jueves, 24 de abril de 2014

Maduro marcha hacia el abismo


La táctica del presidente venezolano Nicolás Maduro para mantenerse en el poder es un calco al pie de la letra de la que lleva a cabo el general Raúl Castro en Cuba. Este plan para seguir a flote y aferrado al mando se resume en dos puntos: mantener un estado de terror y aumentar la represión cuando es necesario, por una parte, mientras se anuncian a bombo y platillo cambios económicos y luego se ofrecen migajas.
No importa si a los pocos meses —a veces semanas— estos supuestos cambios no funcionen o nunca se lleven a la práctica. Ambos gobernantes consideran que basta con el anuncio para aliviar la tensión.
Si el fallecido mandatario venezolano Hugo Chávez adoraba e imitaba a Fidel Castro en todo —hasta en enfermarse durante el mando—, Maduro se limita a copiar lo que hace Raúl. Poco importa que La Habana le esté dictando de forma directa la agenda a Caracas o si se trata simplemente de imitación. El resultado es el mismo. Cuba ordena y dispone en el acontecer diario venezolano porque a Maduro no le queda otra alternativa: no solo su permanencia al frente del gobierno sino su seguridad personal depende de los agentes cubanos.
Dos factores hacen que lo que hasta el momento le ha funcionado a Castro en Cuba esté llevando al abismo al propio Maduro. La primera es personal. El general cubano mantiene un control férreo sobre el ejército, que es la institución que no solo mantiene el control político del país —después de la Causa No. 1 el Ministerio del Interior quedó subordinado por completo a los militares— sino también la maquinaria económica. Maduro carece de las cualidades organizativas de Castro. También tiene en su contra que lleva muy poco tiempo en la presidencia y que ha heredado un gobierno fundamentado en alianzas, que si bien hasta el momento no ha mostrado fracturas se mantiene sobre lo que podría considerarse un equilibrio fortuito o momentáneo.
El segundo factor viene dado en que Castro mantiene una presidencia en retirada. No porque anunciara su retiro al fin del término de gobierno actual, algo que está por verse. Más bien por el hecho de que Cuba es una sociedad en evolución —por no decir en transformación—, que aunque la elite gobernante lo niegue está saliendo de un modelo para adaptarse al mundo actual.
Maduro en cambio tiene una intención completamente contraria: continuar la implementación de un modelo socialista, o más bien la aberración de una aberración: “el socialismo del Siglo XXI”.
Mientras Cuba abandona a diario las ruinas de un socialismo que nunca fue, el mandatario venezolano pretende implantar otro que nunca será.
Así que el esfuerzo diario de Raúl Castro de ganar tiempo en Maduro no tiene sentido. Ni por edad ni por el país.
Ese afán de sostenerse al que se aferra Maduro a diario no conduce a parte alguna que no sea el deterioro, físico y moral del país. Poco tuvo que celebrar tras cumplir un año en el poder, salvo el hecho de sobrevivir. Su único asidero continúa siendo el precio del petróleo, pero la apuesta al crudo tiene un inconveniente que va más allá de la ilusión de que se mantenga indefinidamente el precio elevado, y es el deterioro de la industria petrolera nacional.
Por lo demás, el que quizá es el mayor logro del chavismo, la disminución de la pobreza, se reduce a una victoria pasajera.
Según un estudio realizado por Ecoanalítica, el gobierno venezolano ha decidido atacar solo los problemas coyunturales en lugar de los estructurales que causan la pobreza, lo que trae como resultado que es probable que pasado el ciclo de altos precios del petróleo, se produzca una caída del ingreso y un repunte del número de familias bajo la línea de pobreza, ya que desaparecería la capacidad para continuar con los subsidios.
Lo que consiguió Chávez y luego ha continuado Maduro es ponerle parches a la pobreza: una disminución artificial de la misma.
La economía sigue siendo el principal talón de Aquiles del gobierno de Maduro, junto con la inestabilidad social y política del país. Las medidas económicas que había anunciado con la algarabía habitual, en el marco de lo que el oficialismo llama con pomposo nombre Conferencia Económica por la Paz, no son más que un rosario de compromisos de dudoso cumplimiento, carentes de una visión de conjunto del problema: más de la misma bobería.
Nicolás Maduro continúa aferrado al modelo que Chávez ni siquiera logró desarrollar a plenitud, pero en lo político y en las medidas económicas puestas en práctica ha significado un retroceso para la región, con una agenda de izquierda radical dentro de un ropaje populista.
Con esa demagogia se puede gobernar por años —décadas en el caso de Cuba—, aunque no desarrollar un país. Cualquiera lo sabe. Solo tiene que bajarse en el Aeropuerto Internacional José Martí en La Habana. 

miércoles, 23 de abril de 2014

Inercia colonialista


Una de las razones fundamentales para el fracaso de cualquier plan —como el abortado intento de creación de un “Twitter cubano”— destinado a buscar un cambio de régimen en Cuba, o al menos iniciar un tránsito hacia la democracia, no se menciona en Miami: la falta de motivación de la población en la isla para quitarse de arriba a los Castro.
Cierto. El mecanismo represivo es muy fuerte y ha logrado crear un terror que se adelanta a cualquier intento de cambio político. Pero la frustración que ese mecanismo establece casi siempre no se canaliza en rencor sino en espera. La situación imperante en la isla no muestra un futuro pero sí un escape. Y ese escape es Miami, la salida, el viaje al extranjero o incluso una simple remesa familiar.
El exilio cubano, por otra parte, vive entre la realidad y el espejismo. El espejismo es lo que se lee, ve y escucha por los medios. Estos siguen controlados por quienes llegaron primero y se limitan no a ofrecer una visión tergiversada de lo que desconocen sino a cumplir una función de ensueño.
Lo primero que se desconoce o se pasa por alto es al cubano actual. La mayor parte de quienes viven en la isla y han llegado en los últimos años a esta ciudad nacieron no solo tras el 1 de enero de 1959, sino en muchos casos en una sociedad establecida y fuertemente cimentada por un régimen que no brinda alternativas.
Si quienes eran niños al triunfo de la revolución, o crecieron durante el proceso de cambio institucionales que han degenerado en la Cuba actual, padecieron un deterioro progresivo de sus libertades individuales, una creciente carencia para la satisfacción de sus necesidades personales y un aislamiento paulatino, los que nacieron posteriormente —y en particular los “hijos del Período Especial”— llegaron a un mundo donde lo natural era la falta, no el despojo. No fueron perdiéndolo todo: nacieron sin nada.
De ahí que se pueda establecer pautas nacionales y momentos definitorios que marcan generaciones y grupos, tanto en la isla como en el exilio.
Por ejemplo, esa urgencia de libertad y anticastrismo furibundo se agota en buena medida tras el éxodo del Mariel. Basta recorrer las discusiones que aún hoy persisten sobre las posiciones políticas de escritores y artistas de aquí y de allá, y encontrar muchas de los argumentos más enconados en quienes aprovecharon la oportunidad de salida que brindó el Mariel para desarrollar una obra en el exterior.
En el caso de quienes decidieron permanecer en Cuba o no pudieron irse, la Primavera Negra de 2003 es el canto del cisne de una disidencia que debe ser catalogada como tal —me refiero al significado primordial de la palabra, no estoy negando la existencia de una oposición posterior— y en que buena parte de sus miembros rondaban entre los 40 y 50 años de edad.
Es hasta esos individuos, hombres y mujeres —que casi constituyen un genotipo— que llega la caracterización y el imaginario de un exilio tradicional, que indudablemente ha ampliado sus fronteras respecto al limitado alcance de su composición primaria.
Lo demás son casos aislados, asideros a los que se agarra ese establishment del exilio en su afán por perpetuarse. Solo que los tiros van por otra parte, y el cubano “recién” llegado no tiene nada que ver con ese “hombre viejo”, el exiliado tradicional continúa su camino en extinción y el americanocubano —nacido aquí, porque a estas alturas cubanoamericanos son muchos— tiene poco o nada que ver con alguno de los dos anteriores.
Queda entonces poco para la definición de un país, de un “nuevo país” o del resurgimiento de la “Cuba de ayer”, cuando se carece de una voluntad fundacional. Y es que si algo logró transmitir a la psique del cubano el régimen establecido por Fidel Castro no fue un espíritu nacionalista —como se repite tontamente hasta por periodistas internacionales que cubren su destino escribiendo desde Cuba o sobre Cuba— sino todo lo contrario: una mentalidad colonialista.
Solo que con una peculiaridad: colonia no para ser explotada sino para explotar a la metrópolis de turno. En esto, Castro creó un modelo digno de un buen estudio histórico.
La dependencia del otro para la subsistencia está tan fuertemente arraigada entre los cubanos que anula o debilita cualquier motivación independentista. La desaparecida Unión Soviética en su momento, Venezuela mientras dure y Miami ahora y mañana.
Lo demás se acomoda de acuerdo a las circunstancias del momento, y para aquellos que nacieron durante el Período Especial, o pocos años antes, es indudable que en la actualidad ellos disfrutan de mayores posibilidades —económicas y hasta de expresión— que al momento de su nacimiento. ¿Cuál es el motivo entonces para rebelarse?
Mencionado el espejismo —la Cuba que no es, la rebelión que no existe, el acomodo diario— falta entonces hablar de la realidad que cada vez se impone más entre los cubanos en esta ciudad, y esta se define por un acto: el viaje a la isla cada seis meses. Aquí también hay una inversión fabulosa. Ya no es el viaje a las Indias ni ese ansiado a la Madre Patria, que muchos inmigrantes españoles en Cuba soñaban realizar al menos una vez en su vida y pocos conseguían. Ahora las cosas son más fáciles. Trabajar y dos veces al año pasar una semana allá. Una patria para vacacionar, ver a familiares y amigos. Razones válidas, pero también el alarde y el recuerdo a solo 90 millas de distancia y un pasaje excesivo. Sin exilio no hay país. ¿País?

domingo, 20 de abril de 2014

Represión y escasez


En un proceso que tiene como única razón de existencia el perpetuar en el poder a un reducido grupo, el mecanismo de represión invade todas las esferas de la forma más descarnada, y sin tener que detenerse en los tapujos de supuestos objetivos sociales, que en el proceso cubano desaparecieron o pasaron a un segundo o tercer plano hace ya largo tiempo.
En una ocasión, Fidel Castro le afirmó a un oficial de alto rango de la seguridad del Estado cubana que la conducta del gobierno chino en la plaza de Tiananmen demostraba que no sabía como reprimir al pueblo de forma adecuada, y por lo tanto éste se había visto forzado a la "dolorosa y poco placentera" tarea de "eliminar" a miles de sus ciudadanos.
La dictadura militar de los hermanos Castro no ha escatimado recursos en una maquinaria represiva eficaz, silenciosa y omnipresente. Pero no ha sido suficiente. En ocasiones la situación escapa de control y hay que recurrir a medios más burdos.
Entonces el mecanismo de terror delega la ejecución de la represión en turbas, e incluso en ocasiones en grupos que hasta cierto punto podrían catalogarse de paramilitares.
No son las autoridades, sino el propio "pueblo", quien responde a las "provocaciones".
La justificación de la violencia es la ira revolucionaria. Los actos de repudio, las Brigadas de Respuesta Rápida y el hundimiento del transbordador 13 de Marzo por un grupo de "trabajadores que actuaron en defensa de sus intereses", para citar uno de los ejemplos más conocidos, responden al mismo patrón represivo, cruel e hipócrita.
Sin embargo, esta situación de "violencia revolucionaria" no puede ser mantenida de forma permanente en su versión más cruda, y el régimen lo sabe. Por ello dosifica una tensión diaria con esporádicos estallidos --a veces provocados por la misma Plaza de la Revolución y en otras como respuesta a los acontecimientos que considera tienen cierta potencialidad para poner en peligro su supervivencia-- de saña y algarabía.
En este sentido, uno de los aliados que por décadas ha empleado el gobierno cubano es la escasez. La falta desde alimentos hasta una vivienda o un automóvil ha sido utilizada, tanto para alimentar la envidia y el resentimiento, como en ocupar buena parte de la vida cotidiana de los cubanos.
En tal situación, la corrupción y el delito han reinado durante cincuenta años de proceso revolucionario. La escasez actúa a la vez como fuerza motivadora para el delito y camisa de fuerza que impide el desarrollo de otras actividades. No se trata de justificar lo mal hecho, sino de aclarar sus circunstancias. En resumidas cuentas, un análisis marxista de la crisis económica permanente que existe en la isla no debe excluir al mercado negro, la corrupción y el delito como importantes fuerzas de un mercado informal pero poderoso.
De ahí que resulte apropiado hablar de dos fuerzas opositoras frente al gobierno cubano. Hay otra disidencia en la isla. No son hombres y mujeres valientes que desafían el poder, porque forman parte del mismo. No gritan verdades, ya que se ocultan en la mentira. Ni siquiera se mueven en las sombras. Habitan en el engaño. Son los miles de funcionarios menores --y algunos no tan menores-- que desde hace años desean un cambio, pero al mismo tiempo no hacen nada por conseguirlo. No por ello dejan de realizar una labor de zapa, por supuesto que para beneficio personal, que perjudica al gobierno.
No hay que olvidar que el régimen siempre ha usado a su conveniencia la distinción entre delito común y delito político. En una época todos los presos comunes estaban en la cárcel por ser contrarrevolucionarios, porque matar una gallina era una actividad contraria a la seguridad del país. Muchas veces también a los opositores se les ha acusado de vagos y delincuentes.
La escasez también ha sido usada para incrementar la delación y la desconfianza, a partir de la ausencia de un futuro en la población manipulada como el medio ideal para alimentar la fatalidad, el cruzarse de brazos y la espera ante lo inevitable.
Mediante las detenciones de disidentes, más o menos breves y a lo largo de toda la isla, cada vez que se produce o se anuncia una actividad opositora pacífica, el gobierno de los hermanos Castro no sólo intenta sembrar el miedo, sino también el desaliento. Los argumentos son gastados, los recursos son viejos, pero la vida es una sola.
Hay que agregar además que al régimen no le basta con castigar a los independientes, quiere matar su ejemplo, enfangar su prestigio.
Con su vida fundamentada sobre el principio de la escasez, tanto económica como sicológica, tras el primero de enero de 1959 el cubano vive presa de la corrupción, que detesta y practica con igual fuerza. Desde los primeros fusilamientos hasta la Causa No. 1, es justificación y escape, motivo de envidia y rencor. El régimen de La Habana ha logrado como ningún otro gobierno anterior explotar la dicotomía de la falta de lo necesario para sobrevivir, y la corrupción actuando de respuesta para conseguirlo, como instrumentos represivos.



jueves, 17 de abril de 2014

El gran escritor y el pequeño hombre



 “¡Maestro!¨, dice él mismo que le gritó en París, y nunca fue más certero un calificativo. Asistimos hoy a un acontecimiento que ocurre cada cien años (con o sin soledad, eso no importa) y estamos frente a un hecho difícil de asimilar: la muerte de algo más que un escritor o un periodista: el fin de quien encarnaba un mito.
La frase, más que un oxímoron, es un disparate. Los mitos no mueren. Desaparecen quienes lo crearon, pero eso no los afecta. Solo que, con el no existir físicamente termina la esperanza, el aguardar de forma tonta que renaciera algo agotado y al mismo tiempo imperecedero.
Gabriel García Márquez pudo haber muerto hace diez años y eso no hubiera cambiado la ecuación. El hombre persistía, aferrado a la vida, pero ya no tenía nada que decir.
Tampoco hay que ver reproche en ello. Mas bien constatar la verdad de lo limitado de una existencia. Hoy, al igual que ocurrió con Ernest Hemingway, sabemos que solo queda una quimera: idear que aún queda algo por descubrirse, uno o varios libros inéditos que saldrán a la luz en el futuro, el manuscrito en el baúl o la bóveda del banco.
A diferencia de Hemingway, es más difícil que ocurra en el caso de García Márquez, pero sería mezquino proclamarlo en estos momentos.
En el caso del novelista colombiano, y a diferencia del estadounidense, el mito se reafirma precisamente porque se impuso por encima del hombre y su circunstancia: llegó tarde al triunfo literario y se mantuvo demasiado tiempo viviendo a su cuenta. Cultivó un desdén por el oropel que no era más que una forma de abrazarlo en su forma más vulgar: una seducción por los poderosos que no solo se concretó en la figura de Fidel Castro sino que convirtió en su reino, cuando él tenía mucho más a su disposición.
No es que despreciara la cumbre literaria, sino que nunca le bastó. Esto terminó por empequeñecer su grandeza. Muchos quisieron ver en ese regodeo con su cercanía al poder la búsqueda de una fuente de conocimiento e inspiración. Fue algo más simple: le gustaba.
Como siempre que muere una gran figura, llueven los elogios y las remembranzas. Nada fuera de lo habitual. Solo una palabra de advertencia: no ha muerto un Víctor Hugo. Un intelectual no es grande cuando se acomoda sino cuando se rebela. Por lo demás, su obra literaria tiene un lugar asegurado desde hace mucho tiempo y continuará siendo leída y admirada. Su periodismo también, y será un ejemplo de lo que se debe y no se debe hacer.
Detenerse ahora en el comentario de esa obra es caer en la repetición. Volver por un instante a las pequeñeces podría considerarse un gesto mezquino. Solo que en el caso de los cubanos, poner a un lado al escritor extraordinario y no hablar de su amistad con Fidel Castro sería un acto de injusticia.
Hay algo más que el reproche por esa relación, y la eterna discusión sobre cuánto hizo o no por los escritores cubanos en desgracia con el régimen. Tiene que ver con ese vínculo de García Márquez con caudillo. Porque ese deslumbramiento llegó a comprometer su obra. Y eso es imperdonable, mientras estuvo vivo y ahora que está muerto.
Es García Márquez quien logra que Fidel Castro, tras décadas en el poder, declarará una vana ilusión por una definición mejor.
Durante un homenaje al escritor colombiano, hace unos años, Castro proclama que, de reencarnar preferiría nacer como escritor. Dice estar dispuesto a  echar por la borda su historial de estadista y guerrillero y cambiarlo por una labor más íntima: una novela bien escrita, un verso logrado, el cuento que se vuelve a leer con agrado varias semanas después de hecho.
Fueron palabras cargadas de ironía. Todo podía haberse resuelto de forma más satisfactoria para Cuba, de haber existido durante la época republicana un mayor reconocimiento para los creadores; un buen concurso de narrativa: más revistas prestigiosas que hubieran permitido al joven Castro llevar a cabo una carrera que confiesa añorar, pero que nunca desarrolló.
Cuando en el 2002 Castro se suma al homenaje a Gabriel García Márquez, en la revista Cambio, aparenta despojarse por un momento del poder y presentarse como escritor. Entonces relata un episodio ocurrido durante el “Bogotazo”, en abril de 1948, en Colombia.
La revelación llega cuando describe la forma en que ayuda a otro a desbaratar una máquina de escribir.
Castro le ahorra el esfuerzo al desconocido, que la había emprendido a golpes contra la máquina.
Por su parte, el futuro guerrillero cubano la emprende con saña contra el instrumento:  “la lancé hacia arriba y voló en pedazos al caer contra el piso de cemento”.
La escritura no como destrucción sino la destrucción del medio de escritura.
De haber llevado a cabo esa tarea literaria, Castro hubiera sido un escritor fascista, un apasionado de la violencia contra lo indefenso.
Llega ahora el turno de García Márquez. Castro cuenta que al oír la narración, el escritor colombiano le confiesa que era él el hombre que golpeaba la máquina.
Es la parte más reveladora del relato. No por su verosimilitud —una coincidencia demasiado forzada—, sino porque evidencia más bien al cortesano que se suma a las palabras del poderoso.
Se entiende entonces que el gobernante cubano se sientiera a gusto con el novelista famoso. El Premio Nobel convertido por el mandatario en un segundón débil.
García Márquez que se muestra alegre y dócil al ser reducido a una tarea torpe: que se confiesa un pobre diablo que trataba inútilmente de destruir un instrumento de escritura.
Este hecho, por supuesto, no reduce una coma de la brillantez de la prosa del escritor colombiano hoy fallecido. Solo reduce al hombre, cuando en vez de utilizar un instrumento de escritura se dedica a triturarlo. Un salvajismo no literario sino adocenado.
Este texto aparece también en la edición del viernes 18 de abril de Cubaencuentro.

domingo, 13 de abril de 2014

Corporaciones, mercantilismo y mercenarios

Si usted es uno de los pocos ingenuos que quedan en el mundo, y piensa pedirle un préstamo en efectivo al gobierno de Estados Unidos, lo mejor es que mire para otra parte. Pídaselo a Apple, aunque por supuesto ellos no van a darle ni un centavo. Aunque Washington tampoco, a no ser que sea un empresario con las conexiones adecuadas.
Apple tiene más dinero en efectivo que Estados Unidos, Alemania o España, según una información publicada por el diario español ABC.
Las reservas de metálico de las mayores corporaciones internacionales compiten con las de algunas de las principales economías del mundo, según datos del Bank of America, agrega el periódico.
La manzana que aparece en el logo del gigante de la computación y la telefonía es una fruta dorada, con $159,000 millones de efectivo en sus arcas. Al lado de ella, el águila imperial no tiene mucho de que ufanarse: sus reservas de efectivo son apenas $48,000 millones.
No es un índice de decadencia norteamericana. Hay 40 países que tienen menos dinero contante y sonante que Apple. Entre ellos aparecen algunos nombres que causan asombro: Alemania, Qatar, Francia.
En esta lista de empresas con los bolsillos forrados están también Microsoft, con $84,000 millones y Google, con $59,000 millones.
Pero si el gobierno estadounidense es pobre, no así las empresas de este país. Basta considerar al sector financiero, que con sus $1.2 billones supera al total de las reservas internacionales de Japón, el segundo país más rico del mundo. Sólo China tiene más dinero en efectivo, con casi $4 billones.
Recuerdo que al comienzo de la crisis en Europa era común escuchar el mito ¾¿o la realidad?¾ de los empresarios chinos que recorrían los países de la zona con maletas cargadas de dinero en efectivo, para adueñarse de empresas en dificultades económicas.
Por supuesto que las cifras deben ser contempladas en valor relativo, dentro del entramado de la economía mundial, y no reflejan las reservas de oro. No obstante, muestran una realidad ¾más allá del eslogan de “aquí lo que importa es el cash”—, y es que al tiempo que ha renacido el nacionalismo e incluso los conflictos bélicos territoriales, la economía marcha por otro camino: la globalización y el Estado corporativo. Está por verse si ambas visiones terminarán por chocar o complementarse. En este sentido, Rusia, Ucrania y Crimea son un medidor puntual.
La contrapartida, a este fenómeno de corporaciones con poderío económico comparable a países, es un resurgimiento de cierta forma de mercantilismo, en países con una economía capitalista superdesarrollada. Y aquí Estados Unidos —que ha adoptado los patrones neoliberales con independencia del partido que se encuentre en La Casa Blanca— ofrece no solo múltiples ejemplos, sino algunos muy cercanos a lo que se habla a diario en Miami.
En un comentario en la revista The New Yorker, el periodista Jon Lee Anderson señalaba que, más allá de las razones para estar a favor o en contra de la creación de ZunZuneo, el tan comentado caso del “Twitter cubano” era otro ejemplo de una tendencia preocupante dentro del gobierno norteamericano: el encargar a contratistas privados funciones que deberían ser llevadas a cabo por el gobierno y no por particulares.
“ZunZuneo estaba siendo dirigido por un operador privado, una empresa llamada Accord Mobile, que había ganado un contrato financiero del gobierno estadounidense. Esto es consistente con un patrón de comportamiento creciente de los últimos años, en los que la aplicación de los aspectos más sensibles de la política de seguridad de Estados Unidos está cada vez más entregado a los contratistas que trabajan por dinero y no necesariamente por razones filosóficas o incluso patrióticas”, según la traducción del artículo de Anderson publicada en el blog Café Fuerte.
Anderson cita otros ejemplos más cuestionables que el tímido zunzuneo que nunca llegó a zumbar, como la empresa Blackwater, que ahora se llama Academi tras verse involucrada en el asesinato de 17 iraquíes en Bagdad en el 2007.
Las corporaciones militares privadas han crecido notablemente en los últimos 20 años. Vienen cumpliendo funciones que las fuerzas armadas norteamericanas se han visto imposibilitadas de llevar a cabo luego de una reducción de casi dos millones de efectivos tras el fin de la guerra fría y de diversos recortes presupuestarios en algunos  sectores de la Defensa, llevados a cabo durante las diversas administraciones, republicanas y demócratas.
A veces los miembros son considerados especialistas de alto nivel de protección y defensa. Otras se les llama paramilitares o simplemente mercenarios. La realidad es que, desde servicios de protección a diplomáticos y funcionarios norteamericanos, hasta la colocación de misiles en los aviones no tripulados que realizan controversiales misiones, cada vez se emplean más a estos contratistas.
Estas dos caras actuales del mundo corporativo definen en buena medida la realidad económica y política del mundo actual, donde las palabras patria, nación y lucha por la democracia puede que en ocasiones mantengan su valor idealizado, pero también sirven para encubrir negocios lucrativos.
Esta es mi columna semanal en El Nuevo Herald, que aparece en la edición del lunes 14 de abril de 2014. 

viernes, 11 de abril de 2014

Otra vez el embargo


Algunas de las razones actuales para el levantamiento del embargo norteamericano hacia el régimen cubano son malintencionadas en sus pronunciamientos y lógicas en su práctica. Detrás de ellas se encuentran intereses comerciales, que no solo buscan vender unos cuantos productos. A ello se une el interés de destacar un principio: los embargos comerciales tienen poca utilidad, salvo excepciones, en un país como Estados Unidos, una nación que propugna la economía global y el liberalismo económico.
Otros motivos de rechazo pueden ser debatidos con argumentos similares, pero de signo contrario. Entre ellos, la afirmación de que el embargo es inmoral, que hay que suprimirlo para quitarle una excusa al régimen castrista y la acusación de que éste es el causante de buena parte de la miseria en Cuba.
Desde el punto de vista político o militar, los embargos ―incluso los bloqueos en el caso de guerras― no son morales e inmorales, porque la ética nunca ha formado parte de la estrategia. También al gobierno de La Habana le sobran las excusas y la pobreza que impera en la isla es una de las mejores tácticas con que cuentan los hermanos Castro, al utilizar la escasez como un instrumento de represión.
Pero a estas alturas el embargo no es una medida que se valora de forma positiva, en el país donde un mandatario la promulgó en 1962, luego de tener a buen resguardo una provisión tal de tabacos que le sobreviviría.
Kennedy no vivió lo suficiente para conocer que no era violar la ley, sino el tabaco cubano lo que resultaba dañino. Fidel Castro lo supo a tiempo y dejó de fumar. Por su parte, el embargo no se ha hecho humo en más de 50 años.

Continúa en Cuaderno Mayor.

Siempre a la espera


Una y otra vez se repite que la razón por la cual el sistema comunista —o la versión castrista del mismo— no se ha derrumbado en Cuba es la represión absoluta existente en el país. Al mismo tiempo, se asocia esa represión a los hermanos Castro. Cuando éstos desaparezcan, así lo hará gran parte del miedo que su régimen inspira a la población.
Sin embargo, lo ocurrido en Cuba durante más de 50 años se aparta de esta óptica en blanco y negro.
Una de las razones que ha permitido a los hermanos Castro mantenerse en el poder es la capacidad para no ejercer una represión integra o absoluta, salvo en los momentos en que se han visto seriamente amenazados. Dejar abierta una puerta de escape a los opositores, siempre que existiera esa posibilidad, y anticiparse a las situaciones límites fueron dos de sus mayores habilidades.
Durante la "primavera negra" de 2003, el régimen castrista condenó con toda severidad a 75 disidentes, y también ejecutó a tres simples ciudadanos que habían secuestrado una embarcación en el intento de salir del país, no por un afán represivo indiscriminado y generalizado, sino para impedir el desarrollo de una situación que en poco tiempo lo obligaría a tener que ejercer una represión masiva, desplegar un rigor mucho mayor.
Esto no libra al régimen cubano y a sus dirigentes de culpa alguna. Es simplemente un intento de conocer mejor la naturaleza del mecanismo empleado para permanecer en el poder por tanto tiempo.
La explicación de la represión como profilaxis no debe verse como un atenuante de ésta. Mucho menos asociarla a una justificación de las largas condenas y los fusilamientos ocurridos ese año y a lo largo de la existencia del proceso revolucionario. Pero la maquinaria intimidatoria que ha permitido la permanencia de un régimen por más de medio siglo no puede ser denunciada en términos tan simples.
El segundo error de análisis, que con frecuencia ocurre, es hacer depender esa maquinaria de control de la función de uno o dos protagonistas.
Es cierto que la muerte de Fidel Castro sacará a relucir una serie de expectativas, que por muchos años la mayor parte de la población, y de la dirigencia alta y media del país, han mantenido a la espera. Pero no hay que ilusionarse y pensar que éstas se canalizarán de inmediato, lo que tendría como resultado un cambio total de la situación imperante en la isla.
En primer lugar porque hay mecanismos establecidos que van más allá de la obediencia a un tirano: parcelas de poder, privilegios y temores sobre el futuro. En segundo, porque no hay el desarrollo de una conciencia ciudadana empeñada en una transformación democrática.
La realidad cubana, en su forma más cruda, es la tragedia de la ilusión perdida. El primero de enero de 1959 fue el día en que el ciudadano se creyó dueño de su destino y terminó encerrado, preso de sus demonios y de los demonios ajenos. A partir de entonces se inició un proceso que alentó las esperanzas y los temores de los pobres y de la clase media baja.
A unos y otros les dio seguridad para combatir su impotencia y les permitió vengarse de su insignificancia. Pero al tiempo que nutrió el sadismo latente en los desposeídos, y les brindó la posibilidad de ejercer un pequeño poder ilimitado sobre otros, intensificó su masoquismo. De esta forma, quedó establecido el principio de la aniquilación del individuo por el Estado, mediante el afianzamiento de un sistema que alienta el oportunismo porque no posee principios.
Con una población que mayoritariamente no había nacido o se encontraba en la infancia ese comienzo de año de 1959, el país está formado por ciudadanos que han vivido bajo el doble signo del poder de un padre putativo, dominante y despótico. Aunque también sobreprotector y por momentos generoso. Es el Estado cubano, que se ejemplifica y concreta en una figura, un hombre, un gobernante. Padre al que se ha tratado no sólo de complacer en ocasiones, sino de obedecer siempre. O al menos de aparentar obediencia.
Tras la épica engrandecida hasta el cansancio de la lucha insurreccional y los primeros años de confrontación abierta, se abrió paso una obligación repetida, generación tras generación, de servir de puente a un futuro que se definía luminoso.
En lo cotidiano, más allá del discurso heroico repetido a diario, lo que por décadas ha imperado en Cuba es el aburrimiento: el trabajo productivo y la guardia nocturna con el fusil sin balas. Desde el punto de vista psicológico, se descartó primero el derecho a la adolescencia —el afán de la rebelión— y luego se transformó el principio de la realidad que rige la adultez por una simulación infantil. Ese detener el tiempo transformó a muchos cubanos en eternos niños.

El concepto de que la libertad actúa como un valor fundamental de motivación en cualquier pueblo —con independencia de credo, cultura, historia y origen—, cuya formulación mejor aparece en The Case For Democracy, de Natan Sharansky y Ron Dermer, ha demostrado ser más un ideal que parte de un análisis de la realidad. Las secuelas de la envidia, el odio y el delito compartido por muchos años serán difíciles de arrancar.