martes, 27 de enero de 2015

Ni espaldarazo ni zancadilla: simplemente a regañadientes


Primero las dudas. Cuestionarse la autoría de la carta de Fidel Castro a la Federación Estudiantil Universitaria encierra el problema clásico de confundir la realidad y el deseo. Basta en este sentido un par de preguntas claves: ¿por qué sería falso este documento y no otro del 14 de octubre del pasado año?, ¿qué ganaría Raúl Castro o el régimen cubano en general con esta falsificación?
Para ‘“dar prueba” de que Castro vive no se necesita una carta así, sino el tipo de misiva enviada al exjugador de fútbol argentino Diego Armando Maradona. Bastó la aparición de una firma para acallar el repetido rumor sobre su muerte —al menos en la prensa— y no hay motivos para pensar en una reafirmación necesaria en estos momentos. Lo demás queda a la fe, los supuestos y la ausencia de señales que indiquen la posibilidad de que esté muerto o de una desaparición física más o menos inmediata.
Así que lo más sensato es suponer que Fidel Castro está vivo y que escribió el mensaje, cuyo estilo es similar al de otros anteriores.
Vale la pena entonces intentar el análisis de algunos aspectos de la carta, algunos detalles del hombre que la escribe y la circunstancia en que lo hace.
Lo primero es que se inicia con una declaración sabida, pero que llama la atención se repita en estos momentos. Fidel Castro nos dice que él no es quien está a cargo del país. ¿Por qué recordar este hecho conocido? Al mencionar que ahora su hermano es quien gobierna está enfatizando no solo que la figura a cargo del poder es otra, sino también que toda la responsabilidad recae en ella.
Este recordatorio es importante, porque define el tono y lo que podría ser cierta dualidad del documento, del que solo merecen la atención un par de párrafos y la nostalgia ideológica y bélica que trasmiten las palabras.
Castro vuelve a insistir en haber desarrollado su labor influido por Marx y Lenin. También menciona que vivimos en un mundo de desigualdades. Simple retórica, pero también una precisa referencia a “las ideas revolucionarias”, tal como él las entiende, que matiza con referencias al paso del tiempo, “las más increíbles combinaciones de materia y radiaciones”, la mención de la primera utopía y el dejar a un lado “enigmáticos problemas”.
También resulta interesante que Castro se sienta obligado a justificar tanto su ausencia como a resaltar que sigue trabajando: “en días muy atareados por diversos temas en los que tal vez pueda ser todavía relativamente útil”.
Ese enfatizar que no manda, pero está ahí tratando de ser “útil” es lo que vendría a ser el aspecto personal del documento, que se define aún más en la perspectiva desde la cual menciona los últimos acontecimientos, y que continúa siendo una visión de guerra.
Así, al recordar el saludo entre el presidente estadounidense Barack Obama y su hermano, se detiene particularmente en la Guerra de Angola, a la que dedica varios párrafos, y que le sirve para dejar sentada su posición: no confía en la política de Estados Unidos, “ni he intercambiado una palabra con ellos”. Pero a continuación agrega que no rechaza “una solución pacífica de los conflictos o peligros de guerra”.
Pero, ¿dónde está o estuvo la guerra? Porque de lo que se trata es de restablecer relaciones diplomáticas, con un interés marcadamente comercial por ambas partes, sin que sea necesario para ello firmar un tratado de paz.
Si Washington y La Habana logran avanzar en una negociación larga y difícil, lo que motiva al régimen para el esfuerzo es conseguir mejoras —ventajas si es posible— en el ámbito comercial. La táctica que a diario enfatiza el régimen no es un ideal revolucionario, sino sacar partido al interés y la avaricia capitalista. Dejar que el proceso se desarrolle lentamente para que crezca en Estados Unidos el interés por el mercado cubano, y de esta forma aumente la presión sobre la Casa Blanca y el Congreso. No es “exportar la revolución” sino alimentar la ilusión de que se puedan importar ganancias de la isla.
Aquí se entra en un terreno que a Fidel Castro nunca le interesó, y por supuesto tampoco le interesa ahora. De hecho, de esa transformación —lenta y de avances y retrocesos— no habla, porque no es su terreno ni entra actualmente dentro de sus facultades. Por ello todo lo que escribe es más remembranza que realidad, y temas planetarios.
Solo que ahora no ha podido distanciarse del día a día, y ha tenido que brindar una respuesta: “explico mi posición esencial en breves palabras”. Que se viera obligado a ello es algo abierto a la especulación. ¿Está Fidel Castro asumiendo las inquietudes de los viejos revolucionarios, los elementos de línea dura sobre los que a cada rato se especula existen dentro del gobierno, las supuestas luchas interinas por el poder o simplemente no se resigna al silencio? Y en la carta le reconoce el derecho que tiene su hermano, como gobernante, pero al mismo tiempo no le concede el beneplácito.
Se llega entonces al párrafo principal de la carta, el único que justifica dedicar tiempo a comentarla:
“El Presidente de Cuba ha dado los pasos pertinentes de acuerdo a sus prerrogativas y las facultades que le conceden la Asamblea Nacional y el Partido Comunista de Cuba“.
Casi al final del documento, en el antepenúltimo párrafo, reconoce que su hermano tiene las prerrogativas y facultades para hacer lo que está haciendo, pero ello no implica el estar de acuerdo, salvo en términos generales. Antes bien, hay una advertencia anterior:
“Advierto, sin embargo, que las ideas revolucionarias han de estar siempre en guardia a medida que la humanidad multiplique sus conocimientos”.
Fidel Castro se convierte en receptor y símbolo de quienes participan de las “ideas revolucionarias”, pero también deja claro que el poder está en manos de su hermano. No alimenta la conspiración —algo que nunca va a hacer de forma clara, porque ya pasó esa época y siempre los hermanos trataron las diferencias entre ellos y no de cara al exterior, ni entre sus colaboradores más cercanos— pero tampoco se compromete.
En Cuba la crítica de las armas —esa época dorada para Fidel Castro que tanto le gusta recordar— no ha dado paso al arma de la crítica. Él no critica ni apoya, simplemente recuerda.
Sin embargo, hay un recuerdo clave. Después de los tiempos “gloriosos” y triunfales de la Guerra de Angola, llegó otra época: “Sobrevino entonces el Periodo Especial en tiempo de paz, que ha durado ya más de 20 años sin levantar bandera blanca, algo que no hicimos ni haremos jamás”. De pronto aflora el Castro que aún habla como si gobernara el país. No es más que una ilusión momentánea. Vuelve a las generalizaciones, que sabe son perfectas para no decir nada: “Defenderemos siempre la cooperación y la amistad con todos los pueblos del mundo y entre ellos los de nuestros adversarios políticos”.
El problema con declaraciones de este tipo es que Obama ha dejado bien claro que no busca la amistad con el régimen y la cooperación solo en áreas comunes —como inmigración, medio ambiente, narcotráfico— pero que todo el mundo sabe que lo que está en juego va mucho más allá, y son las condiciones para llevar a cabo los acuerdos comerciales que el gobierno cubano necesita y a Estados Unidos le interesa iniciar, en un tiempo presente que mira al futuro.

Así que la retórica de Fidel Castro de guerra y paz resulta bastante caduca. La carta, que aparece precisamente el día que Raúl Castro viaja a Costa Rica, se convierte en noticia de un día y lo único que queda claro es que quien manda en Cuba es Raúl y el país no acaba de salir de un “Período Especial” que ya va por 20 años, toda una vida. Y se sabe que en tiempos de paz no hay que rendirse, sino adaptarse a las circunstancias. La diferencia entre Fidel y Raúl es que el primero lo hace a regañadientes y el segundo con gozo.

sábado, 24 de enero de 2015

Sabroso hasta el último buchito


(Pre)Conclusiones de un añorado encuentro.
La primera viene por el lado negativo. Washington y La Habana acaban de mostrar su acuerdo unánime en que no están de acuerdo en nada. Lograr tan poco y brindar algo tan conocido no requería de tantos viajes y tantas reuniones. Los detalles del desacuerdo se cuidaron al máximo, al punto que por un momento lograron eclipsar que lo importante no fue el ahora sino la manera de definirlo.
Para comenzar, el sitio del encuentro. Esas dos mesas largas separadas por un amplio trecho, donde un absurdo anuncio floral en el centro recuerda tanto las reuniones del comité central del partido chino como los decorados de una cinta de Esther Williams. Casi para anunciar que a partir de este momento, Cuba estaba lista para aceptar “lo mejor de dos mundos”. Parecía más bien el escenario de un filme de Hollywood, lástima que en Hollywood ya no se hagan películas.
La publicidad, sin embargo, superó a la ficción cinematográfica: la foto de Roberta Jacobson tomando un “café cubano” junto a Josefina Vidal pide a gritos un anuncio de venta con un eslogan creado décadas atrás.
Lo demás fue también mucho cuidado en citar conferencias de prensa independientes y en horarios distintos. Evitar así que los periodistas tuvieran la oportunidad de asistir a ambas como impedir engorrosos encuentros en los pasillos.
La disidencia no mostró igual gentileza: un acto organizado por Antonio Rodiles tuvo lugar casi a la misma hora en que Elizardo Sánchez, José Daniel Ferrer y Héctor Maseda habían organizado una rueda de prensa, a la que estaban convocados los mismos medios de prensa.
Mucho ruido de prensa y pocas nueces de efectividad probada.
Cuidado con las apariencias. Porque si algo se ha demostrado en estos días es la necesidad de cubrir apariencias, pero ello no implica un resultado único. Por detrás se ha iniciado una vía larga y tortuosa, pero marca el camino a seguir por ambos gobiernos.
 La Habana y Washington repiten al unísono el ambiente “constructivo”, pero no muestran haber construido nada ni planes para edificación alguna en el futuro. Todo vuelve a girar sobre reclamos conocidos, por parte de ambos gobiernos, y una especie de paráfrasis: no es la humanidad la que ha echado andar sino la celebración de reuniones, una tras otra, entre Estados Unidos y Cuba. ¿Es eso todo?
Más allá de la satisfacción mediática, era tonto esperar mayores resultados. Desde el principio estaba claro el juego de apariencias iba a dominar. Para dos países tan acostumbrados a utilizar al máximo el valor de la imagen, la posibilidad de un encuentro presidido por figuras femeninas era demasiado visual para pasar por alto, y lo que es más: ese titular dorado del destino de dos países en manos de dos mujeres.
Por lo demás, quien conoce que a Raúl Castro le gusta conspirar hasta para elegir un plato de sopa, sabe que pocos resultados inmediatos hay que esperar de una reunión pública.
Las conclusiones del encuentro en La Habana hay que buscarlas en ese afán por las demostraciones de ambos gobiernos, más de cara a brindar reafirmación y hasta consuelo a los partidarios, que a repetir posiciones frente a adversarios.
El gobierno cubano dijo una vez más lo que se esperaba dijera y los funcionarios estadounidenses realizaron un desfile casi exhaustivo —fotografías incluidas— en que se preocuparon mucho en dejar saber que habían viajado a Cuba para conocer personalmente los puntos de vista y opiniones diversas de la oposición —para lo cual, por supuesto no era necesario el viaje: se sabe que este tipo de encuentro tiene el objetivo de mostrar apoyo— y que tales reclamos no serían ignorados en su agenda.
¿Pueden dormir ahora tranquilos los simpatizantes de ambos bandos, después de tanto barniz de reafirmación revolucionaria y opositora? Todo lo contrario, si se tiene en cuenta la casi complicidad de ambos bandos para que todo ocurriera sin el menor percance. Sí, nos preocupamos por los disidentes. Sí, hay que levantar el embargo. Sí, debe desaparecer la Ley de Ajuste y la política pies secos/pies mojados. Sí, todo eso está muy bien, pero es un discurso para los de fuera y adentro, lanzado para los otros, porque más que apuntar diferencias lo que se  hace eco de lo ya expresado públicamente por ambos mandatarios. Así que en lugar de reafirmar diferencias, como reflejan las agencias cablegráficas, lo que patentiza es un lenguaje común: enfatizar que no se está dispuesto a cambiarlo todo, para al final dejarlo todo distinto.
Se inicia así, y esto es quizá la única conclusión novedosa, una etapa de desacuerdo “civilizado” entre las posiciones de los gobiernos de Cuba y Estados Unidos, donde los “ruidos” a lo que será un largo proceso no tienen cabida.
Quien mejor lo resumió fue un funcionario del régimen cuando dijo: “Cuba no está normalizando relaciones con Estados Unidos. Cuba está restableciendo relaciones diplomáticas con Estados Unidos”. Así que la diplomacia en las diferencias va a imponerse sobre las diferencias diplomáticas.
Después de todo, dentro de poco es posible que uno recuerde con nostalgia la torpeza y brusquedad de la respuesta de Berta Soler.
Porque ponerse de acuerdo en que no se está de acuerdo es sin duda un paso de avance entre dos naciones que por años prefirieron cada cual gritar por su lado. Y algo más importante aún: los funcionarios norteamericanos han comenzado a conocer que el café cubano puede resultar amargo en ocasiones, pero también que es sabroso, “hasta el último buchito”.
Para algunos en el exilio, la única esperanza es que venga otro Bush a demostrar lo contrario. Ello también debe mantener encendida más de una alerta en Cuba. 

jueves, 22 de enero de 2015

Un largo camino iniciado hace años atrás


Para cumplir con la norma periodística de situar la noticia en contexto, todas las agencias de noticias y los diarios han señalado que Roberta Jacobson, la subsecretaria de Estado para el Hemisferio Occidental, es la funcionaria estadounidense de mayor rango que visita la isla en décadas. También que las conversaciones a celebrarse hoy  en la isla son las de más alto nivel en años. Es cierto, pero dicho así la información adquiere un carácter de evento único, trascendental, que no ha ocurrido en mucho tiempo. No es así. El encuentro a realizarse hoy en Cuba tiene que ser colocado dentro de un proceso de pasos iniciados, otros frustrados y los más con resultados parciales. De lo contrario, son demasiadas las expectativas y muchos los posibles desengaños al terminar la cita.
Lo que ocurrirá hoy en Cuba tiene un carácter excepcional en cuanto va precedido por un anuncio del presidente Barack Obama y el gobernante Raúl Castro de iniciar un proceso para la normalización de relaciones. Sin embargo, importantes reuniones, por el nivel de los participantes, se han celebrado con anterioridad durante el gobierno de Obama, con pobres resultados. Se trata de un proceso interrumpido por el encarcelamiento del excontratista Alan Gross, y que ahora se reinicia, pero no es algo totalmente nuevo.
El lunes 27 de abril de 2009 el Departamento de Estado reconoció que un alto funcionario se había reunido, por segunda vez en un mes, con el entonces representante de Cuba en Washington.
Thomas A. Shannon, subsecretario de Estado para el Hemisferio Occidental —el mismo cargo que tiene ahora Jacobson— se había reunido dos veces en un mes con el jefe de la Sección de Intereses de Cuba, Jorge Bolaños.
Una información de The New York Times señalaba que el gobierno de Barack Obama estaba impulsando planes para llevar a cabo reuniones informales entre el Departamento de Estados y diplomáticos cubanos.
La confirmación vino de parte del Departamento de Estado, durante la habitual conferencia diaria, aunque el portavoz no entró en detalles.
Lo esencial de aquellos encuentros fue que tenían poco de rutinarios —aunque así fueron catalogados por el Departamento de Estado—, al menos en el sentido de que tales contactos no existieron durante la presidencia de George W. Bush.
Cabe señalar que uno de los datos más importantes que se conoció entonces — y eso sí lo dejó claro el portavoz del Departamento de Estado— era que el gobierno norteamericano no estaba imponiendo condiciones, fechas y una agenda previa. Es de esperar que igual actitud se mantenga entonces.
El día anterior, domingo,26 de abril, el diario The New York Times había publicado que el gobierno de Obama estaba impulsando planes para llevar a cabo reuniones informales entre el Departamento de Estados y diplomáticos cubanos.
Se trataba de actuar de forma discreta, pero al mismo tiempo darle un impulso a los esfuerzos por reabrir canales de comunicación con Cuba, de acuerdo a funcionarios de la Casa Blanca y el Departamento de Estado, agregaba la información del diario.
Las conversaciones estarían relacionadas con temas como inmigración, narcotráfico y otros asuntos de seguridad regional.
Lo importante de la información es que señala que Washington está dispuesta a avanzar en este sentido con independencia de si se produce o no una respuesta favorable por parte del gobierno cubano.
Es decir, la actual administración no parecía entonces dispuesta a esperar a que el gobierno cubano ´‘moviera fichas” antes de dar el próximo paso, pero al mismo tiempo actuaba con prudencia y consciente de que se trata de un proceso largo y complejo, que podía no conducir a resultado alguno, como entonces ocurrió.
Sobre la participación de Canadá en una posible negociación también se hablaba entonces. Si quiere leer más sobre la participación canadiense, vea aquí.


Cuba, política y homosexualidad


Asumir la identidad desde el punto de vista de la preferencia sexual se convirtió en una causa de disidencia en Cuba. Pero no siempre fue necesario aparentar lo contrario —también desde el punto de vista sexual—, sino convencer de que se era revolucionario. Aunque a nadie se le permitió gritar a los cuatro vientos que era homosexual, a un grupo privilegiado se le permitió serlo sin problema.
Mientras abundan los relatos de los que sufrieron persecuciones y fueron marginados, merece también una novela la descripción de las complejidades y los temores de quienes disfrutaron de los beneficios del poder, pero al mismo tiempo sabían que su "defecto" podría ser esgrimido en cualquier momento, para ponerlos en apuro o arrancarles sus privilegios.
No me refiero simplemente al escritor, artista o funcionario que en determinado momento cayó en desgracia por sus preferencias sexuales para luego ser "reivindicado". Hablo del recuento de lo ocurrido al que nunca molestaron, que vivió de forma escurridiza aceptando una dualidad más o menos desafiante. Quien fue, al mismo tiempo, vencedor de las circunstancias y cautivo de no poder expresar a las claras su orientación sexual.
La represión a los homosexuales en Cuba tiene dos características que con frecuencia se confunden. Una es la más conocida: la persecución al ciudadano por sus preferencias sexuales. En esto el gobierno de la isla no se diferenció de otros regímenes totalitarios. Hitler, por ejemplo, mandó a los campos de concentración a la mayoría de los homosexuales alemanes, quienes anteriormente habían conocido una época de abierta libertad sexual durante la República de Weimar. La creación de las Unidades Militares de Ayuda a la Producción (UMAP) representó el ejemplo clásico, pero no el único: las condenas a prisión, las redadas, las vejaciones y las expulsiones se extendieron por un período que abarca antes y después de la existencia de las UMAP.
Durante los años de persecución declarada, predominaron dos actitudes ante los homosexuales: la línea dura consideraba que eran depravados; la vertiente liberal argumentaba que eran enfermos. En ambos casos, el Estado se consideraba en la obligación de actuar contra la "anormalidad". El cambio vino no por voluntad gubernamental, fue impuesto por las circunstancias. En la crisis del Mariel, declararse homosexual —fuera verdad o mentira— equivalía a ser expulsado del país. Fue en ese momento que los verdaderos homosexuales le ganaron la batalla a Fidel Castro. Hasta entonces el gobierno había intentado "curarlos" o "reformarlos". En el Mariel la “pajarería” adquirió la categoría de patente de corso, carta de salida, pasaporte a la fama. De ahí en adelante, el régimen se declaró vencido.
Al igual que en otros sistemas totalitarios, la persecución homofóbica en Cuba tuvo su origen en un objetivo unificador —el afán en acabar con lo diferente—, pero también fue guiada por esa evaluación machista que caracteriza al homosexual como un "enfermito", alguien fácil de aniquilar o doblegar. Resultó todo lo contrario. La victoria implicó un cambio en la escala de valores de los cubanos. En una sociedad tradicionalmente machista, muchos fingieron "partirse" con tal de abandonar la isla. Ser "afeminado" pasó de ser un estigma a convertirse en un privilegio. A Castro no le quedó más remedio que pactar. Pero el cambio de actitud que implicó ese pacto dejó fuera el segundo aspecto de la represión homofóbica.
La segunda característica de esta represión es que no fue hacia todos los homosexuales, sino entre los homosexuales. En este caso, la fidelidad o vinculación con el régimen fue utilizada como patente de corso. Parodiando una frase muy repetida, "todos los homosexuales eran iguales, pero habían algunos más iguales que otros". Así existieron determinados refugios, sobre todo en los organismos culturales, como la Casa de las Américas, el ICAIC y el Ballet Nacional. Se consideraban "nidos de locas", pero también sitios vedados.
El homosexual "respetado" ejerció una doble función: su impunidad era a la vez un privilegio y una burla.
Despertaba el desprecio, pero también la envidia a los ojos del militante de esquina, machista y resentido. Simbolizaba una esperanza torcida para el otro, el que compartía con él igual orientación sexual pero se veía excluido por criterios políticos.
Para muchos homosexuales, la disyuntiva no fue entre ser "macho" o ser "loca", sino entre ser un revolucionario "pasivo" o "activo". Fue por ello que la homosexualidad actuó como un intensificador de las actitudes revolucionarias y contrarrevolucionarias.
No es la primera vez que me refiero a este tema, y trato de ampliar el concepto del "closet" mucho más allá de la preferencia sexual. Me llama la atención el relativo éxito que ha tenido el gobierno cubano, sobre todo en la esfera internacional, en su intento de reducir la represión —y en especial en el caso de los escritores— a los homosexuales.
Sin embargo, en algunas esferas del campo cultural —a diferencia de lo que ocurría en la educación y el ejército, por ejemplo— la orientación política expresada en la fidelidad absoluta al responsable del organismo, y no la sexual, fue el criterio definitorio.
Pero al tiempo que la firmeza homosexual impidió su eliminación, en algunos casos posibilitó ser utilizada. Durante muchos años —en Cuba y en otras partes del mundo— la sociedad obligó al homosexual al juego de las apariencias. Algunos lo convirtieron en un arte, otros en un medio para escalar posiciones. El gobierno cubano —al igual que muchos otros— se ha servido de las preferencias sexuales como una forma de chantaje. Al igual que el homosexualismo rebelde no puede ser contado por un protagonista único, la escala de los asimilados va del colaborador al sumiso. Es por eso que falta por leer la historia de quienes sufrieron o disfrutaron de ese chantaje 

El indispensable Fidel Castro


Parafraseando a Sartre: si Fidel Castro muriera hoy, mañana cierto sector del exilio lo crearía de nuevo. No es sencillamente resucitarlo ni inventarlo otra vez: ellos lo necesitan imperecedero, eterno, permanente en sus vidas. Paradoja una y mil veces repetida: cada vez que surge el rumor de su muerte, quienes se aferran a que es verdadero no hacen más que reafirmar su existencia: lo necesitan vivo para creer que está muerto.
Por ello algunas publicaciones pueden explotar falsedades sin el menor rubor —y lo que es mejor para ellos, sin tener que pagar precio alguno por ello— y quedar tan campantes como siempre. Alimentan la carencia espiritual de quienes no conciben la vida sin Castro.
No importa lo burdo de la fabricación. Poco cuenta que se invente la salida de militares cubanos de Venezuela; se comente la construcción de “su tumba”; se ofrezcan detalles más o menos ficticios de la reparación de vías que llevan a un cementerio o se convierta en noticia la fabricación de una conferencia de prensa que nunca existió —eso de hacer noticia a una supuesta conferencia de prensa confirmada por un bedel, un custodio o alguien que dice que alguien le dijo, establece un nuevo estándar del periodismo basura que seguro aparecerá en alguna antología de lo mal hecho—, ya que todo gira alrededor de la misma fantasía: entre aquel que casi sin recursos distribuye en Facebook una foto burdamente fabricada y el periódico que publica mentiras —sin detenerse ante la regla elemental del periodismo de que un rumor no debe divulgarse— no hay diferencia alguna, salvo que uno lo hace por una recompensa emocional y el otro por dinero.
Sin embargo, lo que importa aquí no es cierta ganancia temporal —ya sea espiritual , monetaria o en la ansiada búsqueda de lectores— sino la realidad que refleja: es difícil despojarse del fantasma de Castro.
Ese fantasma recorre Miami y llega hasta el Congreso estadounidense. Para algunos no se cree en él, sino simplemente se aprovecha, pero para otros está más vivo que la muerte que pretenden insuflarle.
Que el ridículo acompañe el esfuerzo no detiene a nadie, porque el kitsch no se para ante esas minucias. Así el último rumor de semanas atrás —explotado no solo por la bloguera anticastrista vulgar sino también por algunas prestigiosas agencias de noticas— surgió ante un dato simple, al cumplirse un año de la última aparición pública de Fidel Castro.
Desde el punto de vista gramatical el dato era correcto, ya que el exgobernante no ha vuelto a figurar en una actividad pública, pero omitía en el énfasis otro: que solo meses habían transcurrido desde que se divulgara una foto,
En todo caso, la diferencia pasó a un segundo plano ante la facilidad con que La Habana desbarató un rumor —sobre el cual cabe la interrogante de si no tuvo su origen en el propio régimen, lo cual convertiría a quienes lo repitieron en simples ecos del castrismo— sobre el cual pueden existir dudas, pero no ha vuelto a acaparar titulares.
Bastó una firma en una carta para detener el rumor, pero cabe preguntarse entonces si fue necesaria o formó parte de la misma manipulación.
Si ante la repetición constante del “año sin Castro” se hubiera anticipado un dato simple, no hubiera hecho falta ni siquiera la carta.
El 14 de octubre de 2014 Fidel Castro escribió un comentario en que reproducía buena parte de un editorial del The New York Times sobre la necesidad de un cambio de política hacia Cuba.
Visto con la perspectiva que dan los meses, hay varias conclusiones a la vista. La serie de editoriales del diario estadounidense no fue un esfuerzo aislado sino puede considerarse parte de un proceso en marcha, aunque desconocido públicamente entonces. Cabe argumentar si —en lugar de presionar a Washington  y la Casa Blanca, como se pensó entonces— el periódico solo estaba influyendo sobre la opinión publica de este país y el mundo, y preparando el terreno a Obama.
Que Fidel Castro escribiera al respecto no lo muestra ajeno al proceso, aunque es difícil conocer su implicación específica. Lo que vale la pena destacar aquí es que la fecha de octubre desbarata cualquier especulación de lejanía.
Admitir la validez de la firma de la carta —aunque no públicamente pero tácitamente se ha hecho al cesar el rumor— da por sentado que se acepta la autoría del comentario. Que bastara una supuesta firma para echar abajo un rumor —que no otorgó importancia a lo también supuestamente escrito por Castro— dice mucho de lo fácil que resulta echar por tierra cualquier fabricación desde el exilio y lo frágil de los enunciados desde Miami y Madrid.
La fragilidad de los argumentos de este sector del exilio es más patente hoy que nunca, cuando la algarabía trata de opacar la falta de razonamientos sólidos para oponerse —o al menos criticar con un mínimo de seriedad— el cambio de enfoque, en la relación con el gobierno cubano, de la actual administración estadounidense.
El primer error del exilio es considerar que “Obama se lo ha dado todo a Castro a cambio de nada”, cuando la flexibilidad anunciada es extremadamente limitada en relación al potencial con que cuenta Estados Unidos para mejorar la relación económica con la isla. Incluso si se produjera mañana un levantamiento del embargo, Washington tendría aún en su poder un gran número de recursos para ofrecer beneficios económicos a La Habana.
El segundo error —y más importante— es el continuar analizando la situación cubana como si Fidel Castro estuviera al mando del país. No lo está. Este hecho —que convierte a su posible muerte en fundamentalmente un acto de catarsis para el exilio, en su proyección más inmediata— se omite en el enfoque de la realidad cubana, tanto por ignorancia como por fines partidistas.
Sacarse de la mente a Fidel Castro es el primer paso para tratar de analizar la situación cubana con un mínimo de rigor. Lástima que algunos aún no cuenten con la capacidad o el deseo para hacerlo.

miércoles, 21 de enero de 2015

El problema de Antúnez


Algunos disidentes, miembros del exilio aquí en Miami y políticos republicanos enfrentan un problema que no reconocen: cada día su discurso amenaza no solo con tornarse anticuado sino irreal.
Para denunciar la dictadura castrista, la represión en Cuba y la falta de derechos humanos en la isla no es necesario repetir esquemas gastados. Basta con mostrar los hechos.
Pero una cosa son los hechos y otra es una retórica que suena cada día más alejada de la nación cubana. Más lamentable aún es que se conviertan en repetidores del discurso de un sector de Miami, quienes pueden elaborar uno propio a partir de su conocimiento del país en que todavía tienen fijada su residencia.
Un vocero de la oficina del congresista John Boehner, presidente de la Cámara de Representantes, dijo que la presencia del opositor cubano Jorge Luis García Pérez  ‘‘Antúnez “ destaca la continuidad de la tiranía en Cuba y el coraje de aquellos que luchan contra ella’’.
Es cierto que la tiranía continúa, mucha verdad el coraje de quienes se enfrentan a ella. Pero la presencia de un opositor en un acto de esta naturaleza, en el Congreso de Estados Unidos, lo que indica es un cambio de la situación cubana.
En una carta al gobernante cubano Raúl Castro, en agosto del año pasado, el opositor se refirió al gobernante como “Señor dictador y genocida” y a los cambios promovidos por Raúl como “fraudulentos”, de acuerdo a una información en El Nuevo Herald.
Sin embargo, que el opositor no fuera detenido y condenado por ello, también indica un cambio en los tiempos que corren en Cuba.
“Hay muchos cubanos, fuera y dentro de Cuba, que tenemos una posición coherente y no aceptamos ni reconocemos estos acuerdos entre el presidente Obama y la dictadura cubana. La resistencia cubana está presente y hay que contar con ella, aunque el presidente Barack Obama no lo ha hecho”, destacó Antúnez.
“El futuro de Cuba se va a decidir dentro de Cuba”, afirmó el opositor.
“No vamos a aceptar ese cambio fraude y cosmético que ustedes fraguan”, agregó el disidente. “Las únicas reformas por nosotros aceptadas serían las que, a partir de su derrocamiento o abandono del poder, realizará el pueblo desde su base”, agregó.
Muchos que viven fuera de la isla coinciden con el planteamiento de que el futuro del país se debe decidir entre los que permanecen allí. También mantienen la esperanza de que algún esfuerzo propio se materialice en este sentido
Antúnez estuvo encarcelado 17 años. Luego de ello, ha viajado en reiteradas ocasiones al exterior y regresado a Cuba. En la isla no han ocurrido actividades opositoras de mayor repercusión —ni aparecen reflejadas tanto por la prensa independiente como por los corresponsales extranjeros— llevadas a cabo por Antúnez o el grupo que representa en los últimos tiempos.
Hace 11 meses se conoció una declaración de Antúnez, de que suspendía una huelga de hambre de 11 días, diciendo que quería unirse a protestas callejeras planeadas en apoyo a la lucha en pro de la democracia en Venezuela.
Hasta la fecha no se ha conocido más sobre estas anunciadas protestas.

El fin de un espejismo


En una comparación fácil que la prensa repite a diario, en el juego cubano la supuesta pelota un día se coloca en Washington y otro en La Habana, todo de acuerdo al lugar donde se emita la última declaración. Es la lógica normal en ese aparente diálogo —pero que será sobre todo un pulso político— entre dos gobiernos.
Hay sin embargo un tercer factor a tomar en cuenta, no bajo pretensiones imposibles de compararse al poder que genera una nación, sino en la realidad de un centro al que, en primera o última instancia, convergen desde las medidas más inmediatas hasta las ilusiones hoy imposibles.
Que ese centro se ha convertido con el tiempo no en la frontera establecida por décadas —el punto que definía la llegada a ‘‘tierras de libertad’’— sino el espacio donde hoy se adquieren las mercancías, o se gana el dinero que se gasta en la otra orilla, complica las cosas a la hora de esgrimir argumentos, pero no por ello impide fines específicos: no importa hacia donde apunten los pelotazos, siempre la bola termina cayendo en Miami.
Una de las consecuencias más importantes —y al mismo tiempo pasada por alto— del cambio de política hacia Cuba, iniciado por los gobierno de Barack Obama y Raúl Castro, es que posibilita a los cubanos del exilio el influir con mayor fuerza en la situación de la isla.
En apariencia, y en estos primeros momentos en que aún se desconoce en buena medida cómo se desarrollará el juego, domina la impresión contraria. Para el régimen cubano el objetivo siempre ha sido subordinar al exilio a una función abastecedora: bajo el mantra de una patria que todo lo espera y nada tiene que dar a cambio, el exiliado debe cumplir su deber filial. La familia que quedó atrás se convierte entonces en una vía putativa para el sostenimiento no solo de la nación, hoy día se entiende desde La Habana como un traslado beneficioso para ambas partes: los que se van y los que se quedan.
Por su parte quienes por décadas también asumieron la representación de ese exilio —y se aferran a mantenerse en esa función ya caduca— siempre han considerado su escape como una suplantación. Ahora hablan de que no se ha tomado en cuenta la voluntad y los deseos de una oposición reconocida por ellos, mientras omiten las opiniones y los deseos manifestados por quienes viven en la isla; ignoran simplemente las ilusiones y esperanzas de los de allá, se cierran ante una realidad que no puede despacharse solo con el argumento de ser en buena medida infundadas: nadie puede negarle a otros el derecho a una desilusión futura, aunque se haga lo posible para evitarla.
No se trata simplemente de mandar más dinero a los familiares y de viajar con mayor frecuencia. La puerta que comienza a abrirse puede incluir desde un incremento en los intercambios de todo tipo hasta ayuda para quienes trabajan por cuenta propia.
Hace poco más de un año parecía que el futuro del gobierno de Raúl Castro dependía de la disminución de la brecha entre la Cuba del ciudadano de a pie y la Cuba que ofrece una imagen de estabilidad a los ojos del mundo. Como en tantas cosas, el régimen ha fracasado en ese esfuerzo, si alguna vez realmente se lo propuso como objetivo serio. Por años también Castro optó por mantener la indecisión entre la permanencia y el cambio.
Como en un lance de muy reducidas alternativas, la Plaza de la Revolución siempre ha mostrado unos dados con apenas dos caras: aceptar el estancamiento o el peligro del caos. Y por supuesto que nadie quiere lo segundo. En parte ha tenido éxito en su apuesta. El peligro ante una crisis económica profunda —ocasionada por la disminución de los ingresos provenientes de Venezuela— y el caos consecuente a noventa millas de Estados Unidos puede haber actuado de catalizador durante las negociaciones preliminares, en particular en sus últimos meses y para ambas partes, pero no explica por completo la intención de llevar a cabo este proceso. Hay, al parecer, motivos mayores: una búsqueda de alternativas que cada cual interpreta según su conveniencia, pero que converge en la imposibilidad de sostener una situación sin hacer nada.
Lo nuevo sobre el tapete es la ruptura de esta dualidad entre el estancamiento y el caos, en una apuesta que no se empecina en plantear un cambio de carácter político sino que busca una entrada en el terreno económico y social: contribuir al mejoramiento de las condiciones de vida de los residentes en la isla. Y es en Miami donde existen los actores y recursos que pueden contribuir a esta movida. Empecinarse en no participar en el proceso es apostar al caos como solución, y esta es sin duda una mala alternativa, por dos razones fundamentales. Una es la capacidad demostrada —y no disminuida— con que cuenta el régimen para exportar ese caos fuera de sus costas, no solo mediante un éxodo masivo sino a través de presiones emocionales y de todo tipo sobre una comunidad que ya no se caracteriza por la ruptura sino por la continuidad. La segunda es que nada garantiza que la repuesta a ese caos sea un avance democrático sino un retroceso político. Ninguna nación apuesta por un “Big Bang“ que indudablemente repercutirá en sus costas.
Mientras Cuba ha superado la etapa en que el líder supremo determinaba tanto la participación en un conflicto bélico —a miles de millas de distancia— como un nuevo sabor de helado, el gobierno imperante aún se arrastra entre la necesidad de que se multipliquen las fuentes de empleo, los establecimientos comerciales, las viviendas —todo aquello que mejore en alguna medida la difícil situación económica— y el miedo a que ello resulte imposible de obtener sin una sacudida que ponga en peligro a los centros de poder tradicionales, o que reduzca su alcance.
Pero la apariencia de estabilidad que brinda Cuba no debe hacer olvidar lo que ahora resulta determinante, a la hora de definir la supervivencia de un modelo que en su fundación eligió el ideal socialista: la incapacidad para lograr que se multipliquen no mil escuelas de pensamiento, sino centenares de supermercados. Al menos, con la excepción de Corea del Norte. Ni Estados Unidos quiere una Norcorea cercana ni La Habana es en estos momentos Pyongyang, aunque algunos se aferren en verlo así. Ello no impide señalar que en determinadas ocasiones se ha movido temerariamente en ese sentido.
De esta forma, el mantenimiento de un poder férreo y obsoleto —que sobrevive por la capacidad de maniobrar frente a las coyunturas internacionales y se sustenta fundamentalmente en la represión— se ve ante la necesidad de emprender el desarrollo económico e impulsar la satisfacción de las principales necesidades materiales de la población. Puede hacerlo mientras conserva el poder político clásico de un sistema autoritario, pero al precio de abandonar el monopolio de influir en todos los aspectos de la vida cotidiana que caracteriza a un sistema totalitario. El gobierno de Raúl Castro ha dado algunos pasos en este sentido, pero no los suficientes. Queda por ver si en los próximos meses adoptará una definición mayor en este sentido.
Esta disyuntiva, que abre un camino paralelo a las esperanzas de adopción de cualquiera de las alternativas democráticas existentes en Occidente, no es ajena a la realidad cubana.
Poco a poco ha surgido en Cuba la necesidad de decidir un camino entre algo similar a Vietnam, China y la Rusia de hoy, países represores pero de cara al futuro, y Corea del Norte, aferrada al pasado.
Por supuesto que ambas vías tiran por la borda cualquier ilusión democrática, pero no por ello son cada vez más reales ante la aceptación —con disimulado júbilo o a regañadientes— de que la transformación política de la isla es a largo plazo.
Sin embargo, si se mantiene la presión económica, no mediante un embargo obsoleto sino a través de una política de recompensas y sanciones desde el país al que la geografía y la realidad económica del mundo actual —más que la historia y un pasado complejo— obliga a Cuba a depender, se pondrá en marcha un proceso de reinserción natural, que por décadas se despreció en ambos extremos del estrecho floridano. Se tendrá entonces conciencia de que el proyecto nacional de un país pequeño —y tan interdependiente del espejismo de la imaginaria ciudad-Estado que simboliza Miami— puede definirse solo de forma frágil sobre el concepto de la excepcionalidad. Lo demás es puro espejismo
Hasta ahora la política de aislamiento —practicada con éxito en lo político por quienes controlaban el poder en ambas orillas— ha sido el obstáculo principal para no permitir una mayor influencia, de quienes viven en el exilio, en la situación cubana. Influencia no valorada en políticas que han demostrado poca efectividad en el avance democrático de la isla, sino en acciones que demuestren una mejor comprensión de la realidad cubana.
Es decir, estaba determinado por Washington y La Habana que había que lidiar con un exilio que apostaba por el aislamiento, mientras que la posible influencia positiva de otro sector más moderado dentro de la comunidad solo debía servir de ayuda para la subsistencia de los residentes en Cuba. Así como para fomentar la ilusión de la vía de escape, que sustituye por la fuga cualquier esfuerzo en pro de una difícil acción política nacional.
Lo que ahora está por definir es si el exilio es capaz de ir un paso más allá de la confrontación ideológica, y muestra una mayor efectividad que ayude a destruir el argumento de plaza sitiada, que tan buenos dividendos políticos le ha dado al gobierno de la isla.

martes, 20 de enero de 2015

Elogio del moderado


Practicar la moderación y la cordura en nuestras discusiones políticas no nos libra del exilio. No contribuye, de forma sustancial, al fin del castrismo o al mejoramiento de las condiciones de vida en Cuba. Tampoco ayuda a la permanencia del régimen. Simplemente facilita el entendernos mejor.
Contra este ideal de entendimiento, persisten en el exilio quienes se declaran opositores al gobierno castrista, pero manifiestan una actitud similar a la existente en La Habana: "con nosotros o contra nosotros". Las opiniones e informaciones contrarias a sus puntos de vista son consideradas un ataque y no un criterio divergente.
Estas manifestaciones de intransigencia de un sector de la comunidad exiliada reflejan el ideal totalitario: no se trata de rebatir una idea, sino de suprimirla. Apelando al argumento del respeto a la comunidad, el ‘‘dolor del exilio’’ y la necesidad de no ‘‘hacerle el juego’’ a Castro, ciertos personajes de esta comunidad intentan imponer un código de lo que se debe o no se debe informar; lo que es correcto y no es correcto hacer; definir la estrategia a adoptar por Washington respecto a la relación con el gobierno cubano y excluir o santificar a priori cualquier actividad que una persona cualquiera —con independencia de su nacionalidad— intente desarrollar en suelo cubano.
La buena noticia es que esta actitud —esta bandera de lucha por demasiados años en el exilio— en la actualidad solo refleja el pensar y la forma de comportarse de una minoría.
Por años, el mejor recurso con que contaban quienes se oponían a dejarse doblegar en la práctica de un pensamiento independiente, era el apoyo que brindan las leyes y el Estado de Derecho que caracteriza a un país democrático, con independencia de sus limitaciones. Luego diversos sondeos de opinión comenzaron demostrar que esa opinión que se creía de unos pocos —a los que se podía encerrar en un saco diverso y castigar con improperios— era en realidad compartida no solo por la mayoría de los estadounidenses, sino por muchos —tantos que ya es un criterio mayoritario— en Miami.
Sin embargo, lejos de traer la cordura, esa realidad lo que ha tenido como consecuencia es un acrecentamiento de un tono emocional que no facilita el debate.
En cualquier discusión sobre Cuba pueden surgir de momento elementos que entorpecen los criterios racionales, desde el insulto y los ataques personales hasta el apoyarse en la divulgación de mentiras —que en ocasiones se apoyan en elementos aislados de verdad pero que en su totalidad presentan un panorama falso— y los enfoques demasiado estrechos, que impiden una visión de conjunto y un conocimiento mejor del enemigo común.
Participantes catalogados de ‘‘castristas‘‘ y ‘‘anticastristas’’, ‘‘dialogueros’’ y ‘‘verticales’’ se enfrascan en batallas verbales, sustentadas en la utilización de un lenguaje deformado que impide una verdadera comunicación.
Esta deformación verbal se produce de dos formas. La abstracción, como un medio para despersonalizar y tergiversar las intenciones, y el deshumanizar a los opositores.
Lo que debe preocupar es que esta deformación tiene su origen en una manipulación del lenguaje, propia de los regímenes totalitarios. La supervivencia de este mecanismo, en una sociedad donde pueden expresarse las ideas sin el peligro de ir a la cárcel, es deprimente.
Tanto en el exilio como en la Cuba bajo los hermanos Castro se ha utilizado el argumento de que recurrir a éstos y otros mecanismos similares forma parte de un mecanismo de defensa, frente a la hostilidad que rodea a quienes defienden razones caducas. La justificación no es válida en caso alguno.
En lo que respecta al exiliado, está presente una doble agresividad, que lo convierte al mismo tiempo en víctima y victimario: hostilidad que se sufre por vivir una existencia anómala, al estar fuera de la patria, y agresión que al igual éste genera —al concentrar sus pasiones en objetivos limitados— y padece, producto de una soledad que lo lleva tanto a la desproporción como a la cursilería.