jueves, 18 de diciembre de 2014

La siempre tardía isla de Cuba


Cuba tiene una característica especial en cuanto a los acontecimientos históricos. Siempre llega tarde, salvo cuando se anticipa. Esa cualidad, que ha pasado a integrarse —y a definir— la sabiduría popular, tuvo una expresión temprana en aquello de la “siempre fiel”. Fue la última colonia en liberarse del dominio español en América. En la práctica se tradujo en centenares de muertos adicionales, una isla devastada por un largo conflicto, la ruina económica de la metrópoli, una soberanía mantenida pendiente durante cuatro años, otra intervención posterior y un continuo complejo nacionalista. No fue poco el precio a pagar. Ahora otra excepcionalidad histórica acaba de concluir. En la mañana del 17 de diciembre el último reducto de la guerra fría terminó en este continente, 25 años después de la caída del Muro de Berlín. Cuba y Estados Unidos acordaron iniciar los pasos para reanudar relaciones diplomáticas.
El presidente Barack Obama declaró que ha instruido al secretario de Estado, John Kerry, a que inicie inmediatamente conversaciones con Cuba para restablecer los vínculos diplomáticos con la Isla. Por su parte, el gobernante Raúl Castro dijo en una alocución a los cubanos trasmitida por radio y televisión: “Hemos acordado el restablecimiento de relaciones diplomática”.
Así de sencillo.
Lo que llama la atención es la calma en esta ciudad tras el anuncio.
En Miami unos cuantos manifestantes en el lugar de siempre —el restaurante Versailles— con las palabras, los carteles y los gritos de siempre. Y también con la cámaras y la prensa de siempre. Economía de medios y recursos. Tacañería de esfuerzo. Todo ello en un día radiante. Imaginar que hubiera sucedido con lluvia. Y eso que en Miami no nieva ni hace frío. Pensar por un momento en el efecto de un trueno. No hay duda que el anticastrismo vertical ha vivido épocas más felices en esta ciudad.
Da la impresión que la noticia no se ha asimilado por completo. Washington y La Habana, enemigos declarados por décadas, inician el camino para la reconstrucción de las relaciones con los hermanos Castro aún en el poder.
Esto quiere decir simplemente que la transición en marcha en Cuba ha recibido el visto bueno de la Casa Blanca. Esa transición es, por supuesto, la dictada desde la Plaza de la Revolución. Nada de participación de la disidencia. Ni siquiera ha sido necesaria la “oposición leal”, tan comentada en determinados círculos. No han hecho falta promesas de cambios políticos. Leyes de amnistía. El surgimiento de espacios alternativos reconocidos.
Con una pasividad aplastante, el exilio ha presenciado la “última victoria de Fidel Castro”.
El empecinamiento en el intercambio, la captura de Gross, la campaña internacional: todo condujo al resultado esperado por el gobierno de La Habana.
Después del regreso del niño Elián, “Los Cinco” se convirtieron en el centro de esa campaña de propaganda perenne, que por décadas ha conducido el régimen bajo el nombre pomposo de “batalla de ideas“.
Con Raúl, un general, se acabaron las “batallas” y las “ideas”, pero esta lucha final quedaba por concluir.
Nos guste o no, el gobierno cubano ha logrado una victoria a toda regla.
En el terreno diplomático, con el rechazo internacional al embargo: el rechazo de gran número de países latinoamericanos a la política estadounidense hacia La Habana; el silencio de las naciones restantes del hemisferio y la adopción de una política de acercamiento crítico por parte de Europa. Tras décadas en que Washington practicó con relativo éxito una política de aislar al régimen cubano, desde hace años terminó aislándose cada vez más.
A los efectos del cubano de a pie, también el gobierno de La Habana sale ganando, y esta victoria es aún más importante.
El gobierno de Obama le ha regalado una nueva ilusión con que alimentar la espera de quienes viven en la Isla. Primero fue la aún fiel Venezuela. Después el petróleo, que nunca apareció; Luego las inversiones extranjeras, que aún no han florecido. Ahora llega la ilusión del fin del embargo. Los cubanos tienen algo para soñar mientras hacen fila para adquirir productos o estiran sus salarios, que no les bastan. Gracias al gobierno que hasta ayer se consideraba el archienemigo del régimen. No han hecho falta ni Caracas, ni Moscú, ni Pekín para que renazca la esperanza, y con más razón, porque ahora viene del “Norte revuelto y brutal”.
Puede argumentarse que en ambos casos son victorias temporales: dentro de unos meses nadie comentará sobre “Los Cinco” y falta mucho para el fin del embargo.
Sin embargo, el triunfo más importante no es para Cuba sino para Raúl Castro. Por primera vez en casi 56 años un gobernante cubano y un presidente estadounidense dialogan. Raúl y su circunstancia lo han conseguido sin perder la cara en el intento. “Sin renunciar a uno solo de nuestros principios”, ha dicho.
Todo ello sin que en Miami los exiliados se lancen a la calle. Los días en que “luchábamos por Elián” son un pasado lejano.
Si la respuesta emocional ha sido nula, los razonamientos se han caracterizado por su torpeza. En la prensa y la radio de esta ciudad se han escuchado las más diversas razones —en buena parte girando sobre una actitud de rechazo a la acción presidencial—, pero todas con un denominador común: el negarse a aceptar un hecho consumado.
Este hecho es que, más que un cambio de política hacia el régimen de La Habana, lo que se ha producido es el establecimiento de una nueva estrategia dentro de esa política.
Esa actitud negativista de los exiliados encierra una motivación irracional: el negarse a aceptar lo que ha dictado un presidente democráticamente electo, con un mandato definido. Así ha salido a relucir una y otra vez el poder del Congreso, no en su función legislativa sino convertido en la ilusión exiliada en un poder ejecutivo. El consuelo del instante, para quienes defienden esta argumentación, es que todo lo dicho por el Presidente cuenta poco a partir de que el próximo año el Congreso estará dominado por el Partido Republicano, que echará por tierra todo lo dicho hoy.
Aquí el absurdo se mezcla con la ignorancia, como desconocer que la colocación de una nación en la cuestionable lista de naciones que apoyan el terrorismo es una prerrogativa del Departamento de Estado, quien confecciona el listado, no el Congreso.
Si Cuba es retirada del listado, como debió hacerse desde hace años, la exclusión no será muy diferente a lo ocurrido con otros países. Corea del Norte fue retirada de la lista en el año 2008 (lo que por otra parte convierte en poco convincente el argumento de mantener a Cuba debido al caso de las armas encontradas en un buque norcoreano). Libia en 2006, cuando la entonces secretaria de Estado Condoleezza Rice, certificó su renuncia sostenida del terrorismo como política de Estado (¿hay que recordar que quien gobernaba el país árabe para esa fecha era Muamar el Gadafi?). Yemen del Sur fue suprimido en 1990 luego de su fusión con Yemen del Norte. Como dato adicional, vale la pena recordar que Afganistán nunca estuvo en la lista.
Así que la salida de Cuba de la lista no será difícil de argumentar para el Departamento de Estado, a partir de dos argumentos —o pretextos, según quiera verse— claves, como son el proceso de paz colombiano en La Habana y la participación de la Isla en la lucha contra el ébola en África.
La negatividad señalada, por parte de los exiliados cubanos de Miami, también ha llevado a olvidar todo lo que la acción presidencial conserva sin alteraciones, desde la Ley Helms-Burton y la Torricelli —así como la fundamental de Comercio con el Enemigo— como la prohibición de turismo para los norteamericanos. Ha quedado en pie, por lo tanto, incluso un aspecto tan controversial de las medidas como es su carácter extraterritorial.
Si bien es cierto que con la ampliación de ciertas normativas Obama hace más permisible el embargo, no hace con ello más que prolongar una vía iniciada con anterioridad.
El embargo fue relajado por el Ley de Reforma de Sanciones y Mejora de las exportaciones, que fue aprobada por el Congreso de los Estados Unidos en octubre de 2000 y firmada por el entonces presidente Bill Clinton. Esta medida permitió la venta de bienes agrícolas y medicinas por razones humanitarias, pero el gobierno cubano la rechazó inicialmente. Fue en noviembre de 2001, y tras el paso del huracán Michelle, que Fidel Castro aceptó la compra de productos a los granjeros estadounidenses. Y entonces el presidente de EEUU era George W. Bush. Así que lo que Obama ahora amplía es lo que se inició bajo Bush.
Sin embargo, todo lo anterior no omite que lo fundamental ahora es que Cuba y Estados Unidos tendrán relaciones diplomáticas plenas en un futuro cercano, con independencia de si el Congreso republicano se decide por la torpeza de no confirmar un embajador para Cuba.
En ese caso, lo más probable que ocurra entonces es que este país tendrá un embajador cubano en Washington y ninguno en La Habana, ya que Alexander Hamilton describió que la forma más conveniente era dejar al poder del presidente el recibir a los embajadores, en lugar de tener que citar a la legislatura para esos fines.
Queda entonces solo en pie el argumento moral, y es el derecho en el exilio a protestar por el acuerdo para el restablecimiento de relaciones diplomáticas. Protestas que hasta ahora no se han siquiera insinuado, más allá de la algarabía breve en el Versailles.
Exilio que debe comenzar a prepararse ante el hecho de que es muy probable que el camino iniciado ayer lleve a un viaje del presidente Obama a Cuba en los próximos dos años.
Falta solo por añadir un punto, y es el señalar que Obama ha hecho lo necesario, imprescindible e inevitable.
Más allá de iniciar el restablecimiento de relaciones, el Presidente ha dado un giro a la política del embargo, para convertirla en un verdadero instrumento de presión y no en un principio estancado. Sus resultados pueden estar llenos de incertidumbre, pero el camino actual desde hace años no producía avance alguno para los objetivos de contribuir a la democracia y el respeto de los derechos humanos en la Isla.
En este sentido, vale la pena mirar por un momento a la distante Birmania, porque es un buen ejemplo a tener en cuenta
Birmania o Myanmar inició su transformación política en 2011, tras medio siglo de dictadura militar (¿no suena esto familiar a los cubanos?). Su presidente, Thein Sein, liberó a los presos políticos, relajó la represión y dio los primeros pasos hacia una transición democrática. En vista a eso, EEUU levantó algunas de las sanciones impuestas durante el régimen dictatorial. Pero dichos comicios no han resultado en todos los cambios esperados.
Obama realizó recientemente su segunda visita al país. En ella reafirmó que la transición parece haberse estancado. Incluso en algunas áreas han ocurrido retrocesos y las violaciones a los derechos humanos continúan.
¿Fue un error entonces la política de la Casa Blanca? La respuesta no es fácil porque un análisis del panorama birmano, bajo una óptica bipolar, sólo lleva a justificar una posición partidista. De adoptarse, todo se reduce a la vieja disyuntiva de la mitad del vaso de agua: ¿medio lleno o medio vacío?
Dos posiciones, en el Congreso de EEUU, definieron la discusión a la hora de imponer restricciones a la junta militar de Birmania.
Una planteaba que la medida debía someterse a una revisión anual. La otra estaba a favor de adoptar algo similar al embargo contra el gobierno cubano: el sostenimiento indefinido de las sanciones hasta que no se produjera un completo cambio democrático. Nada de pasos equilibrados, sino una apuesta de todo o nada.
Al final se impuso la primera posición.
En el 2003, el senador republicano Mitch McConnell —quien el próximo año será el presidente del Senado— trabajó junto al exsenador demócrata Max Baucus y los senadores Dianne Feinstein (demócrata) y Chuck Grassley (republicano), y llegaron al acuerdo de que las sanciones serían sometidas a una evaluación anual.
En enero del 2011, la entonces secretaria de Estado, Hillary Clinton, declaró que las sanciones serían levantadas si se producían cambios “reales”.
En el 2012 Aung San Suu Kyi —premio Nobel de la Paz— fue liberada y en abril del 2012 elegida diputada del Parlamento Nacional. La oposición entró al Parlamento con 43 diputados, pero el Ejército se reservó un cuarto de los escaños, lo que garantizó que los opositores no fueran capaces de hacerle sombra al gobierno.
En mayo de ese año Clinton anunció el relajamiento de algunas sanciones —entre ellas restricciones financieras—, para facilitar la transición.
Al año siguiente, se eliminaron las restricciones vigentes contra los funcionarios birmanos. En igual sentido, ese mismo año, 2013, la Unión Europea levantó todas sus sanciones, salvo el embargo de armas (¿también esto no suena familiar a los cubanos?).
Sin embargo, las esperanzas del cambio se han visto opacadas en los últimos tiempos.
Obama reconoció, en una entrevista con la revista The Irrawaddy,  que en Birmania “el progreso no ha sido tan rápido como muchos habían esperado, cuando empezó la transición”.
El 9 de agosto de este año, el secretario de Estado John Kerry pidió al gobierno de Birmania acelerar las reformas democráticas. Una semana antes, varios senadores estadounidense habían solicitado nuevas sanciones y en mayo Obama extendió por un año más algunas de las restricciones económicas aún vigentes (prohibición de inversiones norteamericanas y de las exportaciones de ese país a EEUU).
Durante su reciente visita, Obama presionó al presidente Sein para reformar la norma que impide postularse a Suu Kyi, así como eliminar la represión étnica.
Si se compara la situación existente en Birmania con la imperante durante la junta militar, es indudable que se han producido ciertos avances que justifican el fin de algunas de la sanciones. De igual forma hay motivos para mantener otras.
Cuba podría estar iniciando un camino similar a Birmania, solo hay que esperar que no sea tan lento, pero pocas son las razones para dicha esperanza.
Lo fundamental aquí es que si los avances son pocos, en Birmania o Cuba, el estancamiento no es la respuesta. Cierto que dicho estancamiento lo dicta fundamentalmente el régimen gobernante en dichos países, pero ampararse en la ilusión de que la democracia está a la vuelta de la esquina en la Isla, ya sea en el caso cubano porque se agotan los recursos de la ayuda venezolana o por pequeñas protestas esporádicas es pecar de iluso. Ni el reloj biológico ni el precio del crudo deben servir de fundamentos para decidir o esperar el futuro. La realidad es que cada vez más quienes viven en Cuba y en el exilio responden a otras expectativas y no a un discurso agotado.
El uso de sanciones nunca debe ser una medida de todo o nada, sino de estímulo y respuesta. El camino hacia la democracia es largo y difícil, y la cautela siempre debe acompañar al optimismo. Ello no debe impedir el intentarlo.

martes, 16 de diciembre de 2014

Crisis financiera en Rusia: ¿malo solo para Putin?


Rusia se encamina, de forma inevitable, hacia una profunda crisis económica. De “tormenta perfecta” ha sido catalogada por algunos. Las dos preguntas, también inevitables, es si esto resultará, en última instancia, bueno para el mundo, en especial para Occidente. La segunda, ya en un terreno más limitado, es cómo repercutirá esta situación en un entorno más cercano —casi doméstico en lo que refiere a los temas tratados con preferencia en este blog—, y es por supuesto las consecuencias para Cuba y Venezuela. En el centro de ambas preguntas está la figura de Vladimir Putin.
Putin es el principal culpable de lo que está ocurriendo en Rusia por dos razones básicas: su política expansionista —mejor decir imperialista— con respecto a Ucrania y la anexión de Crimea, lo que ha traído como consecuencia la imposición de sanciones que parecen estar funcionando. El segundo punto de la responsabilidad de Putin radica en no haber aprovechado los años de bonanza en los elevados precios del crudo para diversificar industrialmente el país y llevar a cabo un crecimiento económico sostenido.
El desplome del precio del petróleo, del que dependen el 68% de los ingresos para la economía rusa, y la imposición de sanciones financieras sobre sus grandes empresas energéticas está provocando una fuga de inversores. Las consecuencias inmediatas son una caída vertiginosa del valor del rublo. La moneda rusa está sufriendo su peor caída desde la crisis de 1998 y se mueve en valores mínimos históricos frente al dólar y el euro, tras registrar una bajada cercana al 25% en apenas dos jornadas, señala el diario español El País. Para comprar un dólar se necesitan ahora 75 rublos, frente a los 54 del martes de la semana pasada. Hay pronóstico de que podría llegarse al punto de que para comprar un dólar sea necesarios cien rublos.
Las consecuencias amenazan con ser catastróficas. No solo por la fuga de capitales que ya se está produciendo, sino ante el simple hecho de que muchos rusos ya están optando por trasladar sus ahorros a cuentas en dividas.
Para intentar frenar esa caída el Banco Central de Rusia subió en la noche del lunes al martes los tipos de interés del 10,5% al 17%, su segunda intervención en una semana.
Pero esta alza de los intereses no necesariamente va a repercutir en un aumento de  la confianza de los inversores en la economía rusa. Todo apunta, por el contrario, de la medida no contribuirá en nada a la recuperación económica en un país que se encuentra a las puertas de una gran recesión.
El problema es que las autoridades no tienen muchas opciones a su disposición. Debido a que Rusia depende en gran medida de las importaciones de alimentos y otras mercancías, la declinación de la moneda está alimentando una espiral inflacionaria. Los precios al consumidor aumentaron un 9.1 por ciento el mes pasado, comparados con el año anterior, y también se habían incrementado un 8.3 por ciento en octubre, de acuerdo a The New York Times.
No es que la economía rusa se encuentre aún en una crisis económica absoluta. Rusia cuenta con grandes reservas financieras —calculadas en unos $420,500 millones a finales de noviembre— y no tiene una gran deuda externa. Pero que gran parte de esa reserva se encuentre en oro y fondos gubernamentales que no pueden ser convertidos con rapidez limita su uso para apuntalar el rublo. Por otra parte, tanto buena parte de los bancos rusos, como las grandes corporaciones, y en especial las energéticas, tenían una deuda aproximada de $614,000 millones en moneda extranjera a finales de septiembre. La caída del rublo lo que ha hecho es intensificar esa deuda.
La crisis financiera no se debe solo a la política del Kremlin respecto a Ucrania, sino también al hecho de que la política económica de Putin ha sido favorecer una élite cercana a su mando, que ha acumulado riqueza a partir de los elevados precios del crudo, sin preocuparse por las necesidades del país.
Así que sin la posibilidad de que Occidente venga al rescate —sino todo lo contrario—, Moscú se verá obligado a establecer estrictos controles al capital, lo que sin duda llevará a un mayor aislamiento del país.
Lo que está ocurriendo lleva entonces a un punto clave, y es la interrogante sobre si la elevada popularidad de Putin podrá mantenerse en esta situación, y en caso contrario qué hará el mandatario.
Aquí se entra de lleno en la segunda de las preguntas formuladas al inicio, y es en que medida Putin fortalecerá una alianza con Venezuela —e incluso Cuba— no solamente desde el punto de vista estratégico, sino político y militar, para presionar a Estados Unidos.
Por lo pronto, y pese a su poderío, la Rusia actual dista mucho de ser la Unión Soviética de ayer. Aunque es una gran potencia, no cuenta con la capacidad económica para amenazar realmente a EEUU, salvo que se lance en una escalada bélica impredecible.
Ese parece ser el punto de vista de Washington. La Casa Blanca anunció el martes que el presidente Barack Obama firmará a finales de semana la ley aprobada por el Congreso que autoriza la imposición de nuevas sanciones a Rusia. Aunque Obama tiene margen para decidir cuáles sanciones imponer, el hecho de que no vaya a vetar la ley sugiere que apuesta por ampliar la presión contra el gobierno de Putin.
Queda por ver ahora cuál será la reacción del Kremlin. Hasta ahora el camino de arreglo no parece cerrado, pero está por verse si se traducirán en resultados prácticos.
En Londres el secretario de Estado, John Kerry, que el domingo se reunió con su homólogo ruso. dijo que Rusia “ha dado pasos constructivos en los últimos días" en Ucrania, y que si esta actitud se mantienen podrían llevar a un levantamiento de sanciones. Mencionó las negociaciones entabladas en torno a las líneas de demarcación y la "calma" que parece imperar en zonas conflictivas.
Hay que ver cuánto hay de realidad en esto y cuánto de puro lenguaje diplomático.

Queda por verse en qué medida esta situación, que afecta directamente el bolsillo de los rusos, podrá convertirse en una amenaza real para Putin, o al menos que él lo sienta así, y cual será su reacción entonces. Queda por ver si todo esto motivará un nuevo artículo de Fidel Castro, y si este se encuentra en condiciones para escribirlo.

Represión y Navidad en Cuba


La ola represiva no se detendrá en Cuba. No se trata de una afirmación dogmática ni de una respuesta fundamentada en un supuesto anticastrismo vertical. Es una característica de una forma de gobierno que para sustentarse necesita ajustes constantes, que cada vez son más torpes. Junto a esa situación social y política, durante décadas el gobierno ha desarrollado y mantenido un eficiente aparato represivo, cuya actuación permite una comparación simple: la incapacidad para producir bienes corre pareja con la eficiencia para generar detenciones.
De esta forma el régimen castrista ha creado una cifra mayor de “delincuentes y seres violentos” que todos los gobiernos republicanos anteriores.
No hay que olvidar que el gobierno de La Habana siempre ha usado a su conveniencia la distinción entre delito común y delito político. En una época todos los presos comunes estaban en la cárcel por ser contrarrevolucionarios, porque matar una gallina era una actividad contraria a la seguridad del país. En la actualidad, cada vez que muere un opositor o su caso alcanza una dimensión internacional se le acusa de vago y delincuente.
Lamentable tener que escribir sobre la represión en época navideña. No es preferencia por el oficio de aguafiestas ni denunciar algo nuevo, un brote reciente o un fenómeno oculto. Es que la cualidad de cotidiano no puede convertirse en justificación para el ocultamiento.
Con este constante detener de personas que simplemente han manifestado una opinión contraria  —con independencia de ahora, en la mayoría de los casos, sea por pocas horas—, el régimen cierra la puerta a la esperanza de un  cambio paulatino y pacífico hacia la democracia.
A esta alturas está más que comprobado que el gobierno de los hermanos Castro no tiene la capacidad para dirigir un desarrollo económico que satisfaga las necesidades de la población, pero sí ha logrado ser capaz de mantener al pueblo bajo una economía de subsistencia durante décadas. Solo que la contrapartida a la ineficiencia de las empresas estatales ha sido una economía clandestina —la bolsa negra, el “trapicheo”, el “socialismo”—, indiscriminada y personal. La naturaleza centralizadora y represiva del régimen siempre ha tenido como contrapartida o complemento una corrupción a todos los niveles.
Al hablar de represión en la Isla no hay que olvidar que la maquinaria intimidatoria, que ha permitido la permanencia de un régimen por más de medio siglo, no puede ser denunciada en términos simples ni limitar su alcance, responsabilidad y consecuencias a los hermanos Castro.
Es cierto que la desaparición física de ambos saldrán a relucir con fuerza una serie de expectativas, que por muchos años la mayor parte de la población, e incluso de la dirigencia alta y media del país, han mantenido a la espera. Pero no hay que ilusionarse y pensar que éstas se canalizarán de inmediato, lo que tendría como resultado un cambio total de la situación imperante en la Isla.
En primer lugar porque hay mecanismos establecidos que van más allá de la obediencia a un tirano: parcelas de poder, privilegios y temores sobre el futuro. En segundo, porque no hay el desarrollo de una conciencia ciudadana empeñada en una transformación democrática.

El concepto de que la libertad actúa como un valor fundamental de motivación en cualquier pueblo —con independencia de credo, cultura, historia y origen—, cuya formulación mejor aparece en The Case For Democracy, de Natan Sharansky y Ron Dermer, ha demostrado ser más un ideal que parte de un análisis de la realidad. Las secuelas de la envidia, el odio y el delito compartido por muchos años serán difíciles de arrancar en Cuba.
Desde que se conoció de la enfermedad de Fidel Castro, los servicios de inteligencia estadounidenses apostaron por Raúl, a quien aún ven como un factor de estabilidad en la Isla.
El factor básico que ha utilizado Raúl Castro, para mantenerse en el poder en Cuba, es lograr un difícil equilibrio entre represión y reforma. Por seis años el actual gobernante cubano ha demostrado su habilidad para conciliar estos dos extremos, pero a cambio de un inmovilismo que mantiene a la sociedad cubana en una permanente crisis. Las reformas económicas. limitadas y lentas, han terminado por estancarse. Y aunque nunca existieron muchas esperanzas de que intentaran propiciar algún cambio político notable, el mantener la puerta herméticamente cerrada a la más mínima transformación —más allá de las imprescindibles acciones de supervivencia— complementa el panorama de estancamiento.

Si estamos frente a un proceso que tiene como única razón de existencia el perpetuar en el poder a un reducido grupo, el mecanismo de represión invade todas las esferas de la forma más descarnada, y sin tener que detenerse en los tapujos de supuestos objetivos sociales, que en el proceso cubano desaparecieron o pasaron a un segundo o tercer plano hace ya largo tiempo.
La dictadura militar de los hermanos Castro no ha escatimado recursos en una maquinaria represiva eficaz, silenciosa y omnipresente. Pero no ha sido suficiente. En ocasiones la situación escapa de control y hay que recurrir a medios más burdos.
Entonces el mecanismo de terror delega la ejecución de la represión en turbas, e incluso en ocasiones en grupos que hasta cierto punto podrían catalogarse de paramilitares.
La justificación de la violencia es la ira revolucionaria. Los actos de repudio, las Brigadas de Respuesta Rápida y el hundimiento del transbordador 13 de Marzo por un grupo de “trabajadores que actuaron en defensa de sus intereses”, para citar uno de los ejemplos más conocidos, responden al mismo patrón represivo, cruel e hipócrita.
Sin embargo, esta situación de “violencia revolucionaria” no puede ser mantenida de forma permanente en su versión más cruda, y el régimen lo sabe. Por ello dosifica una tensión diaria con esporádicos estallidos de saña y algarabía.
En este sentido, uno de los aliados que por décadas ha empleado el gobierno cubano es la escasez. La falta desde alimentos hasta una vivienda o un automóvil ha sido utilizada, tanto para alimentar la envidia y el resentimiento, como en ocupar buena parte de la vida cotidiana de los cubanos.
En tal situación, la corrupción y el delito han reinado durante cincuenta años de proceso revolucionario. La escasez actúa a la vez como fuerza motivadora para el delito y camisa de fuerza que impide el desarrollo de otras actividades. No se trata de justificar lo mal hecho, sino de aclarar sus circunstancias. Un análisis de la crisis económica permanente que existe en la isla no debe excluir al mercado negro, la corrupción y el delito como importantes fuerzas de un mercado informal pero poderoso.
La escasez también ha sido usada para incrementar la delación y la desconfianza, a partir de la ausencia de un futuro en la población manipulada como el medio ideal para alimentar la fatalidad, el cruzarse de brazos y la espera ante lo inevitable.
Mediante las detenciones de disidentes, más o menos breves y a lo largo de toda la isla, cada vez que se produce o se anuncia una actividad opositora pacífica, el gobierno de los hermanos Castro no solo intenta sembrar el miedo, sino también el desaliento. Los argumentos son gastados, los recursos son viejos, pero la vida es una sola.
Hay que agregar además que al régimen no le basta con castigar a los activistas, quiere matar su ejemplo, enfangar su prestigio.
Cuando los posibles cambios anunciados por Raúl Castro comenzaron a posponerse, y terminaron convertidos en parte de una nueva metafísica insular, la discusión giró hacia el estancamiento y la posibilidad del caos y la catástrofe. En ese punto estamos todavía: entre la apatía y la violencia. A partir de la represión, la escasez y la corrupción, los tres pilares en que se fundamenta el gobierno cubano.
A la vez que el régimen de La Habana continúa exigiendo una actitud de aceptación absoluta e incondicionalidad a toda prueba —que no es más que abrir la puerta a oportunistas de todo tipo—, se aferra a un concepto medieval del tiempo: confundir el presente con la eternidad.

¿Hacia la unificación o la desunificación monetaria?


Durante décadas, el régimen cubano trató, con persistencia y fracaso, de imponer la igualdad por decreto. Ahora se empeña con igual afán, en establecer normas que determinen y rijan la desigualdad.
Una nueva resolución del Ministerio de Trabajo y Seguridad Social establece el coeficiente para determinar los salarios en moneda nacional de los trabajadores que laboran en empresas con capital foráneo.
Cuba fijó el martes una tasa de cambio de dos pesos por dólar para los salarios que recibirán los trabajadores de las empresas extranjeras que invierten en el país, muy distante del 24 por uno vigente para la población, informa la agencia AFP.
“Se fija en dos (2) el coeficiente a tener en cuenta para el pago del salario por la entidad empleadora a los trabajadores cubanos y extranjeros residentes permanentes en Cuba que prestan servicios en las empresas mixtas o de capital totalmente extranjero”, señala una disposición publicada en la Gaceta Oficial.
La norma, junto con otras dos del Ministerio de Finanzas y Precios (MFP) y de Economía y Planificación (MEP) publicadas en la Gaceta Oficial este 16 de diciembre, completa el escenario jurídico en el cual se desenvolverán todas las modalidades de inversión extranjera reconocidas por la Ley 118, aprobada y puesta en vigor desde junio de este año. El nuevo coeficiente es 2. Por cada CUC de salario negociado con el inversor extranjero se le pagarán 2 pesos Moneda Nacional (MN) al empleado cubano o extranjero residente permanente en el país, especifica el periódico Trabajadores.
Según las autoridades, la medida supondrá un beneficio para casi 40 mil personas y es anunciada como un estímulo para incrementar la eficiencia en el sector, agrega el diario oficial cubano.
A primera vista, lo anunciado en la prensa cubana enfrenta varios peligros ante el lector extranjero —e incluso para buena parte de los que viven en la Isla— entre los cuales se encuentra la impresión de que se trata de algo complejo, difícil y quizá inútil. Es y no es en los tres casos.
Sin embargo, lo que vale la pena destacar es que los supuestos planes para la unificación monetaria en la Isla, en la práctica parecen encaminarse a mayor desunificación.
Ahora los trabajadores de las empresas extranjeras cobrarán a una tasa de dos por uno, lo que no les impide tener que seguir comprando a otra de uno por veinticuatro, por lo que el beneficio es relativamente poco.
Pero al mismo tiempo ganarán más que sus contrapartes en la empresa estatal, por lo que el propio gobierno es quien establece una discriminación laboral que resulta desfavorable a sus mismos trabajadores, por una parte, y por otra recuerda a los mejores salarios y privilegios de que disfrutaban quienes trabajaban en compañías estadounidense en la Isla antes de 1959.
Aunque hay una tercera escala salarial, que hace la discriminación aún mayor.
Quienes logren trabajar en la zona de Mariel dependerán de otra tasa.
“Entre los antecedentes de esta medida figura el establecimiento de un coeficiente de 10 pesos MN por cada CUC negociado para el pago de los trabajadores de la Zona Especial de Desarrollo Mariel (ZEDM)”, señala Trabajadores.
“Para nosotros la ZEDM es el esfuerzo fundamental que el país está haciendo para atraer inversión extranjera y es por eso que incentivamos que la fuerza de trabajo que vaya a la Zona tenga un coeficiente que genere un salario superior”, argumentó la directora de inversión extranjera del Ministerio de Comercio Exterior e Inversión Extranjera (MINCEX), Déborah Rivas.
Esto quiere decir que hay tres tasas diferentes de cambio de moneda para los salarios, según se trabaje para el Estado —lo que era la modalidad fundamental hasta hace unos años, según el modelo de economía socialista—, una empresa mixta o extranjera o la Zona del Mariel.
Que estas diferencias no se han resuelto de una forma más simple, a partir de la cantidad devengada por salario, tiene mucho que ver con la compleja estructura económica, social —y hasta mental— establecida en Cuba bajo el régimen de los hermanos Castro, donde a la desigualdad ”natural” creada por el dinero se han superpuesto zonas, filtros y locaciones privilegiadas donde solo pueden penetrar los elegidos por el régimen. Las divisiones de tasa de cambio de la moneda obedecen a estas parcelas.
En medio de este tramado propio de la concepción neomercantilista que por años ha regido en la Isla, las nuevas medidas también anuncian cambios positivos, como es el hecho de que el ingreso por los servicios de la empleadora sea adicional al salario y le será cobrado al contratista extranjero.
Al mismo tiempo, se conservan los “fondos de estimulación en CUC”, que algunas empresas extranjeras radicadas en la Isla emplean para pagar “gratificaciones” adicionales a sus trabajadores, por las que estos deberán abonar impuestos.
También ahora correrá a cargo de los trabajadores el pago escalonado de impuestos sobre cualquier incremento salarial por encima de los 200 pesos. recibido gracias a la nueva norma.
En lugar de un cambio estructural profundo de su sistema monetario y económico en general, el régimen continúa empeñado en colocar parches que poco resuelven los problemas. Y lo peor es su persistencia en la actitud de controlar rígidamente la economía desde arriba, imponiendo cifras y tasas que no responden a la realidad sino al persistente objetivo de aferrarse al poder.