miércoles, 4 de marzo de 2015

El castrismo como un dudoso bien a heredar


Los hijos de los dictadores son diferentes. El poder heredado les brinda la facultad de hacer lo que estuvo vedado, o incluso despreciado por sus progenitores. En el caso cubano, llama la atención que eso que en otra época pudo haber sido considerado un acto de herejía, sirva ahora a los objetivos del régimen.
Paris Hilton se toma una selfie con Fidel Castro Díaz-Balart y la retratan junto a Alejandro Castro. Demasiados significados para dos imágenes.
Que la modelo británica Naomi Campbell asistiera al mismo evento en La Habana —el XVII Festival Internacional del Habano— y naturalmente igual llamara la atención de los fotógrafos nos habla de un fenómeno común: la atracción mutua entre moda o arte y revolución —no importa si ahora convertida en pastiche— y  todas las ganancias a partes iguales que unen a la publicidad con lo irreverente o exótico y hasta violento, siempre dentro de cauces seguros. Si a eso se le añade un barniz de izquierdismo light y justicia social, la mezcla es perfecta.
Además no hay que olvidar que la Campbell ha estado no solo en Cuba sino también en Venezuela, donde en su momento se reunió en privado con Hugo Chávez, lo entrevistó para la edición inglesa de la revista GQ y de todo aquello nació un rumor de un posible affaire con el  fallecido mandatario venezolano.
Pero con Hilton es diferente. En primer lugar porque a diferencia de Campbell, que es modelo profesional, siempre se ha dedicado no solo a no hacer nada, sino a simbolizar la cursilería del dolce far niente. No es poco pero apenas un comienzo: se trata de una heredera estadounidense a cuyo bisabuelo le nacionalizaron un emblemático hotel en Cuba.
 Ahora Hilton se retrata con dos hijos de Fidel Castro, de dos matrimonios diferentes. para borrar el pasado con dos instantáneas.
Borrón y cuenta nueva por ambas partes. Por la estadounidense, que de momento olvida la deuda, y por los dos cubanos, que desde hace rato olvidaron la ideología —eso que llaman justicia social, el “tener o no tener”— y se despliegan gozosos de codearse con ricos y famosos, porque ellos también lo son.
Hay mucho de burla en esas apariciones eventuales, de fotos e informaciones, en que los hijos de Fidel Castro y Dalia Soto del Valle aparecen “disfrutando de la buena vida” y entregados al ocio y los deportes más “burgueses”, desde las regatas de veleros hasta el golf.
No hay que pensar, por otra parte, en un acto casual. Como si se tratara de una zaga novelística del siglo XIX o comienzos del XX, hay dos ramas de una misma familia que por años nos han acostumbrado a dos visiones distintas, dos percepciones diferentes de la fabula de la cigarra y la hormiga: los hijos de Fidel y Raúl.
¿Una trama casual o demasiadas coincidencias para creer que así sea? Quizá Soto del Valle optó desde el primer momento por permitirles a sus hijos disfrutar privilegios y mantenerlos al margen de los peligros de una posible lucha por el poder, cada vez más cercana.
A lo mejor a ellos no les ha interesado ese destino, luego de contar con la riqueza asegurada. Demasiado poderosa, por otra parte, la figura del padre.
La novela espera mientras continúan definiéndose dos destinos. Por lo pronto es demasiado el contraste entre un nieto de Raúl que le sirve de guardaespaldas, un hijo militar y dedicado a combatir la corrupción y una hija defensora de la libertad de orientación sexual., mientras los hijos de Fidel con Dalia se conforman con el rol de playboys y “Fidelito” y su hijo se dedican a ser empresarios.
Si este será definitivamente el destino de esta familia cubana está por ver, más allá de la literatura, pero que ya en estos momentos se encierre en un artificio tan simple dice mucho del fracaso de una utopía.
Aquí es donde las imágenes de los hijos de Fidel con la estadounidense y la británica  juegan su papel más destructivo, ya que es precisamente la fotografía el medio más recurrido por el exgobernante para afirmar que “aún está ahí”.
Contemplar al hombre que por décadas gobernó un país, sin uniforme, vestido de forma modesta, casi humilde, y en un ambiente familiar sin lujos, contrasta con el oropel de un festival que desde hace años se realiza para disfrute de ricos y conocidos.
Aunque limitarse a este contraste es demasiado cándido —y en última instancia engañadizo—, cuando lo que importa son, más que los límites, las muestras del fracaso de un proyecto que no ha podido prescindir del capitalismo y rendirse a la opulencia.
Porque si desde hace años Fidel Castro busca vender una figuración de pobreza y entrega al bienestar de la humanidad —con el intento de mostrar una imagen franciscana cuando toda la vida ha practicado el jesuitismo más feroz— no hace más que encubrir, en última instancia, un fracaso personal. Y eso es juzgándolo con la mejor de las intenciones.
La realidad, por supuesto, se impone con mayor fuerza que cualquier elucubración más o menos trasnochada: si Paris Hilton visitó Cuba para integrarse a una moda —lo que constituye su conducta y su marca— y mantenerse en el ojo de la cámara y la letra de los contratos, Fidel y Alejandro Castro fungieron como teloneros o figurantes, no del capital financiero y empresarial que tanto busca el gobierno cubano, sino de una de las fórmulas más pervertidas contra la que supuestamente se inició la lucha revolucionaria: la riqueza como espectáculo, el dinero no solo para definir el poder sino también como concepto de belleza y felicidad.
Revolución y frivolidad
En lo ideológico, el fracaso del modelo original castrista tiene más que ver con la frivolidad, que siempre imperó en su puesta en marcha, que con las imposibilidades de la utopía.
De esta manera, tan ridículo fue llamar en una época “millonarios“ a los macheteros que cortaban un millón de arrobas de caña de azúcar, como considerar hoy “luchadores anticastristas” a cinco espías fracasados, que pagaron con años de cárcel su impericia y falta de recursos.
En este sentido, el gobierno de La Habana nunca ha aprendido nada de la propaganda de la Coca-Cola.
Poco de lo anterior despeja lo que constituye la verdadera interrogante tras las fotografías: ¿sobre que sustento ideológico descansa un sistema que ha perdido su validación, no frente a los enemigos sino para los aliados?
El gobierno de Raúl Castro ha logrado algo que parecía imposible durante la época de Fidel: echar a un lado o reducir al mínimo los fundamentos ideológicos, y aplicar un pragmatismo que no significa adaptarse a la realidad, como han supuesto algunos, sino todo lo contrario: ajustar esa realidad al propósito único de conservar el poder.
En parte lo ha logrado con astucia, pero fundamentalmente porque siempre supo que esos fundamentos mantenían su persistencia no gracias a su fortaleza sino todo lo contrario: la práctica del mando que estableció Fidel Castro siempre ha sido un acomodo, que un día avanza y otro retrocede, pero en cualquier tiempo busca conservar el poder.
Así como —y contrario a lo esperado por algunos— el agotamiento ideológico del modelo marxista-leninista no desembocó en un desmoronamiento del sistema, la existencia de cierta permisividad inofensiva no afecta su capacidad de sobrevivir e incluso le brinda cierta publicidad adicional, sobre todo en el exterior.
Un modelo que logra adaptarse y sobrevivir ante las presiones externas no tiene, sin embargo, garantizada su permanencia, gracias a esa transformación perenne, sino que enfrenta un peligro constante de erosión interna.
Supo advertirlo Fidel Castro en su famoso discurso en la Universidad de La Habana, cuando habló de que la revolución podría ser destruida por los propios revolucionarios, refiriéndose a la elite gobernante. Pero la advertencia nunca fue una tabla de salvación.
El problema más grave es que esa destrucción del modelo no significa necesariamente el inicio de la democracia. Incluso el tan cacareado “fin de los Castro” se ve cada vez menos como una terminación y tampoco se vislumbra en forma de comienzo, sino simplemente como etapa.
Si el futuro inmediato de Cuba se define sobre la línea tenue entre fin y transformación del modelo, no hay que exagerar la valoración en los gestos. Más bien significar su valor relativo.
Hijos, pero no herederos seguros
Mariela Castro Espín, como directora del Centro Nacional de Educación Sexual de Cuba (CENESEX) y de la revista Sexología y Sociedad ha sido una activista constante de los derechos de los homosexuales y promotora de la efectiva prevención del sida.
Sin embargo, este empeño no se ha visto libre de la sospecha de dedicarse a una labor desde una posición única —privilegiada por su nacimiento— y a partir de un momento en que hubo un cambio de política por parte del gobierno. Si bien su edad  la salva del reproche de un empeño tardío, no por ello deja de aprovechar sus ventajas: llevar a cabo una función en momentos en que esta resulta plenamente aceptada por el gobierno.
Herencia y momento definen también sus limitaciones: la directora del CENESEX es más pompa que circunstancia. Más que una verdadera reformista, su labor se limita a presentar en el exterior la versión light de la familia Castro, con ropaje serio y sin la frivolidad de sus primos.
Aunque esta frivolidad se diferencia de la antigua, la revolucionaria, por su marcado carácter comercial. Antonio Castro no reivindica el golf como juego —más allá de la imagen burguesa—, sino busca convencer que la isla es un lugar ideal para practicarlo, si se cuenta con el dinero suficiente.
En ambos casos el objetivo es el mismo: no son hijos rebeldes sino que obedecen a nuevas rutas.
A diferencia de Corea del Norte, la sucesión cubana no se traza de forma hereditaria, sino a través del rumbo partidista o la carrera funcionaria.
Tampoco se trata de un camino único. El coronel Alejandro Castro Espín representa la vía tradicional.
El tiempo dirá si este sendero que se bifurca, y que de momento cumple un objetivo común, arribará a un resultado idéntico.
Las vías para destacarse que han optado algunos miembros de la familia Castro parecen responder no solo a la circunstancia cubana sino a la actualidad internacional.
Nuevos tiempos
En un guión que se repetía casi sin modificaciones, los herederos tenían como único objetivo prolongar las dictaduras paternas Así ocurre aún en Corea del Norte, pero en otros casos, como sucedió con Gadafi y sus hijos, el mecanismo dejó de funcionar.
Tras largos años de poder absoluto, gobiernos totalitarios que parecían eternos se desmoronaron en semanas, días, incluso horas. Las plazas en que por décadas se realizaron discursos, en que se ensalzaba al dictador, cayeron en manos de los opositores y fueron rebautizadas de inmediatos; los cientos, miles de carteles con la imagen del hasta entonces poderoso jefe de Estado fueron pisoteadas, escupidas, desechas en minutos.
De pronto el futuro se ha tornado frágil para los hijos de los dictadores. Es un fenómeno nuevo que los debe tener sorprendidos.
Podrá demorarse más o menos, pero en la vida de muchos de ellos llega el momento en que, como que se les agota la cuerda.
No hay sucesión segura. Es más, se impone que los herederos piensen sobre la testarudez paterna, cuando todavía hay tiempo, y dediquen un momento a vivir con las maletas preparadas.

sábado, 28 de febrero de 2015

Error de lista


Ya es hora de poner fin al error y que Estados Unidos saque a Cuba de la lista de los países que apoyan o amparan el terrorismo. Poco cuentan en este caso las bravatas del régimen de La Habana. Se trata de enmendar una decisión que a estas alturas resulta obsoleta.
En este caso carece de fundamento hacer historia o recordar hechos de otros tiempos, porque no es un listado de desmanes pasados sino de amenazas presentes. Tampoco viene al caso sacar a relucir el incidente del buque norcoreano Chong Chong Gang.
¿Para qué La Habana envió materiales bélicos a Pyongyang, cuando Norcorea está considerado, a nivel internacional, como un régimen que amenaza la paz mundial y uno de los peores sistemas de gobierno del planeta?
Si la Plaza de la Revolución consideró la necesidad de actualizar sus armas, para ello recurrió al  peor país del mundo y de la forma menos adecuada. Como se diría en la escena del crimen: con premeditación, alevosía y ocultamiento.
Sin embargo, no hay que olvidar un detalle clave. Corea del Norte, añadida a la famosa lista en 1988 por vender armas y dar asilo a grupos terroristas, responsable también por el atentado de Rangún y del Vuelo 858 de Korean Air, fue retirada en el 2008. Entonces era presidente de este país George W. Bush.
Bush tomó personalmente esta decisión —como corresponde en la actualidad a Barack Obama— al recibir garantías de verificación del proceso de desnuclearización norcoreano. Así que el argumento del Chong Chong Gang queda fuera de discusión, gracias a Bush.
No es un caso único. El 15 de mayo de 2006 Estados Unidos anunció que Libia sería retirada de la lista —después de un periodo de espera de 45 días, igual que ahora—ya que la entonces Secretaria de Estado, Condoleezza Rice, afirmó la renuncia de ese país al terrorismo como política de estado. El mandatario libio en aquella época, y durante los años siguientes años, era  Muammar Gadafi. De la memoria histórica como ejercicio a practicar por republicanos olvidadizos.
La cuestión es que la lista es un instrumento —torpe, confuso y limitado— para ser utilizado contra lo que se considera terrorismo en un momento dado, Y ahora ese concepto se aplica fundamentalmente a la organización Al Qaida  y al Estado Islámico (ISIS). El utilizar dicho listado con fines partidistas o para expresar un saludable rechazo al gobierno de La Habana queda fuera de los fines del documento. Si ello ha ocurrido durante años, no es razón suficiente para justificar el mantenimiento del error.
Cuba fue añadida a la lista en 1982, debido a su apoyo a las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) y a que miembros de Patria Vasca y Libertad (ETA) vivían en la isla. Era entonces presidente Ronald Reagan y Centroamérica atravesaba por una convulsa situación de guerra, guerrillas, grupos paramilitares y violencia generalizada con la participación cubana. Nada de ello existe en estos momentos en Centroamérica. Las FARC negocian la paz con el gobierno colombiano precisamente en La Habana y el ex mandatario español José Luis Rodríguez Zapatero, bajo cuyo mandato se puso fin a la violencia de ETA, acaba de afirmar que para ese objetivo “tuvimos la colaboración de las autoridades cubanas y quiero subrayarlo”.
El argumento de los fugitivos estadounidenses acogidos en Cuba —el más socorrido por quienes se oponen a la exclusión— mantiene su validez en lo referente a un reclamo de justicia y a la necesidad de solucionar un largo diferendo, pero no es razón de peso para constituir un obstáculo mayor, salvo por quienes se aferran a él por motivos políticos.
La razón es simple. Si se deja fuera a los posibles estafadores, que al parecer han encontrado refugio en la isla (la lista no incluye a naciones donde disfrutan del sol quienes debieran estar a la sombra por delitos comunes), lo que queda es un reducido grupo de ancianos, cuyas acciones condenables o condenadas ocurrieron decenas de años atrás. Ello no los convierte en inocentes pero tampoco los sitúa como una amenaza presente.
A partir de la falta de un tratado de extradición, y de la existencia de reclamos mutuos, la solución en estos casos transitaría mejor dentro de un marco de colaboración y no con una fórmula obstinada, que hasta el momento no ha logrado nada.
No han faltado reportajes y artículos bajo falsas premisas, espacios de televisión dedicados a comentar la existencia de un programa de armas biológicas ofensivas desarrollado por La Habana. Pero estos cuentos siempre han chocado con la misma piedra: la carencia de pruebas objetivas divulgadas que disipen las dudas. La evaluación de los expertos nunca ha sido concluyente. Los testimonios de quienes supuestamente han conocido estos planes y luego roto con el régimen no han podido ser verificados de forma independiente.
Decir que en la actualidad Cuba no realiza ni promueve actos terroristas no implica complacencia con el régimen. Se limita a señalar un hecho.

Esta es mi columna semanal en El Nuevo Herald, que aparecerá en la edición del lunes 2 de marzo de 2015. 

miércoles, 25 de febrero de 2015

Sin patria, pero sin dólares


Al igual que el embargo. Como ocurrió con las incursiones armadas y los actos de sabotaje. La política de Washington hacia la disidencia es un fracaso.
El fiasco se hace manifiesto en momentos en que la oposición cubana atraviesa por una etapa de retraimiento, en buena medida debido al constante hostigamiento por parte del régimen.
Nacida con total independencia de Washington durante la época en que surgió la primera disidencia, el concepto se ha ampliado y repetido por la prensa en una extensión que resulta fácil de usar aunque imprecisa y de cuya práctica no es inocente el autor de este articulo.
En la actualidad, la oposición cubana conforma un cuerpo heterogéneo y hasta cierto punto amorfo. Pero en cuanto a imagen en el exterior, siempre enfrenta igual problema: mientras algunas de las organizaciones no reciben fondos de Washington, el argumento del dinero sirve para demonizarlas a todas.
Al mismo tiempo, el tratar de silenciar las críticas respondiendo que sirven a los fines de La Habana es repetir la vieja táctica de aprovecharse de la conveniencia política para obtener objetivos personales.
El tema de la ayuda a la disidencia gira más sobre el mal uso de los fondos que alrededor de las necesidades que cubren. No se trata de convertir en un pecado a priori el aceptar dinero del exilio, pero cuando éste proviene de un gobierno, no solo existe siempre la sospecha de que “quien paga manda” sino el peligro de injerencia extranjera.
La amenaza de una excesiva dependencia política al dinero estadounidense no parece preocupar a la oposición en la isla, ni ha desencadenado una respuesta efectiva en el exilio. No hay el intento de suplantar con fondos cubanos la mayor parte del dinero destinado a los afanes democráticos en Cuba, lo que no niega que organizaciones privadas realicen envíos.
Han sido la impericia y la sospecha de mal uso los que han llevado a cuestionarse y tratar de reducir los fondos en determinados momentos. Sin embargo, la norma de sustentar estos esfuerzos con fondos proporcionados por los contribuyentes de Estados Unidos permanece en pie. Mientras ésta es la cara más visible del problema, la crisis es mucho más profunda.
Por encima de los comentarios y las anécdotas sobre compras incongruentes y  gastos exagerados, planes estrafalarios que solo han significado un despilfarro de dinero, vale la pena reflexionar acerca del papel que desempeña una disidencia que depende de los fondos del gobierno de EEUU para existir.
Por décadas Washington estuvo empeñado en repetir en Cuba lo hecho en Haití, Afganistán, Irak y los países participantes en la fracasada ”Primavera Árabe”: utilizar a exiliados y opositores para sus planes, aunque con la distinción de que no hay un objetivo de invasión militar a la isla por parte de la Casa Blanca.
El traspaso de poder, de Fidel Castro  a su hermano Raúl, no alteró los puntos cardinales de esta estrategia, hasta el anuncio del presidente Barack Obama el 17 de diciembre pasado.
 Los aspectos fundamentales fueron el abandono de una confrontación bélica, un aumento de la presión económica, el fin de los intercambios culturales y educativos, la inmigración controlada y el énfasis en la colaboración con los grupos opositores afines al exilio conservador de Miami. Esta estrategia limitó aun más la de por sí reducida capacidad de acción de una disidencia más preocupada por las libertades políticas que por destacar la urgencia de un programa de justicia social.
Ya con anterioridad Obama había cambiado algunos puntos de esta táctica, en lo referido al aumento de remesas y ampliación de viajes, así como en lo que respecta a los intercambios culturales. Aunque el anuncio de diciembre aumenta las posibilidades en este sentido y abre las puertas a un mayor apoyo a la pequeña empresa privada y el trabajo privado autorizado en la Isla, hace aún poco en favor de un enfoque más amplio, más allá de lo económico, en lo que respecta a la sociedad cubana.
Una cosa es aspirar a que se adopten los beneficios de un sistema democrático similar al estadounidense —cuyas virtudes y defectos lo sitúan por encima del actual régimen cubano— y otra muy diferente es empeñar la gestión opositora con la sospecha de una dependencia excesiva a la política de un gobierno extranjero.
Hasta ahora, el intento iniciado por el gobierno del presidente Barack Obama, de cambiar las reglas en lo que respecta las relaciones gubernamentales entre Washington y La Habana, no parece preocupado en definir una nueva relación con los factores que podrían contribuir al avance de una nueva situación en la isla, salvo en lo económico: la administración estadounidense parece empeñada en la apuesta en favor de la incipiente y limitada empresa privada y los cuentapropistas, mientras que al mismo tiempo no pierde oportunidad de tratar de infundir confianza —al menos en declaraciones y gestos por lo general simbólicos— en que mantiene en pie su apoyo a lo que considera el movimiento opositor.
Sin embargo, esta actitud parece condenada a un doble fracaso,
En primer lugar porque parte de ese sector opositor se ha definido por su rechazo al nuevo enfoque de la Casa Blanca, ha preferido mostrarse fiel a Miami, a los congresistas cubanoamericanos y a determinadas agencias que directamente e indirectamente forman parte del gobierno estadounidense, pero que conservan una independencia relativa, como es lógico dentro de la democracia  —los cuales en resumidas cuentas son los que influyen o determinan a la hora de otorgar fondos— y por lo tanto no parece dispuesto a contribuir a esta vía de desarrollo, sino todo lo contrario: a entorpecerla.
En segundo, y más importante, porque la nueva aproximación de la Casa Blanca al caso cubano depende para su éxito —en última instancia— de lograr captar la confianza no solo en ciertos sectores del propio gobierno dentro de la isla sino en un marco que trascienda el considerar la oposición al régimen simplemente como el enfrentamiento a la falta de libertades democráticas —una actitud moral válida pero limitada— y a buscar un enfoque inclusivo que establezca un futuro negociado, donde la entrada de nuevos factores no sea a cambio de la salida obligatoria de quienes actualmente participan en la gestión de gobierno.
Claro que desde la perspectiva exiliada no se trata de una salida encomiable ni mucho menos, pero responde más a expectativas reales que el aferrarse a una solución no viable en estos momentos.
El apostar a un cambio radical en Cuba. Es decir, al establecimiento de un gobierno democrático a corto plazo, puede implicar una satisfacción justiciera —patriótica, si alguien se aferra los caducos esquemas decimonónicos— pero con pocas posibilidades de triunfo. Declararse a favor de este proyecto libertario inmediato requiere de un apoyo de fuerza que en estos momento no existe.
De lo contrario, se peca en la contradicción de abogar por tratar de contribuir al establecimiento de una sociedad civil independiente y al mismo tiempo proclamar la existencia en Cuba de un sistema totalitario. El totalitarismo es ajeno y opuesto a una sociedad civil. Para comenzar a establecer una sociedad civil hay primero que eliminar el Estado totalitario. ¿Y dónde están las divisiones? Es decir, las divisiones armadas, no las que existen dentro del movimiento opositor.
Considerar que en Cuba se ha iniciado lentamente —y con todas las limitaciones que valga la pena señalar— la transición de un régimen totalitario a uno autocrático no significa ni un reconocimiento a quienes gobiernan ni una negativa a la naturaleza represiva imperante.
La dictadura de Fulgencio Batista se caracterizó por los asesinatos y la tortura, pero no estableció un sistema totalitario, Fidel Castro sí lo hizo. Reconocer que en estos momento la isla está evolucionando en este sentido —y no por voluntad de la élite gobernante sino por necesidades nacionales e internacionales— es indispensable para comprender la situación actual.
El gobierno cubano acaba de anunciar una serie de medidas que parecen destinadas a desempeñar el papel de la “zanahoria” que necesita Obama para proseguir un camino apenas iniciado: la puesta en vigor de una nueva Ley Electoral, que deberá regir las elecciones generales de 2018, y la realización del VII Congreso del Partido Comunista (PCC) del próximo año; la puesta en marcha de una nueva división político-administrativa y la generalización del modelo de funcionamiento de los órganos locales del Poder Popular, que se experimenta actualmente en las provincias de Artemisa y Mayabeque.
Como suele ocurrir en Cuba, lo dicho no ofrece mucha información y queda abierto a propósito para las especulaciones, No se trata de depositar demasiadas esperanzas en el anuncio, pero hay algo cierto: lo que se inicia a partir de ahora es  la transición del poder de la generación histórica a los nuevos políticos cubanos. Raúl Castro ya ha anunciado que no buscara reelegirse para un tercer mandato al frente del Consejo de Estado.
Por supuesto que ahora vendrán las declaraciones de los disidentes afines a Miami. de que nada importante ocurrirá  y que solo se trata de cambios “cosméticos”. Pero más allá de que palabras de este tipo garanticen fondos y nuevos viajes, poco valor hay en despreciar lo que ocurre en el país.
Si bien el gobierno de La Habana no ha logrado establecer un programa de desarrollo económico que satisfaga las necesidades de la población, sí ha sido capaz de mantener al pueblo bajo el régimen de una economía de subsistencia. Ni el desarrollo ni la miseria extrema generalizada en tiempo y espacio.
Mientras la disidencia pudo en un momento enfatizar sus demandas sobre las diferencias en los niveles de vida, incrementados en los últimos años, en su lugar ha encaminado su discurso hacia la lucha por una alternativa política y reclamos en favor de la libertad de expresión.
Este esfuerzo se vio afectado por la represión en Cuba, pero tuvo una amplia repercusión internacional.
La situación, sin embargo, ha derivado hacia un panorama en que elementos dispersos y contradictorios contribuyen al statu quo: la obligatoria mención a la oposición de los gobiernos extranjeros, desde los europeos al norteamericano, mientras en la isla impera el aislamiento del movimiento.
De ahí que resulte desatinada y falta de pudor cualquier comparación entre el papel del movimiento disidente cubano y la función que desempeñaron en su momento organizaciones como Solidaridad en Polonia.
La discrepancia entre la proyección internacional de la oposición en Cuba y su bajo relieve en la isla ha sido un factor que ha contribuido a perjudicarla por vías diversas, como la promoción de figuras menores a partir de sus afinidades con el exilio de ultraderecha. Pero donde los opositores han resultado más afectados es en la repetición de errores por parte de Washington. Tanto cuando financió la lucha armada contra Castro como cuando apoyó la vía pacífica, Estados Unidos ha impuesto no solo su ideología sino también su política.
Es hora de que EEUU modifique esta política, y deje de brindar recursos a organizaciones que emplean la mayor parte de ese dinero a subvencionar grupos pocos efectivos, más empeñados en una función de cabildeo no declarado en favor de la política por años sostenida por el Partido Republicano, que a contribuir al avance democrático en Cuba, Esto no implica una transferencia de dinero a instituciones afines al régimen ni a supuestos representante de una “sociedad civil” que no existe en la isla. Es simplemente que Washington debe ampliar sus perspectivas y dejar a los cubanos resolver los problemas por ellos mismos: sin patria, pero sin dólares. Puede argumentarse que así no se resolverán los problemas, pero al fin se sabrá quienes son los verdaderos opositores.

martes, 24 de febrero de 2015

Cuba, Obama y los ciclones


El paso de un huracán es fortuito, inevitable e incierto. La metáfora del ciclón, recurrente no solo en la literatura sino también en el imaginario cubano, vuelve estos días no con afán simbólico sino como ejemplo práctico. Un fenómeno atmosférico cuyas consecuencias muchas veces se comparte. Claro que al mencionar el hecho es indispensable dejar fuera a un protagonista de antaño: Fidel Castro.
Con el título Meteorología, un vínculo mutuamente ventajoso, el diario Granma publicó un artículo el 17 de febrero destinado a recalcar los vínculos mutuamente ventajosos de una colaboración estrecha entre Cuba y Estados Unidos, al tiempo que recuerda las quejas por las limitaciones tecnológicas impuestas por el embargo. Vale la pena enfatizar estos dos puntos, porque sobre ellos gira en buena medida el discurso que poco a poco se va estableciendo en la prensa oficialista cubana: conveniencia y reclamo.
Atrás va quedando —al menos por el momento— no solo la beligerancia sino también los antiguos portavoces. Científicos, escritores e historiadores explican ahora los cambios que se avecinan. Ese recurrir a nuevos voceros —de apariencia neutral aunque fieles a las nuevas pautas— ejemplifica una clave importante: la voluntad de establecer un nuevo rumbo. Lo que dicen es tan importante —o más— que las consignas y discursos que aún se escucharán por algún tiempo desde las voces de mando. No es que ocupen ahora el poder. Simplemente que lo representan en una esfera que seguramente aún preocupa a quienes realmente gobiernan: el cambio de discurso de plaza sitiada a plaza visitada.
La atmósfera no reconoce fronteras, afirma José Rubiera, jefe del Centro de Pronósticos del Instituto de Meteorología. No hay que detenerse en lo elemental del planteamiento, más bien destacar el razonamiento que implica: marchando juntos, aunque independientes, no irá mejor.
“El hecho de estar amenazados por idénticos peligros naturales ha sido clave en el mantenimiento de sistemáticos intercambios entre los meteorólogos de ambos países, incluso en etapas históricas  bastante alejadas de la actual”, dice Rubiera.
No es casual que la misma idea aparezca en otra publicación oficialista, Cubadebate, señalada por otro científico.
“En décadas de enfrentamiento entre ambos países siempre ha habido cercanía entre la comunidad científica norteamericana y  los científicos cubanos. Eso no ha dejado de existir. Por supuesto, matizado o limitado por el bloqueo y la hostilidad de la política norteamericana hacia Cuba”, afirma Agustín Lage Dávila, director del Centro de Inmunología Molecular (CIM), de La Habana.
Iguales coincidencias, el mismo reclamo. Un médico y un meteorólogo. Vuelve la república de generales y doctores, que en corto tiempo ha encontrado lo que parece ser una vía no solo de asimilar la nueva situación sino de afianzarla.
La referencia a los ciclones tiene al menos dos lecturas importantes.
En el año que se produjo un cambio en la presidencia de la isla —con mucho de continuidad, pero también con el establecimiento paulatino de una nueva dinámica de gobierno, que avanza muy lenta pero constante—, la nación sufrió el azote de tres ciclones y el gobierno de La Habana no solo avanzó notablemente en el terreno diplomático, sino demostró una capacidad de organización, control (en buena medida represivo) y adaptación.
La segunda referencia es histórica. Con la llegada de Fidel Castro al poder, los huracanes dejaron de ser fenómenos atmosféricos. La retórica militar —repetida una y otra vez para encasillar el paso de la tormenta— evidencia un afán de enfrentamiento opuesto a la sabiduría campesina del “vara en tierra”: agacharse hasta que pasen los fuertes vientos, mientras uno se cubre de la lluvia. Mientras el mayor de los Castro estuvo de manera visible al frente del país, todo ciclón era un enemigo que si bien no se podía dominar y guiar, al menos había que impedir se convirtiera en protagonista de la historia.
El exgobernante desplazaba la atención ciudadana: del pronóstico meteorológico y la opinión de los expertos a la palabra del líder. La población debía estar consciente no sólo de que estaba bien informada, sino sentirse además estimulada a depositar su confianza en la capacidad del máximo dirigente, quien permanecía en el puesto de mando como un capitán de navío.
Ya no. El paso del huracán ha vuelto al terreno de los expertos. Se fortalece una tormenta tropical en el Caribe y la catástrofe amenaza con llegar a Estados Unidos. Hay mucho de advertencia en las palabras de Rubiera.
“De contar Cuba con mejores y más seguros sistemas de comunicación meteorológica, nuestros datos llegarían a ellos [los especialistas de EEUU] de manera más rápida, lo cual beneficiaría la eficiencia y confiabilidad de los pronósticos de huracanes”, afirma en una referencia al embargo.
Basta recorrer en estos días la prensa oficial cubana y es notable la disminución o ausencia de ataques —e incluso críticas— hacia el enemigo por décadas.

El proceso apenas iniciado de acercamiento entre Washington y La Habana es también inevitable e incierto, como un ciclón.
Esta es mi columna semanal en El Nuevo Herald, que aparece en la edición del lunes 23 de febrero de 2015.

jueves, 19 de febrero de 2015

El fin de las Damas de Blanco


Dentro del amplio y disperso panorama de la oposiciónr cubana, las Damas de Blanco cumplieron un objetivo con claridad meridiana y firmeza digna de elogio. Lo que les faltó de imaginación supieron compensarlo con coraje, en un momento en que la mínima oposición al régimen era castigada con rigor implacable. Lo demás, lo que vivimos ahora, es la decadencia de una ilusión surgida en un momento difícil.
Tras superar su razón de origen —luego de la liberación de quienes fueron injustamente encarcelados durante la oleada represiva de la “Primavera Negra” de 2003—, las Damas de Blanco intentaron redefinirse en una propuesta mayor.
Sin embargo, en parte por incapacidad de sus líderes y en buena medida también por lo restringido de un movimiento puntual no han logrado mayor trascendencia. Todo lo contrario: se han convertido  en un remedo para fines partidistas en Miami. Ahora unas declaraciones desafortunadas. de quien figura como su líder, Berta Soler, y un video que llega tarde y muestra una especie de “acto de repudio” al mejor estilo castrista —donde algunas de las tradicionales víctimas aparecen como nuevas victimarias— ha desatado cierto escándalo. que no por sabido deja de despertar indignación y rechazo a la luz pública.
Pero más allá de la notable incapacidad de Soler al frente del grupo —nada nuevo por cierto—, lo que debe llevar a la reflexión es comprobar las limitaciones que enfrentan ciertos grupos y actos, meritorios en su momento frente a la represión del régimen, pero imposibilitados de contribuir de forma sustancial a un esquema de futuro para la nación. Las Damas de Blanco cumplieron su objetivo. Si deciden permanecer o no es una decisión de sus miembros, pero el otorgarle representación en una discusión nacional va más allá de sus derechos fundacionales —ya agotados—, y es un asunto abierto a la discusión y el análisis.
En este sentido, detenerse en lo anecdótico no es más que otra forma de esquivar el problema. Enfatizar las palabras de Soler —alguien, por otra parte, de condicionado razonamiento, poca cultura y  pobre capacidad de expresión— encierra el peligro de no escapar de las ideas y conceptos que se pretenden criticar.
Sí, es cierto que en su declaraciones la actual líder de las Damas de Blanco repite en versión reducida algunos de los postulados clásicos del castrismo —¿elecciones para qué?, rechazo a escuchar opiniones ajenas y legitimidad de poder otorgada a través de la lucha y un ejercicio fundacional—, pero limitar el análisis a esos puntos pasa por alto lo que constituye la clave del problema: la doble manipulación que ha ejercido sobre su figura el sector más retrógrado del exilio y el aprovechamiento obtenido por ella al convertirse en supuesto paradigma desde la isla de posiciones y actitudes políticas elaboradas en Miami.
Dejando a un lado la torpeza demostrada por Soler —y un afán dictatorial  ya evidente—, su figura no se diferencia fundamentalmente de otras, igualmente acuñadas en Miami, pero originadas en Cuba: Guillermo Fariñas, Jorge Luis García Pérez (Antúnez) y Rosa María Payá, entre otras.
Quizá en el caso de Soler se ha hecho más evidente en estos momentos esta doble trampa: amparada y alimentada desde Miami, las repetidas rencillas, videos y reclamos en torno a sus acciones coloca a quienes la apoyan en el exterior —con recursos y respaldo político— en un urgente movimiento de “control de daño”: ¿cómo justificar su presencia en una audiencia del Senado, como representante de los reclamos en favor de democracia y derechos, cuando desde meses atrás ya se sabía su actuación dictatorial?
Con independencia de los pasos a seguir por sus patrocinadores —desde intentar un mayor control mediante una administración más rigurosa del dinero hasta ampararse en el paso del tiempo, el buscar minimizar la difusión de los hechos (algo ya imposible, gracias a la democracia estadounidense“ y el socorrido expediente de la represión castrista, con la contribución cómplice de La Habana— el daño que Soler ha hecho a la oposición, y no solo a las Damas de Blanco, ocurre precisamente en un momento de acercamiento entre Estados Unidos y Cuba, donde al reclamo de participación de activistas en la isla puede contrastarse la debilidad de un movimiento incapaz del menor acuerdo entre sus miembros.
Aquí cabe señalar la debilidad de un argumento esgrimido por Soler —la penetración de la Seguridad del Estado dentro del movimiento opositor— y los límites del esfuerzo de lograr un apoyo internacional mediante el gasto —despilfarro en ocasiones— del dinero proporcionado por los contribuyentes estadounidenses.
Más allá del aspecto incuestionable, que implica reconocer el empeño de la Seguridad cubana en penetrar el movimiento opositor, están las respuestas ante el hecho. Estas van de una actitud cínica a la duda generalizada frente a cualquier esfuerzo opositor..
La réplica inmediata al argumento de que un mayor acercamiento entre Washington y La Habana no solo brinda “oxígeno“ al régimen, sino al mismo tiempo recursos a las fuerzas represivas, puede ser contrarrestada con decir simplemente que el dinero destinado a los disidentes alimenta también a los represores, como le ocurrió en su momento a Martha Beatriz Roque —cuando se conoció que su principal asistente, Aleida Godínez, era una agente del régimen que trabajaba entre la disidencia— y se ha repetido luego en otras situaciones: hasta un vendedor ocasional de aguacates puede ser un informante del gobierno.
Pero quizá lo peor es que la acusación de supuesto agente castrista  —la difusión del acto de repudio realizado por algunas Damas de Blanco el 16 de diciembre fue obra de Alejandro Yánez, un reportero independiente “al servicio de la Seguridad del Estado”, según Soler— es un arma de doble filo.
El argumento de la penetración castrista dentro de las Damas de Blanco, el grupo de Fariñas o cualquier otra organización disidente no debe servir de justificación. En primer lugar porque evidencia debilidad de estos grupos, que indiscutiblemente realizan su actividad en condiciones difíciles, y por lo tanto meritorias. Ser líder de un grupo en estas condiciones evidencia excepcionalidad: es difícil reclamar méritos al tiempo que se reconocen debilidades. Si se está dispuesto a una lucha en condiciones arduas, el fracaso es posible pero no sirve de escudo.
Lo más grave en estos casos es que dicho argumento abre la puerta al argumento contrario: acusar de agente a otro no impide igual réplica en sentido contrario. ¿Quiénes son los agentes y quiénes no? Abrir esa caja de Pandora lleva al posicionamiento a partir de un acto de fe, conveniencia o interés.
Otro argumento de Soler, la apelación al papel de víctima, resulta igualmente limitado en su alcance, a la vez que muestra un cierto desfasaje frente a la situación actual.
“No estamos en contra de las personas que emigren, pero ellas emigraron, no están dentro de Cuba, los problemas internos de las Damas de Blanco los resolvemos aquí dentro la gente que estamos día a día recibiendo golpes, hostigamiento y yendo al calabozo”, declaró Soler de acuerdo a la agencia Efe. Luego añadió que, para ella, las activistas en el exilio tienen derecho a opinar, pero no a pedir su renuncia o expulsión.
Por encima de las exageraciones en sus palabras, llama aquí la atención ese interés en limitar el derecho de opinión de quien no solo es considerada paladín de la libertad de criterios sino también depende en gran medida del apoyo exterior. Ese apoyo, de acuerdo a su razonamiento, debe ser incondicional y ajeno a los cuestionamientos. La represión entonces actúa no solo como consecuencia de la naturaleza del régimen, sino sirve también de patente de corso para colocar a las víctimas más allá de cualquier cuestionamiento.
El problema radica en lo limitado —e incluso peligroso— que resulta el fundamentar una nación sobre el principio de un supuesto “martirologio“, y no a partir de una ejecutoria democracia. Pero más allá de lo inadecuado del principio está el hecho de que, sin la sustentación y legitimidad que otorga el exterior, en este caso el exilio —al que ahora pertenecen quienes firman la carta que pide la renuncia de Soler—, su organización carece de una base sólida, no solo por su limitadísima membresía sino por la carencia de recursos.
Las Damas de Blanco, al igual que ocurre a todos los grupos opositores en Cuba, existen principalmente de cara al exterior, no por su efectividad y resonancia en la isla. Dejando a un lado los supuestos malos manejos en la distribución de recursos —que es en fondo lo que origina esta y otras disputas dentro de las Damas de Blanco—, el negarse a una discusión al menos con las activistas en el exilio convierte al grupo simplemente en un frente autocrático en lo interno, que sirve y se sostiene de acuerdo a intereses afines únicamente con quienes las emplean desde fuera, no como representante de una Cuba futura.
Una disidencia que en lo interno se debate entre sospechas, manejo cuestionable del dinero, acusaciones de favoritismo y distribución de beneficios y prebendas difícilmente puede encontrar una justificación mayor a partir de su exposición en el exterior, particularmente cuando esa presencia obedece y se sustenta en el apoyo de organizaciones internacionales que no son más que receptoras del dinero del contribuyente estadounidense.
Durante años el National Endowment for Democracy (NED), catalogado como un grupo sin fines de lucro que recibe dinero del gobierno federal, pero también acusado de ser simplemente un tipo de organización pantalla para simplemente lograr un cambio de régimen en Cuba —un objetivo apreciable a los fines de buscar la democracia en la isla, pero que no por ello elude la acusación de encubrir sus verdaderos fines—, ha destinado cuantiosos recursos a organizaciones en países tan disímiles como España, Chile, Argentina, Perú, República Checa, ¡Eslovaquia! , y por supuesto Estados Unidos, para desarrollar publicaciones, seminarios y actividades en que en los últimos años —gracias a la nueva ley de inmigración cubana— han participado disidentes y opositores en general —y esto no es una referencia específica a Soler— , cuyos viajes han sido sufragados no por la voluntad anticastrista y el fervor por la democracia en la isla de dichos representantes, sino gracias al dinero de los contribuyentes estadounidenses.
Si bien tantas reuniones, seminarios y encuentros —donde siempre se enfatiza la necesidad de la democracia en Cuba antes de que lleguen los postres— han ayudado  a divulgar la ausencia de derechos en la isla, poco acumulan a la hora de contabilizar los avances del movimiento opositor dentro del país. Una disidencia que se proyecta con mayor énfasis al exterior que en lo interno solo puede esperar el saludo ocasional —y casi siempre hipócrita— del político de turno, pero la realidad continúa siendo que a la hora de negociar los países continúan definiendo su agenda, de acuerdo a sus intereses, con quienes gobiernan en la Isla.
Hay que reconocer a las Damas de Blanco que en este contexto internacional lograron mucho más que otras organizaciones, siempre que supieron limitar su función a su objetivo de origen. Si la Iglesia Católica fue una de sus principales bases de sustentación, bajo la dirección de Soler el grupo ha ido apartándose de esa meta original en favor de una agenda estrecha dictada desde Miami. Ahora llega esta pérdida de credibilidad de su líder, que las deja divididas y cada vez más aisladas.