martes, 21 de octubre de 2014

El encanto del humo


El fotógrafo suizo René Burri comenzó su carrera siendo aún niño, a los 13 años, al retratar a Winston Churchill en Zúrich. A partir de ese momento, toda su trayectoria se definiría entre dos polos: la instantánea apegada al testimonio y la composición de una imagen que busca trasmitir una opinión o idea, ya sea mediante el simbolismo o simplemente por medio de un sujeto convertido en objeto. Fue en la primera de estas fórmulas donde acumuló mayores méritos, y al fallecer el domingo a los 81 años ya ocupaba desde hacía décadas un puesto destacado entre los fotorreporteros. Fue precisamente en la fotografía en blanco y negro, hecha con una Leica, donde se encuentran sus mejores obras. Por supuesto que formó parte de la agencia Magnum hasta su fallecimiento a causa de un cáncer. Más que un sitio de trabajo una definición que alcanzó su logro mayor en el retrato que le hizo a Ernesto “Che”, Guevara, por el cual se le identifica en todo el mundo. Como ocurrió en otros casos, no sería hasta cuatro años después de la muerte del guerrillero que la foto no se hizo famosa, algo que nunca le preocupó: Burri consideraba que todo el valor de esa instantánea no radicaba en el sujeto fotografiado sino en el encanto del humo.
Es inevitable al hablar de Burri el recordar a Henri Cartier-Bresson. Tanto en cuanto los unía como en aquello que los distanciaba. Fue el propio Burri quien habló de esa distancia en una entrevista.
“En aquellos días Henri Cartier-Bresson nos tenía limitados a usar solamente lentes de 35 mm a 90 mm. Cuando le mostré las fotos dijo: ‘¡Brillante René!’. Salí ahuera y grité: ‘¡Hah!’. Él me oyó y exclamó: ‘¿Qué fue eso?’. ‘Nada, no te preocupes’, le respondí. El lente que había utilizado era de 180 mm, pero nunca se lo dije. En ese momento,  rompí mis ataduras con mi mentor, maté a mi mentor”.
La fotografía a que se refiere Burri es una de sus mejores  y emblemáticas, en una dirección completamente opuesta a las imágenes en pequeño formato. Hombres en el tejado, tirada en Sao Paulo, Brasil, muestra el interés del fotógrafo por la geometría y la arquitectura. De hecho mantuvo una larga amistad con Oscar Niemeyer y Le Corbusier, del cual también hizo un célebre retrato. La foto, realizada como parte de una asignación para la revista Praline, muestra en un solo cuadro a la multitud recorriendo a pie y automóvil las calles de la ciudad, al tiempo que destaca a un pequeño grupo de hombres en un techo, y establece así un contraste entre los dos grupos, como si habitaran mundos diferentes.
La famosa foto del Che apareció en pequeño tamaño dentro de un reportaje de la revista Look, y Burri se encargó de describir posteriormente las circunstancias en que realizó su trabajo.
Burri viajó a la Isla junto a  Cartier-Bresson en 1963, los dos con el objetivo de captar imágenes de la revolución cubana y en particular del Che Guevara. Ambos trabajando para la agencia Magnum fueron enviados por las revistas Look y Life respectivamente.
A los pocos minutos de encontrarse con Guevara, en el octavo piso de su oficina en el Hotel Riviera, estalló una fuerte discusión ideológica entre el guerrillero y la periodista que viajaba con Burri, Laura Bergquist.
"No me miró ni en un solo momento", contó luego Burri, pero ello no lo detuvo para aprovechar lo que llamó la "increíble oportunidad “de fotografiar al Che en todo tipo de situaciones: sonriendo, furioso, de espaldas, de frente. "Gasté ocho rollos de película", dijo a su regreso.
También describió a Guevara como “un hombre arrogante, pero con encanto ... Era como un tigre en una jaula”.
Cartier-Bresson, que a su vez captó al Che en otra ocasión durante el mismo viaje, y  quien no solo realizó una foto igualmente famosa sino escribió su experiencia en un libro, dijo del revolucionario que lo percibía como “un hombre violento pero realista”, para agregar: “Un hombre persuasivo y un verdadero anarquista, pero no es un mártir. Uno siente que si la revolución en Cuba resultara aniquilada, el Che reaparecería en otro lugar de Latinoamérica, vivo y arrojando bombas”.


Las fotografías de Guevara realizadas por Burri y Cartier-Bresson, durante la visita de estos a Cuba en 1963, guardan un contraste interesante con la tan famosa imagen del Che hecha por Alberto Korda. Al contemplarlas unidas, las diferencias hacen evidente que lo importante no es el sujeto que aparece retratado, sino la fecha en que son publicadas. La imagen definitiva hecha por Korda, con el encuadre que la hace célebre, estuvo guardada en un archivo por varios años, las otras fueron publicadas de inmediato, aunque su celebridad es también posterior a la muerte del fotografiado. Entre ellas se encierra la distancia que va del hombre al mito.
Esa distancia entre ellas encierra la historia de la revolución cubana. La de Cartier. Bresson nos muestra a un Che jovial y joven —pese a las arrugas prematuras del rostro. El llamativo reloj en el brazo izquierdo, las dos copas y la taza de café al frente contribuyen a humanizar el retrato. Pero es la sonrisa del guerrillero la que nos devuelve a la época en que aún era posible la duda: nada más alejado de las intrigas por el poder, los combates sin escapatoria en la aridez del campo latinoamericano y el empecinamiento en una lucha a muerte que ese argentino —porque la instantánea permite otorgarle una nacionalidad y no perderlo en un símbolo— que mira confiado y risueño a sus supuestos interlocutores.
La foto de Burri es quizá la que mejor capta las características personales del sujeto, un hombre distante y altanero, como lo describió el mismo fotógrafo, que mira desafiante a la cámara. Ese desprecio no es heroico ni revolucionario, es simplemente inherente al individuo. Nos llega a través del lente no solo en la forma de desafío, sino de altanería. Como en las otras dos, demuestra esa fotogenia única que caracterizó al Che.
Si la foto de Korda logra acaparar una eternidad que ahora se resume en camisetas y carteles para turistas y manifestantes tras una ilusión perdida, la de Cartier-Bresson es un documento histórico y la de Burri un reflejo personal. La primera y famosa se identifica con un período convulso, que afectó a todos los países. La otras dos nos devuelven a una época de ilusión en solo una isla; Cartier-Bresson trasmite una mirada triste pero no ese rechazo en blanco y negro que caracteriza a la imagen lograda por Burri.


La fascinación por retratar al Che y a Castro fumando forma de por sí toda una iconografía. Cartier-Bresson, al igual que Korda, tienen fotos de Castro fumando. Todos los fotógrafos cubanos y extranjeros que persiguieron las mismas imágenes repetidas de aquellos primeros años fueron tras actos similares. Incluso el visitante más célebre de entonces. Refriéndose a los “gruesos labios rojos” de Castro, en una descripción cargada de erotismo, Jean Paul Sartre describe que los ha visto “trágicos o coléricos, nunca sensuales —salvo quizá cuando se cierran como un puño alrededor de un largo tabaco generalmente apagado”.
René Burri comenzó a trabajar para la agencia Magnum en 1956. A partir de ese momento cubrió los acontecimientos políticos más importantes alrededor del mundo. Antes había estudiado en la Escuela de Artes y Oficios de Zúrich y brevemente como asistente de camarógrafo para los estudios de Walt Disney en Suiza. Pero en realidad hasta entonces su mérito más importante se reducía a una foto, del estadista y famoso fumador británico, hecha con una vieja cámara Kodak en 1946. Todo el humo y la gloria estaban por venir.

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lunes, 20 de octubre de 2014

El exilio ante la prueba decisiva


Mientras el exilio en Miami continúa empecinado en la bipolaridad castrismo-anticastrismo, quienes rechazan el régimen en Cuba han ampliado sus fronteras, abierto nuevas vías al debate y transformado  el panorama opositor.
Esta transformación ha ocurrido tanto en los terrenos del análisis y la información como en el alcance y la prontitud de las denuncias. Los cambios obedecen a diversos factores —algunos originados por el propio gobierno cubano, otros debido al avance tecnológico y en menor medida gracias a las reducidas modificaciones de actitud hacia el caso cubano en Washington—, aunque todos coinciden en un denominador común: la disminución de la influencia del exilio a la hora de dictar pautas políticas contra el gobierno de la Isla.
Esta evolución puede resumirse en dos aspectos que se complementan: ha pasado de factor beligerante a fuente de suministro; de motivo de preocupación para la Plaza de la Revolución a barraca de visitantes.
También hay dos cuestiones básicas que no deben olvidarse. La primera es que la disminución en la influencia política no se traduce en un movimiento contrario, sino en señal de estatismo. En este sentido se ha sumado a la pasividad reinante en la Isla, donde la actitud de espera define la situación.
La segunda cuestión —e incluso más importante— es que la transformación demográfica dentro del exilio, que a diario repite la prensa, no trae como resultado, de forma automática e instantáneo, un cambio político. Dicho en otras palabras, el fenómeno de los llamados “nuevos votantes” aún no se ha demostrado en las urnas y es posible que por persistencia e incluso —hay que reconocerlo— fervor patriótico, de acuerdo a sus ideales y concepciones, el denominado “exilio histórico” siga conservando un determinado peso político por un tiempo. Aquí, igual que en Cuba, la respuesta final está en manos de la biología.
Como parte de este hecho, nada apunta a que no se mantendrá, dentro del poder legislativo estadounidense, esa tendencia poderosa que apunta al mantenimiento de un statu quo donde la confrontación y el enfrentamiento definen el tablero de juego.
Todo ello lleva a que la actual ofensiva —y no hay que negar tampoco que se está ante una ofensiva en toda regla— en favor de una reformulación de la política estadounidense hacia La Habana en realidad no aspira a lograr un levantamiento del embargo, aunque lo proclame, sino a conseguir un cambio de actitud, otro enfoque y abordaje del problema cubano. Para ello, además, cuenta con un tiempo limitado: los dos años finales de mandato del presidente Barack Obama. El objetivo entonces es aprovechar una ventana, ni más ni menos.
Si de lo que se trata es de lograr un cambio de actitud, que rehúya la bipolaridad, el todo o nada —es precisamente en esos términos que fue dictada la Ley Helms-Burton— y los resultados inmediatos, se requiere entonces un marco de referencia distinto, no solo en la consecución de los objetivos, tarea propia de los políticos, sino en el análisis de los propósitos.
Definiciones y términos
Está en primer lugar el problema de las palabras. Las definiciones y los términos habituales son cada vez menos aptos para establecer posiciones. No es un fenómeno que afecta solo a la situación cubana, pero que en esta ciudad se refleja en dos direcciones, tanto en lo relacionado con la política nacional (estadounidense) como en todo lo que tiene que ver con la Isla. Dos patrias tienen algunos: Cuba y Miami.
De esta forma, los términos derecha, izquierda, reaccionario, revolucionario, progresista y conservador han adquirido nuevos matices, y en ocasiones su empleo emborrona en lugar de aclarar la discusión.
Para comenzar, tenemos a quienes aquí se llenan la boca para afirmar que son conservadores. Esto equivaldría a decir que obedecen a un pensamiento que no se sustenta en un conjunto particular de principios ideológicos, sino más bien en la desconfianza hacia todas las ideologías. Pero en la práctica no es así.
En el mejor de los casos, estas personas no necesariamente están a favor del ancien régime (la dictadura de Batista) y sus iniquidades, ni tampoco proponen una ideología contrarrevolucionaria, sino que al tiempo que advierten contra la desestabilización que ha acarreado las políticas revolucionarias, se declaran a favor de que lo mejor para Cuba hubiera sido una serie de cambios paulatinos —en muchos casos referidos a las costumbres y tradiciones, pero también económicos y sociales— que eran posible alcanzar por otros medios opuestos a la acción política, ya que ésta terminaría por traer el despotismo.
Ese conservadurismo, que podría llamarse tradicional, es al igual punto de referencia de la izquierda, también tradicional, a la hora de identificar al exilio de Miami. Lo que ocurre —y debe repetirse— es que en realidad tal actitud está casi ausente de esta ciudad.
Lo que con los años ha alcanzado mayor resonancia mediática —en la parte más vocinglera y visible de la comunidad exiliada— no es el conservadurismo, sino una actitud ultra reaccionaria.
En muchas ocasiones, en el discurso político y la información periodística, se asocian los términos conservadores y reaccionarios, pero no son sinónimos. Mientras que la clásica confrontación entre liberales[1] y conservadores tiene que ver con los seres humanos y su relación con la sociedad, la disputa ente revolucionarios y reaccionarios se refiere a la historia.
Hay dos tipos de reaccionarios, que pueden coincidir en diversos objetivos, pero difieren fundamentalmente en su actitud hacia el cambio histórico. Unos añoran el regreso a un estado de perfección que ellos creen que existía antes de la revolución (la cual puede ser política, pero también social, económica y cultural). Otros suponen que cualquier revolución es un hecho que no tiene marcha atrás, pero que la única respuesta a una transformación tan radical es llevar a cabo otra similar.
Para referirse al segundo grupo, en la actualidad estadounidense no hay mejor ejemplo que los miembros del Tea Party, unos contrarrevolucionarios que buscan destruir todas las leyes, principios y normas que llevaron a la creación de una sociedad con servicios de seguridad social, asistencia pública y beneficios para los más necesitados, y volver a la época del capitalismo más salvaje de la década de 1920, existente antes del establecimiento del New Deal/Fair Deal de las décadas de 1930 y 1940 y de la puesta en práctica años después del concepto de la Nueva Frontera/Gran Sociedad de los años 60.
En lo que se refiere a Cuba, en la actualidad es correcto catalogar de reaccionario al actual mandatario Raúl Castro, cuyas anunciadas reformas son pocas, superficiales y atrasadas. Pero al mismo tiempo, la parte más visible del exilio —en lo que respecta a la opinión política— se niega a adoptar una posición progresista, y ha acogido con beneplácito la actitud ultraconservadora incendiaria que caracteriza al Tea Party.  En una contradicción política más, estos exiliados adoptan al mismo tiempo la nostalgia retrógrada y la combatividad de Tea Party. Son revolucionarios-reaccionarios.
Sin embargo, entre quienes rechazan al régimen en la Isla no está presente el afán contrarrevolucionario de destruir por completo a la sociedad existente, ni tampoco la vuelta nostálgica a la Cuba de ayer.
Es por ello que junto con esa ya señalada ofensiva en favor de lograr una mayor flexibilización del embargo económico —y aquí el objetivo fundamental es el turismo estadounidense— ya desde antes La Habana estaba enfrascada también en otra.
Dos ofensivas
Esta segunda ofensiva no la lleva a cabo contra los residentes de la isla; no pretende intervenir nada ni nacionalizar negocio alguno; nada tiene que ver con piruetas ideológicas anteriores, como la construcción paralela de socialismo y comunismo; tampoco está interesado, en este caso, en perseguir la bolsa negra y el contrabando. No, lo que quienes mandan en la Plaza de la Revolución quieren es anular el exilio moderado, convertirlo en corderito amaestrado y restarle independencia.
Dos factores explican este intento. Uno es que La Habana se siente cómoda con la bipolaridad política que hasta ahora ha definido al exilio. Otra es el fracaso de Raúl Castro como proveedor de alimentos y en general de bienes de consumo para la población.
Si a  esto se une la incertidumbre sobre el futuro del suministro de petróleo venezolano, es lógico que los ojos del gobernante cubano se vuelvan hacia el norte, Estados Unidos y el exilio de Miami, en busca de fondos para la supervivencia.
En este sentido es también claro el tan comentado editorial de The New York Times, que en última instancia encuentra su justificación mayor en evitar una situación de caos y violencia a 90 millas de las costas de EEUU.
El problema es que el régimen castrista decepciona a diario.
No a los exiliados.
Exilio y supervivencia
Quien se marchó de Cuba más o menos voluntariamente trajo la decepción con su salida. Sin embargo, para los que optaron permanecer en la isla, o se han visto obligados a ello, no hay la más remota esperanza de mejoría.
En la actualidad, la ideología del régimen cubano se limita a la supervivencia. Y es precisamente a esta ideología a la que se sacrifica todo no por una cuestión de pureza sino de mando— a la que La Habana apela para intentar dictar pautas sobre el exilio. No sobre el exilio histórico, que por regla general ya no tiene familiares en la isla, sino sobre quienes han llegado en las dos últimas décadas. A cambio no está dispuesto a concesiones o cambios, sino a lanzar migajas.
Por supuesto que el esfuerzo ahora no es convertir a los exiliados moderados en marxistas, comunistas o socialistas esto quedó atrás y nunca tuvo mucho sentido en Cuba sino en nacionalistas. La definición nacionalista que La Habana aplica en este caso cumple un uso operativo: subordinación a los dictados de un régimen del que se ha escapado al llegar al exilio.
En primer lugar hay una farsa legal. Si la actual constitución cubana, en lo cual sigue las pautas de la Constitución de 1940, no admite la doble ciudadanía ―y fundamenta que una vez que un cubano adopta una ciudadanía extranjera pierde automáticamente la cubana―, carece de sentido jurídico que al mismo tiempo se exija a los que se han nacionalizado estadounidenses, pero nacieron en Cuba, que tengan que entrar a la isla con un pasaporte cubano.
En segundo una mezquindad política. La no satisfacción con la forma de proceder de un sector del exilio, con algunas de las normas existentes en el trato del gobierno norteamericano hacia la isla, o con la actuación de los congresistas cubanoamericanos, implica necesariamente el convertirse en coro o cotorra a favor de la libertad de “Los Cincos”.
El gobierno cubano no solo ignora la independencia política, sino la desprecia. No está dispuesto a un diálogo serio y abierto con quienes viven en el exterior. Se limita a reuniones ocasionales, con mucha publicidad y pocos resultados.
Sin el exilio
Así que en los términos en que se plantea actualmente toda la discusión sobre un reordenamiento de la política estadounidense hacia La Habana, el exilio —y especialmente el exilio de Miami— queda eliminado por partida doble o triple.
Está eliminado porque en los términos en que aún se define el sector con mayor poder político y económico marchan a la zaga del momento actual. Y por ello es que es posible el intento de circunvalación en su contra que se lleva a cabo, para así dejarlo a un lado. No estamos ante un enfrentamiento sino ante una exclusión.
Queda a un lado porque lo que sería su definición mejor, como un núcleo orgánico y realmente conservador en sus fundamentos siempre ha eludido esa naturaleza, aunque a veces la proclamara, y siempre ha preferido suscribirse a patrones que le resultan dañinos a sus objetivos, desde el declarase verdaderos revolucionarios hasta identificarse con las fuerzas más reaccionarias.
Ha sido desestimado por la incapacidad del sector más moderado a la hora de establecer una posición independiente, equidistante tanto de Washington como de La Habana, e incapaz de imponerse en asuntos concretos y cotidianos.
Para una ciudad donde a veces el clima político alcanza una intensidad fuera de lo normal, en que puede resultar difícil permanecer ajeno, el futuro puede deparar una gran frustración para muchos o algunos. Pero no para todos. Más bien caer de bruces en la realidad. Aunque nadie sabe. ¿Y si Fidel Castro muere esta noche? Creer en ello puede resultar un buen antídoto ante el desvelo. No se lo recomiendo.



[1] El término liberal está empleado en este artículo en su acepción clásica de doctrina política y económica, tal y como fue planteada por John Stuart Mill y se usa en Europa; definió las luchas políticas en buena parte de los siglos XIX y XX en Latinoamérica; así como caracterizó en buena medida la contienda política en Cuba durante la primera mitad del siglo XX. No tiene que ver con esa especie de nombrete que gustan repetir en la radio de Miami, y en general en la prensa republicana, donde liberal es  sinónimo de socialdemócrata, fabiano, comunista o el mismo diablo.

¿Anticastrismo o anticastrismos?


Siempre he tenido reservas con las categorías y los adjetivos, y no por ello dejo de utilizarlos. Es inevitable y mucho más en periodismo.
¿Hay un anticastrismo o varios? Uno solo si la respuesta se limita a una definición esencial: la oposición al régimen de los hermanos Castro. Muchos, cuando tras esa pauta se tiende a establecer una agenda única o fijar una forma de pensar, actuar o sentir que responde a un conjunto de patrones —más o menos conocidos, mejor o peor definidos, pero de exigido cumplimiento—, que convierten a una posición, o mejor una actitud ante un hecho político, en un dogma. Entonces se pasa al fanatismo. O a lo que es incluso peor: la adopción de un canon por conveniencia.
Eso en Cuba se llama oportunismo, pero la palabra ha perdido significado en el exilio y es quizá más preciso decir que se adopta una forma de pasividad, complacencia o incluso complicidad ante el charlatán de turno, el demagogo de esquina o el líder improvisado. Todo con tal de no buscarse problemas.
Quizá la clave del problema radica en esa tendencia a los extremos que aún domina tanto en Cuba como en el exilio, donde falta o es muy tenue la línea que va del castrismo al anticastrismo, palabras que por lo demás sólo adquieren un valor circunstancial.
El problema con estos patrones de pensamiento es que resultan poco útiles a la hora de plantearse el futuro de Cuba.
Cierto, las conclusiones del momento son que poco o nada cambiará en Cuba hasta la desaparición de los Castro. Pero confundir un paréntesis con un objetivo final resulta engañoso y fuente de errores y desdichas.
Los cubanos nos hemos destacado en agregar una nueva parcela al ejercicio estéril de ignorar el debate, gracias a practicar el expediente fácil de despreciar los valores ajenos. Aquí y en la isla nos creemos dueños de la verdad absoluta. Practicamos el rechazo mutuo, como si sólo supiéramos mirarnos al espejo y vanagloriarnos.
En muchas ocasiones, el encuentro de la diversidad de criterios ha quedado pospuesto. La apuesta reducida al todo o nada. Antes que discutir o aceptar diferencias, abogar por la uniformidad.
Establecer lo anterior como una situación en blanco y negro sería caer en el mismo pecado que se intenta rechazar. Ni Miami es siempre tan intransigente como la pintan, ni en ocasiones tan tolerante como debiera. Olvidar que es una ciudad generosa con exiliados de los más diversos orígenes resulta una injusticia.
La causa de todo ello radica precisamente en la razón de origen. Empecinarse, exagerar e insistir son rasgos típicos del exiliado, escribe Edward W. Said, al caracterizar una condición de la que participaba. Mediante ellos el expatriado trata de obligar al mundo a que acepte una visión que le es propia, “que uno hace más inaceptable porque, de hecho, no está dispuesto a que se acepte”.
Esa negativa a adoptar otra identidad, a mantener la mirada limitada y conservar las experiencias solitarias marca a quienes han sufrido cualquier tipo de exilio, con independencia de raza y nación.
El problema con los cubanos se ha vuelto más complejo con los años, al mezclarse las categorías de exiliado, refugiado, expatriado y emigrado entre los miembros de un mismo pueblo.
El exiliado es quien no puede regresar a su patria —la persona desterrada—, mientras que los refugiados son por lo general las víctimas de los conflictos políticos. El expatriado es aquel que por razones personales y sociales prefiere vivir en una nación extraña y el emigrado es cualquiera que emigra a otro país.
En el caso de Cuba, estas categorías han ido modificándose en los últimos años. Ahora hay muchos que viven en el exilio pueden entrar y salir de la isla sin problema. Hay indudablemente una transición de exiliado a expatriado, aunque por lo general se vuelve pero no se regresa.
Esa distancia entre el ir y el regresar —por las razones más diversas, desde políticas a económicas y familiares— está estableciendo una nueva identidad que se caracteriza por una difusión, que es ajena a lo que definió a la inmigración cubana durante la segunda mitad del siglo pasado, No es más que parte de un fenómeno mucho mayor: la difusión de fronteras entre la isla y Miami.
Sin embargo, en este caso se habla de una tendencia reciente, que es incapaz aún de caracterizar al exilio en su conjunto. Porque la inmensa mayoría de quienes viven en esta ciudad, caen en la categoría de exiliados, para los que el regreso a la patria no es aún una prioridad, y probablemente nunca lo será.
Sin embargo, aunque no todos "practican" el exilio con igual fuerza, ello no impide que se adopte un “código político”, y es aquí donde el anticastrismo es único, pero diverso a la vez.
Esta es mi columna semanal en El Nuevo Herald, que aparece en la edición del lunes 20 de octubre de 2014.

jueves, 16 de octubre de 2014

El asesinato de Serra huele mal para Maduro


La muerte del diputado chavista Robert Serra y su asistente María Herrera se ha vuelto un asunto extremadamente complicado para el presidente de Venezuela, Nicolás Maduro.
No se ha llegado aún al momento de las certezas —¿se alcanzará en algún momento?—, pero todo apunta hacia que, lo que se trató de presentar como un crimen político, fue simplemente un asesinato posiblemente motivado por robo y disputas o venganzas personales.
De que no es poco lo que se juega el presidente venezolano en este caso quedó claro con la comparecencia ante las cámaras, rodeado de la plana mayor de su gobierno.
Maduro puede anotarse en su favor un pequeño logro, al revelar la identidad de los presuntos implicados y la detención de algunos. Pero lo que ha salido a relucir —y que el Presidente no ha logrado acallar— habla mucho en contra de su gobierno. Incluso, y especialmente, en lo que se refiere a sus seguidores.
A Serra lo asesinaron con la participación de quienes estaban encargados de protegerlo. Ya se había enseñado en televisión la presunta confesión del oficial de policía Edwin Torres Camacho, el jefe de la escolta del parlamentario, uno de los señalados en las investigaciones.
Un vídeo captado por las cámaras de seguridad registró el hecho.
Serra y Herrera fueron atacados con un punzón. Sin embargo, contaban con un sistema de seguridad —tanto en hombres y equipos— que estaba supuesto a impedir que un crimen se cometiera con medios tan simples. Este abismo entre lo primitivo del arma del delito y los recursos con que contaba para su protección el destacado miembro del chavismo solo se explica por la participación en el crimen de los propios “defensores”.
Al parecer el presunto móvil del delito fue el robo de la caja fuerte del diputado, donde guardaba dos fusiles y asalto y dólares en efectivo, para vengar una discusión previa.
Los participantes en el delito, según el propio presidente venezolano, fueron:
Torres Camacho.
Carlos García Martínez (El Tintín): escolta de Serra.
Padilla Leiva (El Colombia): jefe de la banda “El Colombia”, la cual organizó el homicidio del diputado. Maduro aseguró que la banda de Padilla está vinculada con grupos paramilitares, quienes llevaban tres meses planificando el asesinato.
Jhonny José Padilla (EL Oreja): funcionario de Policaracas y escolta de Serra.
Fariñéz Palomino (El Eme): jefe del equipo de protección del diputado Robert Serra, junto con Torres Camacho.
Danny Salinas Quevedo: miembro de la banda “El Colombia”.
Hay otros dos involucrados que no fueron identificados por el Presidente. Estos habrían esperado fuera de la vivienda de Serra para trasladar a los asesinos luego de que cometieran del crimen.
Todo esto habla muy a las claras de la actual situación venezolana, donde un “diputado” no solo necesita una escolta con dos jefes y todo —no un sencillo guardaespaldas, en el mejor o peor de los casos— y que al parecer tenía en su vivienda fusiles de asalto y dólares.
La imagen es más propia de un jefe mafioso, jefe de una banda o incluso miembro importante de una organización delictiva que la de un legislador en un país democrático. ¿Qué clase de político era ese que se había rodeado en su intimidad —y depositado su confianza— de individuos violentos que por avaricia, envidia o despecho no dudaron en traicionarlo? Hablo de imagen, no digo que lo fuera. Pero las apariencias son muy negativas y lo mejor que se puede decir en favor del gobierno de Maduro es que evidencian el clima de inseguridad, violencia y delito que asola al país.
En el orden de lo estrictamente policial, dos de los supuestos autores —Torres Camacho y García— están detenidos. Los otros cuatro, entre ellos Padilla, están fugitivos. La eficiencia policial, en un caso tan sonado, está al menos en entredicho.
Desde el inicio Maduro ha tratado de vincular el crimen a un grupo paramilitar colombiano. Incluso fue más lejos y acusó al expresidente colombiano Álvaro Uribe.
Atribuir el crimen a una supuesta banda paramilitar extranjera cumplía un objetivo muy preciso: no es un delito de venezolanos sino una agresión desde fuera. Ahora se sabe que la mayoría de los participantes fueron venezolanos.
Pero además Maduro quiso y quiere darle un carácter político al asesinato, y aún habla de un “falso robo”.
El problema para el presidente venezolano es que, ni en un gobierno autoritario, ni en una dictadura, ni mucho menos en un sistema totalitario, las cosas se hacen así. Cuando se muestran pruebas, se fabrican evidencias, se obtienen confesiones o se “descubre” un plan de esta naturaleza, la presentación se hace con todos los cabos atados, sin dejar resquicios, aunque todo sea una maquinación. El “paquete” se presenta amarrado y sin porosidad alguna.
Se podría argumentar en favor de Maduro que todo lo que se consideran “fallas” en este comentario no son más que una demostración del carácter democrático de su gobierno.
El problema es que el historial, la actitud y la ejecutoria diaria del gobernante apuntan en otro sentido. Maduro no es un demócrata, es un inepto.
Y es aquí donde el presidente de Venezuela ha vuelto a dar una prueba de que es un mal alumno de los hermanos Castro, lo que contribuye a incrementar el clima de inseguridad no solo en los miembros de la élite chavista sino entre sus seguidores más humildes.
El primer error de la comparecencia de Maduro es la falta de detalles, la frustración que ha creado y parte de la cual es culpable el mismo suspenso que generó el gobernante durante los días previos.
Maduro se apresuró a brindar nombres, como prueba de que la resolución del asesinato está en marcha. Pero ha demostrado ser incapaz de brindar el menor detalle sobre lo que considera es la motivación política del crimen y quienes están detrás de los asesinatos. Eso jamás le habría ocurrido a Fidel o Raúl Castro.
Cuando este mismo año fue asesinado Eliécer Otaiza —exmilitar, compañero de asonadas golpistas de Hugo Chávez, y exdirector de la policía política—Maduro llegó a insinuar que obedecía a un crimen “preparado desde Miami” por sectores contrarrevolucionarios. Sin embargo, las pesquisas policiales responsabilizaron del crimen a un grupo de delincuentes juveniles del sureste de Caracas, la segunda ciudad más violenta del mundo.
Maduro imagina conspiraciones políticas por todas partes, pero se niega a ver la realidad de violencia y muerte a la que su gobierno y el de su antecesor han sumido a Venezuela


La corrupción y Cuba en debate Rousseff vs. Neves


La presidenta de Brasil, Dilma Rousseff, y el candidato opositor Aécio Neves cruzaron acusaciones por temas de corrupción y ética en el primer debate del balotaje entre ambos, que tuvo a Cuba como asunto destacado en política exterior.
En un duelo verbal transmitido por la red Bandeirantes para la elección presidencial del próximo 26 de octubre.

Neves cuestionó a Rousseff por las denuncias de corrupción en la petrolera estatal Petrobras que implican al gobernante Partido de los Trabajadores (PT).
La presidenta dijo tener la misma “indignación” de todos los brasileños por ese caso, que investiga la justicia, y sugirió que Neves favoreció a un familiar en la construcción de un aeropuerto y contrató a familiares cuando fue gobernador de Minas Gerais.
El candidato socialdemócrata rechazó esas acusaciones, que marcaron el momento más tenso del pulso entre ambos de cara a una votación que carece de un favorito claro hasta el momento.
La relación con Cuba fue un punto de fricción cuando Neves sostuvo que hay “discriminación” con médicos de la Isla que llegan a Brasil para trabajar en un programa de salud pública en áreas remotas y cobran menos que profesionales traídos de otros países.
También pidió levantar el “carácter secreto” de un acuerdo que el gobierno de Rousseff tiene con Cuba para ampliar el puerto Mariel de la isla, con financiamiento del Banco Nacional de Desarrollo Económico y Social (BNDS) brasileño.
Rousseff replicó que el financiamiento no fue a Cuba sino a una empresa constructora brasileña y sostuvo que los servicios de ingeniería son “un área estratégica” en el mundo, que su administración quiere expandir en América Latina.
El secreto estatal impuesto a las inversiones brasileñas en Cuba es un tema que Cuaderno de Cuba ha tratado con anterioridad: