miércoles, 27 de agosto de 2014

Malas noticias para Dilma Rousseff, y para Raúl Castro también


Comienza a verse lo que muchos esperan que se convierta en realidad en Brasil. Nadie duda que una mujer ocupará la silla presidencial, pero lo que comenzó como apenas una esperanza o simple ilusión se encamina con fuerza al Palácio do Planalto: la candidata ecologista Marina Silva. Malas noticias para la actual mandataria Dilma Rousseff, pero también para Raúl Castro.
Silva, convertida en candidata presidencial tras la muerte en un accidente aéreo del socialista Eduardo Campos, ganaría la presidencia con un 45% de los votos en una segunda vuelta frente a la actual mandataria según el último sondeo, informa la agencia Efe.
El sondeo del Instituto Ibope para el canal de televisión Globo y el diario O Estado de Sao Paulo señaló que Rousseff será la más votada el próximo 5 de octubre, con un 34%, seguida por Silva, con un 29%, y Neves, con un 19%.
Si se dieran esos resultados, habría una segunda vuelta, el 26 de octubre, en la que Silva, con un 45%, se convertiría en presidenta en lugar de Rousseff, quien obtendría un 36%.
Sobre el sondeo que la perfila como favorita, Silva habló rápidamente con los periodistas que la esperaban y afirmó: “El sondeo es un retrato de momento y todavía tenemos una larga jornada al frente”.
Mucho puede cambiar de ahora a las elecciones. Sin embargo, de producirse un triunfo de Silva ocurrirán cambios en el vínculo entre Brasilia y La Habana. No es que se interrumpirán los cada vez más fuertes vínculos económicos entre ambos países, es simplemente que la Plaza de la Revolución dejará de tener un aliado incondicional.
En repetidas ocasiones Silva ha expresado su desacuerdo con los nexos demasiado estrechos entre Brasil y Cuba, y también, aunque en un grado menor, con Venezuela. Ha dicho que Brasil debe defender la democracia y los derechos humanos de una forma más activa en la región, desempeñar un papel mediador en los conflictos y manifestarse públicamente en favor de elecciones libres en la Isla, la liberación de los presos políticos y el fin de la represión. No es que la candidata se presente como una aliada incondicional de Washington. También ha manifestado su rechazo al embargo norteamericano.
Se debe enfatizar que estas declaraciones han sido formuladas en años anteriores, no de cara a un proceso electoral sino como una opinión sincera de sus convicciones. Y en esta mujer, con una trayectoria personal y política no dada a las concesiones ni al discurso de ocasión, sus palabras no deben tomarse a la ligera.
Silva, exministra de Medio Ambiente de Luiz Inácio Lula da Silva, nacida en una comunidad dedicada a la extracción de caucho de la Amazonía y analfabeta hasta los 16 años, pudiera escribir una página hasta ahora inédita en Latinoamérica: la llegada al poder de una figura popular alejada de las intenciones populistas; una extracción muy humilde que nunca le ha servido para impulsar ideas revolucionarias ni radicalismos políticos, sino para servir de ejemplo de superación personal, y lo que es más importante y valioso en estos momentos para Brasil: una demostrada luchadora contra la corrupción.
No todo en Silva está libre de infundir reservas, como su activismo evangélico y su rechazo al aborto y los matrimonios homosexuales. También existen grandes dudas sobre si, de llegar a la presidencia, será capaz de crear un gobierno que funcione.
Esta última interrogante se fundamenta en buena medida no solo en su falta de experiencia sino en el hecho de que, por circunstancias muy específicas —la muerte de Campos— encabeza la boleta de un partido que no es suyo, sino en el que se refugió cuando no consiguió inscribir a su partido Red Sustentabilidad ante el máximo órgano electoral porque no fueron verificadas las firmas necesarias.
Lo que fue una simbiosis de momento ha derivado en una posibilidad real de gobernar Brasil. Santos estaba en campaña no porque pensara que sería capaz de ganar las elecciones, sino como preparación para la próxima elección, luego de que Rousseff triunfara en esta y cumpliera su segundo mandato. Era la alternativa futura, que  proponía una tercera vía al Partido de los Trabajadores (PT, en el poder) y al Partido de la Socialdemocracia (PSDB, oposición), los cuales gobiernan el país desde hace dos décadas. A los efectos de estos comicios, Campos estaba relegado a un tercer lugar, tras Rousseff, como favorita para la reelección, seguida por el entonces su principal rival, el socialdemócrata Aecio Neves.
Silva, por su parte, aportaba su popularidad a la boleta conjunta con Campos. En 2010 ya fue candidata a la presidencia y obtuvo el tercer lugar, con casi 20% de los votos. Su problema era —y es— la falta de un partido propio.
Este panorama se ha modificado por completo en la actualidad, y la elección brasileña se ha convertido fundamentalmente en un duelo entre dos mujeres, con dos visiones políticas diferentes y dos trayectorias disímiles.

Sin significar una vuelta al neoliberalismo, una victoria de Silva, quien además ha advertido del peligro de que el actual gobierno brasileño derive hacia un chavismo, aunque moderado, cambiaría en parte las prioridades políticas no solo en Brasil sino en su proyección en la región. Al menos hay que esperar que, a diferencia de Lula y Rousseff, no mirará hacia otra parte, sonreirá u optará por reírse abiertamente —como hizo Lula junto a Raúl cuando los periodistas preguntaron al gobernante cubano sobre la muerte de Orlando Zapata—, ante los abusos en la Isla. Y eso para los cubanos significaría un gran paso de avance.

martes, 26 de agosto de 2014

Cuando Cortázar fue “agente de la CIA” en Cuba

—¿Y ustedes no creen que Julio Cortázar es un agente de la CIA? León nos observaba. Había hecho la pregunta sonriendo.
Los colores de los cuadros colgados resaltaban sobre el blanco de las paredes de su oficina.
Todo era blanco en el edificio del ICAIC: los pasillos, el vestíbulo, la enorme fachada. Las puertas eran blancas. Solo sus marcos eran de un color oscuro. Eugenio y yo esperábamos la aprobación de un préstamo de películas para el cine-club.
—Yo creo que Julio Cortázar, al firmar la carta que hicieron los intelectuales europeos al servicio del Imperialismo, con el objetivo de atacar a Cuba, se puso de parte de los yanquis. Y quien está a favor del Imperialismo está a favor de la CIA —agregó León.
Hizo una pausa y nos miró.
—Así que, de acuerdo a este razonamiento, Julio Cortázar es un agente de la CIA. Bueno, eso es lo que yo creo. Pero me gustaría oír sus opiniones. Digan lo que quieran. Digan todo lo que crean. Lo que de verdad piensan —insistió.
La sonrisa seguía inmóvil.
—No me responden. ¿Creen que Cortázar no es un agente de la CIA? ¿No están seguros que lo sea? A lo mejor tienen dudas. A lo mejor piensan que yo estoy equivocado. Vamos a ver. ¿Eso es lo que ustedes piensan? Hablen sin miedo. Lo único que quiero es saber sus opiniones.
—Bueno, realmente en una cultura decadente e imperialista como la Occidental, los escritores responden a los valores de esa cultura y los ejemplifican con sus obras. Y entre los valores creados por esa cultura están instituciones como la CIA. Por eso es que, desde el punto de vista de la conceptualización marxista, podemos decir que, no solo Cortázar y el resto de los firmantes, sino todos los intelectuales que propugnan los valores occidentales son de alguna manera hombres de la CIA o representan los valores de la CIA y sus agentes.
Habló Eugenio. Era una salida oportuna y también una respuesta llena de ironía. Le envidié la facilidad para salir airoso. No sabía hacerlo. Para mi solo habían dos posibilidades. Guardar silencio o aprobar lo dicho por el funcionario, si la presión aumentaba.
La sonrisa desapareció de la cara de León. Pensé que quizá también él advirtió el matiz irónico y que, al igual que me había ocurrido a mí, se quedó sin respuesta —una comparación ingenua, incluso para alguien que solo tenía veintidós años.
Sin ganas de proseguir ese juego del ratón y el gato, ahora que uno de los ratones se mostraba hábil y escurridizo. León se limitó a leer los títulos de las películas y a darle una rápida aprobación.
—¿Así que tú crees que Cortázar es agente de la CIA?
—Qué carajo Cortázar va a ser agente de la CIA. Se lo dije para que no jodiera más y nos prestara las películas. Además, ¿qué importancia tiene eso? —me respondió Eugenio a la salida del ICAIC.
Pero sí tenía importancia y los funcionarios del ICAIC lo sabían.
A los pocos días volvieron a reunirse con nosotros, esta vez con un grupo más amplio de estudiantes y en la propia universidad. Ahora junto a León estaba José Antonio González.
Ese interés momentáneo del ICAIC con un simple cine-club universitario no era bueno para nosotros. Los que asistimos a la reunión lo supimos al caer la tarde, porque los funcionarios llegaron puntuales y se demoraron dos horas en explicarnos que el momento era de prudencia.
Fueron generosos en su paternalismo, pero dejaron en claro que ellos eran los máximos responsables de todas las películas que se ponía en el país, sin importar que fuera una sala universitaria o un cine de barrio.
También nos hicieron saber que si se reunían con nosotros, era para salvaguardar la verdad en tiempos difíciles.
Algunos nombres no se podrán mencionar, pero la verdad hay que decirla siempre. Eso fue lo que nos expresaron, con el orgullo que se siente al salvaguardar la cultura en los momentos de mayor peligro.
—Hace poco tuvimos que hablar de la guerra de Argelia, a raíz de una proyección de La batalla de Argel —comenzó diciendo León.
—Dijimos que hubo intelectuales franceses que se opusieron a esa guerra —agregó José Antonio.
—No mencionamos nombres —era León quien proseguía aclarando las cosas.
—No dijimos que Sartre fue uno de esos intelectuales —nos explicó José Antonio.
—El nombre de Sartre no debe mencionarse ahora —nos advirtió benévolo León.
—Pero la verdad quedó a salvo para el día de mañana, cuando de nuevo se pueda volver a hablar de Sartre —se adelantó José Antonio.
—El que sabe nos entendió. Por supuesto que nos entendió muy bien —se justificó León.
—La verdad quedó a salvo —dijo José Antonio al tratar de redondear la idea.
—Ustedes y nosotros sabemos que fue Sartre uno de los intelectuales que se opuso a la guerra de Argelia. Hay otros que también lo saben. Pero ese nombre no debe pronunciarse ahora. No es el momento adecuado —volvió a recalcar León.
La repetición resultaba el método apropiado para que los estudiantes aprendieran.
—Igual ocurre entre nosotros. Hay nombres de intelectuales cubanos que no deben pronunciarse ahora —recalcó José Antonio.
—Nadie que haya abandonado el país. Ningún traidor. Ningún contrarrevolucionario. Los apátridas no tienen cabida en la cultura revolucionaria.
León ya no daba clases: advertía.
La palabra “pronunciarse” fue lo que más me llamó la atención de ese discurso. No sólo era negarnos el derecho de hablar de Sartre, de mencionar su nombre. Como buenos maestros, habían encontrado el ejemplo perfecto.
Mencionar al autor de La Nausea cumplía varios propósitos. Su firma había aparecido en una carta de protesta de los intelectuales europeos, en que se pedía la liberación del poeta Heberto Padilla. Hacer referencia a un intelectual francés servía para recordarnos que el ICAIC había tenido razón en preocuparse por nuestra simpatía con el pensamiento y el cine de esa nación europea.
Los intelectuales franceses no estaban solos. Muchos artistas y escritores occidentales habían demostrado que eran incapaces de comprender una revolución verdadera. Y nosotros llevábamos meses alabando sus obras, citando sus ensayos, intercalando referencias de sus novelas en los cine-debates y la revista.
Pronunciarse era algo más que nombrar. Implicaba que no debíamos tomar partido por las figuras que en aquel momento el Estado cubano consideraba enemigos ideológicos. A menos de que quisiéramos convertirnos en traidores. Porque una cosa era salvaguardar la verdad y otra muy distinta era traicionar a la revolución.
Otro firmante original de aquella carta había sido Julio Cortázar, y por ello días antes León lo había acusado de agente de la CIA.
Cortázar se arrepintió de aquella firma, retiró su nombre y escribió un poema lamentable. A partir de entonces y hasta su muerte se mantuvo junto al régimen de La Habana, sin expresar dudas, al menos públicamente.
Un buen ejemplo de ello aparece en Papeles inesperados. El libro fue publicado a los 25 años de la muerte de su autor, y contiene una extensa colección de textos inéditos y dispersos, escritos por el novelista a lo largo de su vida.
En Papeles inesperados no asombra —pero uno lamenta de nuevo— encontrar al otro Cortázar junto al escritor de brillantes cuentos y buenas novelas, ese que al hablar de Cuba llenaba cuartillas con un fervor digno del peor realismo socialista —ese estilo que denunció en más de una ocasión.
En una especie de cuaderno de viaje fechado en 1976 —luego de varios años de que el escritor argentino firmara la primera carta de denuncia por la detención de Padilla, en 1971, y se arrepintiera públicamente después—, Cortázar hace un recorrido por la isla donde todo lo encuentra de maravilla, y solo se permite un ligero guiño en un acápite último que titula "final prosaico". Un contraste con las crónicas y los artículos de denuncia, por los crímenes que por entonces cometían las dictaduras militares que azotaban a Latinoamérica, que aparecen en el mismo libro. Los altibajos de un autor apegado a la política.
Esa dicotomía a la hora de enfrentar los casos de abusos en diversos regímenes políticos no ha desaparecido aún. La batalla por el respeto de los derechos humanos es una lucha que debe trascender las fronteras ideológicas, pero algunos intelectuales no lo entienden así. Creen preservar una “verdad” que consideran sagrada, que para ellos se resume en un antiamericanismo anticuado o simplemente en repetir que el Imperialismo es malo, por encima de la realidad del momento. Cortázar calló siempre, y también cayó en ese trampa en muchas ocasiones. En algunos —pocos— momentos fue también víctima de ese mecanismo que le permitió a un oscuro funcionario, del que ni siquiera recuerdo el apellido, acusarlo de agente de la CIA frente a dos estudiantes universitarios pusilánimes, pero en las más se puso de parte de los represores, si eran del régimen cubano. Por supuesto que ello no le resta grandeza a su obra literaria. Simplemente lo caracterizó como ser humano, quizá demasiado humano.
Este texto aparece también en Cubaencuentro.

lunes, 25 de agosto de 2014

Agua fría y disidencia


José Daniel Ferrer realizó una acción insólita y audaz. El líder del grupo opositor Unión Patriótica de Cuba (UNPACU) publicó un vídeo vertiéndose un cubo de agua  fría. El gesto encierra un significado que trasciende el objetivo inmediato.
La campaña “Ice Bucket Challenge”, iniciada hace unas semanas en Boston, da 24 horas de margen a quienes reciban el desafío para vaciarse encima un cubo de agua helada, plantear el reto a otras tres personas a través de las redes sociales o donar $100 a la ALS Association —la agrupación que lucha contra este mal.
“En la UNPACU nos sumamos a dicha campaña. Nos preocupamos al máximo posible por todo lo que afecta al ser humano. Su vida, su salud, su libertad, su dignidad”, dijo Ferrer en su mensaje.
Hay al menos dos lecturas inmediatas sobre una acción en apariencia tan pueril. Una es que se trata de una payasada más. La otra es catalogarla como simplemente una búsqueda de publicidad.
Sin embargo, el desafío no es tan tonto a juzgar por sus resultados.
La campaña se ha confirmado como todo un éxito por su recaudación millonaria. El jueves, la ALS Association dijo que, gracias al reto, recaudó $41,5 millones en donaciones desde el 29 de julio hasta el 21 de agosto, contra $2,1 millones el mismo período el año pasado.
El reto fue iniciado a mediados de julio por el exbeisbolista del Boston College Pete Frates, quien padece la enfermedad, y se ha popularizado a través de las redes sociales. Políticos, magnates de las nuevas tecnologías, deportistas y artistas de todo el mundo se han ido sumando en estos días a la iniciativa.
Bill Gates, Mark Zuckerberg, Steven Spielberg, Lady Gaga, Britney Spears, Justin Timberlake, James Franco, Ben Affleck, Lena Dunham, Oprah Winfrey, Robert Downey Jr, Jennifer Lopez, Demi Lovato, Bon Jovi, Shakira, Gerard Piqué, Neymar, Cristiano Ronaldo y Jim Parsons son algunas de las celebridades que han respondido con humor al desafío.
El expresidente George W. Bush respondió con humor a la propuesta del balde de agua helada, y desafió a hacer lo mismo a su homólogo Bill Clinton.
“A todos los que me desafiaron, no creo que sea muy presidencial de mi parte lanzarme encima un cubo de agua helada”, dice el expresidente en un video publicado en YouTube.
“Así que voy a escribir un cheque”, añadió, tomando una lapicera. En ese momento su esposa Laura vierte sobre él un balde de agua fría.
“El cheque es de mi parte. No quiero arruinar mi peinado”, bromea la exprimera dama.
Bush no es precisamente alguien que necesite publicidad, y lo que ha hecho es demostrar una vez más que en Estados Unidos nadie está a salvo o se excluye de participar en una broma, y más si es a favor de una causa humanitaria. Nada nuevo en Estados Unidos, pero sí algo muy necesario en la Cuba de hoy, más aún en la del futuro.
Aquí es precisamente donde Ferrer ha tocado al menos dos puntos, hasta el momento casi excluidos dentro de los esfuerzos por llevar la democracia a Cuba.
Uno es mostrar no solo que la oposición es contestataria y valiente, sino que también capaz de dar muestras de humor, así como despojarse de esa “solemnidad” de la que tanto han abusado tanto represores como oprimidos. El otro es que quienes buscan establecer una sociedad civil en la isla no son ajenos a lo que ocurre en el resto del mundo. Que además de la lucha por la libertad nacional, hay otros problemas mundiales a los que no se puede permanecer ajeno.
“Reto también a sumarse a dicha campaña y a echarse la cubeta de hielo, a mis amigos Yoani Sánchez, Reynaldo Escobar y Guillermo Fariñas”, añadió Ferrer en su mensaje.
Cuando se habla de la lucha opositora en la isla, casi siempre se olvida que el humor y la ironía son también armas contra el totalitarismo. Por ejemplo, en su momento las utilizaron con éxito los disidentes checos. En Cuba el grupo Estado de SATS también se ha servido de estas herramientas.
Porque si hay algo que caracteriza a los totalitarismos, de izquierda y de derecha, es la rigidez, la pompa y el tomarse todo en serio. La condena de la broma más simple, como ha demostrado Milan Kundera en su obra.
Para el régimen de La Habana, la alegría es un bien permitido por el Estado y la felicidad un logro patriótico.
Se ha repetido hasta el cansancio que Cuba es una isla condenada a la tragedia, desde el primer habitante, el primer conquistador y el último patriota empecinado en traer un cambio que siempre termina en una nefasta repetición. Es por ello necesario que no solo las acciones altisonantes, sino las realmente heroicas, sean también acompañados de otros mínimos y momentáneos, donde la alegría no venga impuesta y la superficialidad sea considerada como un logro parcial pero necesario.
No es de esperar que algún jerarca cubano se sume a la saludable acción del cubo de agua. Son demasiado presuntuosos y soberbios para ello. Se consideran los administradores de la salud y la enfermedad perfectos. Conseguir los fondos para una investigación científica no es labor ciudadana. Es potestad del gobierno, que puede o no otorgarlos, y siempre contará con pretextos y justificaciones si no lo hace. Por ello, ni siquiera Mariela Castro se arriesga a una ducha.
Esta es mi columna semanal en El Nuevo Herald, que aparece en la edición del lunes 25 de agosto de 2014.

miércoles, 20 de agosto de 2014

Sin exilio no hay país o el nuevo colonialismo


Una de las razones fundamentales para el fracaso de los planes destinados a buscar un cambio de régimen en Cuba, o al menos iniciar un tránsito hacia la democracia, es la falta de motivación de la población en la isla para quitarse de arriba a los Castro. Hay que aclarar de inmediato que no es la única y que existen diversos factores que en un momento u otro adquieren mayor o menor relieve, pero la desidia y la espera forman parte de la realidad cubana actual, sobre la cual no se debe guardar silencio pese a cualquier reproche latente de uno estar “contemplando los toros detrás de la barrera”.
Cierto. El mecanismo represivo es muy fuerte y ha logrado crear un terror que se adelanta a cualquier intento de cambio político. Sin embargo, la frustración que ese mecanismo establece casi siempre no se canaliza en rencor sino en espera. La situación imperante en la isla no muestra un futuro pero sí un escape. Y ese escape es Miami, la salida, el viaje al extranjero o incluso una simple remesa familiar.
El exilio cubano, por otra parte, vive entre la realidad y el espejismo. El espejismo es lo que se lee, ve y escucha por los medios. Estos siguen controlados por quienes llegaron primero y se limitan no a ofrecer una visión tergiversada de lo que desconocen sino a cumplir una función de ensueño.
Lo primero que se desconoce o se pasa por alto es al cubano actual. La mayor parte de quienes viven en la Isla y han llegado en los últimos años a esta ciudad nacieron no solo tras el 1 de enero de 1959, sino en muchos casos en una sociedad establecida y fuertemente cimentada por un régimen que no brinda alternativas.
Si quienes eran niños al triunfo de la revolución —o crecieron durante el proceso de cambio institucionales que han degenerado en la Cuba actual— padecieron un deterioro progresivo de sus libertades individuales, una creciente carencia para la satisfacción de sus necesidades personales y un aislamiento paulatino, los que nacieron posteriormente —y en particular los “hijos del Período Especial”— llegaron a un mundo donde lo natural era la falta, no el despojo. No fueron perdiéndolo todo: nacieron sin nada.
De ahí que se pueda establecer pautas nacionales y momentos definitorios que marcan generaciones y grupos, tanto en la Isla como en el exilio.
Por ejemplo, esa urgencia de libertad y anticastrismo furibundo se agota en buena medida tras el éxodo del Mariel. Basta recorrer las discusiones que aún hoy persisten sobre las posiciones políticas de escritores y artistas de aquí y de allá, y encontrar muchas de los argumentos más enconados en quienes aprovecharon la oportunidad de salida que brindó el Mariel —o fueron expulsados del país— para desarrollar una obra en el exterior.
En el caso de quienes decidieron permanecer en Cuba o no pudieron irse, la Primavera Negra de 2003 es el canto del cisne de una disidencia que debe ser catalogada como tal —me refiero al significado primordial de la palabra, no estoy negando la existencia de una oposición posterior— y en que buena parte de sus miembros rondaban entre los 40 y 50 años de edad.
Es hasta ellos —hombres y mujeres que casi constituyen un genotipo— que llega la caracterización y el imaginario de un exilio tradicional, que indudablemente ha ampliado sus fronteras respecto al limitado alcance de su composición primaria.
Lo demás son casos aislados, asideros a los que se agarra ese establishment del exilio en su afán por perpetuarse. Solo que los tiros van por otra parte y el cubano “recién” llegado no tiene nada que ver con ese “hombre viejo”. El exiliado tradicional continúa su camino en extinción y el americanocubano —el nacido en Estados Unidos, porque a estas alturas cubanoamericanos son muchos— tiene poco o nada que ver con alguno de los dos anteriores.
Queda entonces poco para la definición de una nación, de un “nuevo país”, del resurgimiento de la “Cuba de ayer” o del parto de una futura, cuando se carece de una voluntad fundacional.
Y es que si algo logró transmitir a la psique del cubano el régimen establecido por Fidel Castro no fue un espíritu nacionalista —como se repite tontamente hasta por periodistas internacionales que cubren su destino escribiendo desde Cuba o sobre Cuba— sino todo lo contrario: una mentalidad colonialista.
Solo que con una peculiaridad: colonia no para ser explotada sino para explotar a la metrópolis de turno.
En esto, Castro creó un modelo digno de un buen estudio histórico.
La dependencia del otro para la subsistencia está tan fuertemente arraigada entre los cubanos que anula o debilita cualquier motivación independentista. La desaparecida Unión Soviética en su momento, Venezuela mientras dure y Miami ahora y mañana.
Lo demás se acomoda de acuerdo a las circunstancias, y para aquellos que nacieron durante el Período Especial, o pocos años antes, es indudable que en la actualidad ellos disfrutan de mayores posibilidades —económicas y hasta de expresión— que al momento de su nacimiento. ¿Cuál es el motivo entonces para rebelarse?
Mencionado el espejismo —la Cuba que no es, la rebelión que no existe, el acomodo diario— falta hablar de la realidad que cada vez se impone más entre los cubanos en Miami, para citar el ejemplo que mejor conozco pero que igual hallo en Madrid, y que se define por un acto: el viaje a la Isla cada año o seis meses, y si lleva más tiempo su realización es por la distancia o el dinero: la geografía y el banco son las que definen y limitan las ansias del cubano, no los valores patrios.
Aquí también hay una inversión fabulosa. Ya no es el viaje a las Indias ni ese ansiado a la Madre Patria, que muchos inmigrantes españoles en Cuba soñaban realizar al menos una vez en su vida y pocos conseguían.
Ahora las cosas son más fáciles. Trabajar y dos veces al año pasar una semana allá. Una patria para vacacionar, ver a familiares y amigos. Razones válidas, pero también el alarde y el recuerdo a solo 90 millas de distancia y un pasaje excesivo.
La noticia del año en Cuba, durante 2013, fue que aumentó la dependencia económica de la Isla con el exilio.
Se puede argumentar que esto no es nuevo, pero llama la atención que mientras La Habana necesita cada vez más a Miami en lo económico, en lo político y social  crece un sentimiento generalizado de disolución de fronteras, donde la ideología no ha sido relegada al cuarto trasero sino botada por la ventana, en ambos extremos del Estrecho de la Florida.
El exilio en general, y esta ciudad en particular, se han convertido en fuente de abastecimiento, donde al cliente se le hace creer que tiene la razón por el simple expediente de no preguntarle lo que quiere. Aquí uno se limita a pagar las cuentas.
Cada día que pasa salen más cubanos de la Isla. Los cambios económicos no han detenido ese éxodo, que se ha incrementado tras la reforma migratoria.
Sin embargo, a diferencia de otras épocas, esta salida masiva no se traduce en ruptura sino en un desplazamiento temporal.
Con un turismo estancado, sin que las industrias manufacturera y de la construcción sean capaces de cumplir sus planes de recolección de divisas, y con menos petróleo venezolano que durante la época de Chávez, para revender en el mercado mundial —como se hizo con anterioridad con el crudo proveniente de la Unión Soviética—Cuba a lo único que puede aspirar es a seguir produciendo profesionales para brindar servicios en el exterior y sobre todo inmigrantes, exiliados y viajeros. Son estos los pilares de la nueva industria nacional.
Nada de azúcar, níquel y petróleo. Sin exilio no hay país.
Lo malo es que esta situación también abre una interrogante. ¿País?
Este artículo aparece también en Cubaencuentro.


lunes, 18 de agosto de 2014

Dejen a Cuba fuera de las urnas



El otro día este periódico trajo una nueva noticia vieja. El tema de Cuba volvía a una campaña electoral en este país. Pensé que me había equivocado y estaba leyendo una edición antigua, pero la fecha era inequívoca: miércoles 13 de agosto del 2014. Entonces me di cuenta, una vez más, de lo difícil que resulta alcanzar la madurez política.
Las diferentes posiciones sobre el caso cubano, entre el gobernador republicano Rick Scott y el aspirante demócrata Charlie Crist, se han convertido quizá en el tema más polémico “en cuanto a asuntos de interés para los votantes hispanos, considerados decisivos en la campaña”, según el Nuevo Herald. Los votantes hispanos conforman el 15 por ciento de los 11.9 millones de electores inscritos en Florida. De los aproximadamente 1.7 millones de votantes hispanos en la Florida, se estima que la mayoría, un 45 por ciento, son cubanoamericanos,
Sólo hay que esperar que, además de polémico, no se convierta en un tema decisivo.
El gobernador Scott ha mostrado siempre compartir lo que puede catalogarse como la “prueba de fuego” del exilio histórico, tradicional, vertical o de línea dura de Miami —todos estos términos son equívocos e incompletos, pero no por ello dejan de usarse por apatía o costumbre—, que es estar a favor del mantenimiento del embargo económico de Estados Unidos contra el régimen de Castro.
Crist, por su parte, ha declarado que desea viajar a la isla como parte de una iniciativa para modificar la actual estrategia nacional hacia La Habana que, según él, ha fracasado ya que el actual gobierno sigue siendo el mismo esencialmente desde 1959 cuando Fidel Castro tomó el poder. Crist también ha dicho que por ahora ha suspendido sus planes iniciales de ir a Cuba. Tanto Scott como Crist rechazan el régimen castrista.
Todo esto no deja de ser típico de Miami, pero al tiempo representa una vuelta al pasado —o al presente—, donde un argumento ajeno a lo que debiera ser la elección se convierte en elemento de votación, para provecho de políticos demagogos.
Queda por verse si ha quedado atrás la época en que, para triunfar en las urnas en esta ciudad, contaban decisivamente quienes elegían a sus candidatos de acuerdo a una agenda limitada, donde criticar al régimen de La Habana constituía una carta de triunfo. Los dos triunfos de Obama en Miami-Dade parecieron indicar que sí. Vamos a ver ahora.
Durante décadas, a políticos locales, estatales y nacionales les bastó una estrecha plataforma anticastrista. Lo demás quedó a cargo de una maquinaria política, simple pero efectiva: recolectar boletas ausentes, apelar a los beneficiados del Plan Ocho, montar en autobuses a quienes almuerzan en comedores para personas de bajos ingresos y movilizar a simpatizantes con una fe ingenua de que esos candidatos iban a contribuir al fin del castrismo.
Luego los recién elegidos se limitaban a beneficiarse de la propaganda obtenida gracias a frenéticas y repetitivas declaraciones en contra de Castro, que carecían de efectividad pero no por ello dejaban de hacer bulla. Después de pocos o varios años —en el caso de los políticos locales— algunos terminaban destituidos o en la cárcel y otros cumplían su mandato o continuaban en sus cargos laborando de forma eficiente.
Sin embargo, en todos los casos —y por supuesto que esto excluye a los legisladores federales— su capacidad para influir en un posible destino democrático para Cuba resultó casi nula; no por falta de deseo sino al quedar fuera de su competencia.
Si a un político le interesa tanto el respeto a los derechos humanos en la isla, y no forma parte del Congreso en Washington, lo mejor que hace es buscar otros medios de satisfacer su saludable intención.
De lo contrario se arriesga al ridículo, como le ocurrió al gobernador Scott, cuando en el estado se presentó una ley que impediría a las compañías que negocian con Cuba y Siria el participar en licitaciones de contratos con fondos públicos, y Scott firmó primero y luego dijo que no y después afirmó que sí, para que la medida terminara siendo declarada inconstitucional.
Porque en el caso de una elección para gobernador en Florida, lo importante no es estar a favor o contra del embargo, sino la capacidad para hacer las cosas bien en este estado.

Los problemas de Cuba son de los cubanos, no de los floridanos. Si alguien considera que el asumir esta actitud es antipatriótica, en el caso de los ciudadanos norteamericanos nacidos en Cuba —los únicos que tienen derecho a votar—, que comience por mostrar la parte del texto que se repite durante el juramento de adopción de la ciudadanía estadounidense, donde se declara la fidelidad al anticastrismo, el apoyo al embargo y a las repúblicas de Hialeah y Calle Ocho.
Esta es mi columna semanal en El Nuevo Herald, que aparece en la edición del lunes 18 de agosto de 2014.