadanos. Al actuar así, el gobierno cubano no actúa como Estado sino como empleador, que incluye beneficios tales como pensiones, vacaciones, días de enfermedad, seguro médico y de vida como parte de un paquete que se adiciona al salario, y que el potencial empleado debe considerar a la hora de elegir o ser elegido a un trabajo. Así que en lugar de un ideal socialista, lo que el régimen de La Habana hace es actuar como un patrón.
Por otra parte, al hablar de “subsidios” cae de nuevo en el pecado de la omisión: en la actualidad el principal “subsidio” que reciben los cubanos son las remesas provenientes del exterior, fundamentalmente del exilio y fundamentalmente de Miami. Por supuesto que no todos los cubanos reciben remesas desde el exterior, pero esa entrada económica se filtra a todos los niveles de la población mediante el ingreso al país de dinero en moneda dura que es empleado fundamentalmente en la adquisición de artículos y servicios. Se trata de millones de dólares, no de cantidades insignificantes. Ah, y por supuesto también, hay muchos países en Latinoamérica y África donde también las remesas provenientes del exterior forman parte importante de su economía, Solo que aquí también se cumple eso de que tampoco han hecho una revolución tan celebrada por Nórido.
“Uno de las conquistas de la Revolución, uno de sus estandartes, es contar con sistemas de sanidad y educación absolutamente gratis (sic.)”.
El problema con este reclamo es que Cuba no es el único país que otorga tales beneficios. En España la educación es gratuita, incluso la universitaria. Muchos países, entre ellos Canadá cuentan con servicios médicos para todos los ciudadanos, para no mencionar a todas las naciones europeas. En EEUU se ha avanzado mucho en este sentido, con la ley de salud de Obama, pero con anterioridad una persona podía acudir a la sala de emergencias de un hospital aunque no contara con un seguro médico y no hubiera garantía de que luego pudiera pagar los costos de su tratamiento. En Costa Rica no solo la salud publica está socializada sino también la educación. Que son conquistas sociales, innegable, que en algunos casos fueron posible o ampliadas durante gobiernos progresistas y socialistas, también. Pero eso sí: en ninguno de ellos fue necesario implantar un sistema totalitario para conseguirlo.
“Las cifras no mienten: las estadísticas en esos sectores ponen a Cuba en la cabeza de América Latina”.
Decir que las cifras que ofrece Cuba no mienten es precisamente una soberana mentira. El gobierno cubano considera a los indicadores internacionales según sus propios criterios de definición y medida. Eso para no insinuar que por décadas ha falsificado, inflado u omitido números.
El problema con el artículo de la bloguera es que nos trata de dar una visión light del castrismo, ya que en resumidas cuentas está escribiendo para un medio de prensa capitalista.
 Aquí y allá dice que esto no marcha muy bien (“Afirmar que la educación y la salud en la isla viven sus mejores tiempos resultaría por lo menos inocente, o pura demagogia”); que es cierto que aquello no debería ser así (“puede que algunos hospitales estén sucios”, “el nivel de los maestros no es el de hace 30 años”) o incluso llega a reconocer lo ajeno (“contar con sistemas públicos de sanidad y educación, gratuitos y universales, obviamente no es solo privilegio de los cubanos”). Sin embargo, al final la conclusión es que Cuba no está tan mal después de todo.
Cuando se escribe para aquellos que no han vivido en Cuba, es fácil tergiversar cuando se carece de escrúpulos. Nórido lo hace de esta forma:
*“Por la cartilla de racionamiento (libreta de abastecimiento) cada ciudadano recibe una determinada cantidad de mercancías por un precio casi simbólico. Esa cuota no resuelve el problema del mes, pero ayuda considerablemente”;
*“El transporte público en las ciudades es muy barato: un pasaje en los ómnibus cuesta 40 centavos de CUP (peso cubano no convertible)… O sea, apenas dos centavos de dólar. Aunque el servicio, sobre todo en las horas de más tráfico, no es suficiente”-
*“La mayoría de los cubanos no tiene que pagar alquiler por su casa. (Ojo, no significa que la situación inmobiliaria sea buena. Varias generaciones de una familia tienen que vivir a veces en una casa pequeña. Y los alquileres suelen estar por encima de las entradas por un empleo estatal).
*Un poco más difícil para los que deben subsistir con los salarios "oficiales" es adquirir ropa y calzado, sobre todo teniendo en cuenta los altos precios de la red de tiendas de recaudación de divisas.
Algunos aprovechan las esporádicas entregas de prendas en centros de trabajo (uniformes y calzado); otros acuden a tiendas de ropa reciclada.
*Hay un sector de la población muy vulnerable: ancianos y discapacitados sin familia o recursos suficientes. Para ellos se han habilitado restaurantes de bajísimos precios y se supone que reciban atención social personalizada.
Si coloqué sus palabras textuales —y con ello me arriesgo a un comentario demasiado largo y tedioso— fue para evitar la acusación de que sus palabras fueron sacadas de contexto. Ahora mi opinión:
Para el militante, todo se reduce a que la libreta de abastecimientos “ayuda considerablemente”, cuando en realidad se sabe que prácticamente ha sido casi descontinuada por el gobierno de Raúl Castro y hay quienes llevan años sin poder comer un pedazo de carne (claro que esto no preocuparía los vegetarianos… si hubiera todo tipo de vegetales); no es “suficiente” el transporte público en las “horas de más tráfico”, mientras la falta de transporte es casi endémica en el país y buena parte de los pasajes de ómnibus y trenes se venden en dólares; la situación inmobiliaria no es “buena”, mientras la falta de vivienda es un problema gravísimo que el gobierno ha decidido quitárselo de arriba, y decirle a cada cual que se las arregle como pueda para construir su propia vivienda; una referencia vaga a un “empleo estatal”, y la mayoría de la población es empleada del gobierno; “esporádicas entregas” de ropa en los empleos,  cuando la práctica de entregar “ropa de trabajo”, para las actividades agrícolas a que se veían obligados a participar todos los empleado fue eliminada hace tiempo y “se supone” que las personas de edad avanzada reciben atención.
Nadie le niega al bloguero el aferrarse a sus creencias y puntos de vista. Si acaso le pediría fidelidad a los mismos, pero tampoco se debe querer que un ser humano viva en la equivocación perpetua. No son pocos los periodistas que, al igual que él ahora, fueron jóvenes comunistas, militantes del partido y trabajaron la prensa oficialista. Desde hace años, meses o semanas viven en el exilio y se ganan la vida honestamente. A todos se debe saludar y recibir. Así que espero a Nórido con un abrazo.